
Wednesday, January 16, 2008
Thursday, November 29, 2007
Wednesday, November 28, 2007
Monday, November 19, 2007
1.
lo que me duele
lo que me espera agazapado
en cada puerta
lo que se ríe
de mis gestos
mi fatiga
lo que me rompe
me retiene
me agota en cada intento de
alcanzar
alguna cosa
lo que me deja insomne
en el cuarto fastuoso
de insuperables muertos
mi tesoro
lo que me ata
lo que me hace recordar
cada día
sin sombras
lo que no puedo cambiar
este animal
mi lengua
lo que no me deja sola
y tiene forma de amorosa mano
ausente
lo que me obliga a escribir
no va a matarme
lo que me espera agazapado
en cada puerta
lo que se ríe
de mis gestos
mi fatiga
lo que me rompe
me retiene
me agota en cada intento de
alcanzar
alguna cosa
lo que me deja insomne
en el cuarto fastuoso
de insuperables muertos
mi tesoro
lo que me ata
lo que me hace recordar
cada día
sin sombras
lo que no puedo cambiar
este animal
mi lengua
lo que no me deja sola
y tiene forma de amorosa mano
ausente
lo que me obliga a escribir
no va a matarme
Thursday, April 05, 2007
Obturador de cosas terroríficas
Ayer llegué muy cansada a casa. Pensé, tirada en el sillón, que tengo miedo a muchas cosas, como, por ejemplo, tengo miedo a perder lo que tengo, a no alcanzar lo que quiero, a que a la noche me toque algún insecto y yo nunca me entere, a que me maten, a que me atropelle una bicicleta y todos se rían, a que los narcos utilicen alguno de los tres documentos de identidad que perdí a lo largo de mi vida y que un día me llamen y me digan que tengo que cumplir una condena de 50 años en una cárcel de Nueva Zelanda, a que no pare nunca de llover… miedo, sí, pero terror… lo que se dice terror… Justo cuando pensaba que hace años que no siento terror, una imagen, una sensación, no sé, algo, vino a mí y fue horrible. Lo más horrible es que no puedo recordar qué pasó, en qué pensé, qué fue lo que me dio terror. Me parece que tengo instalado un obturador de cosas terroríficas y eso no está bueno. Recuerdo que en el mismo instante en que me moría de terror, descubrí que sería maravilloso escribir acerca de eso… de eso que no puedo recordar.
Bonus track de sueños:
El otro día se me apareció Nicolás Rosa en un sueño. Estaba indignadísimo. Me dijo “mirá si serán jodidos que tuvieron que esperar a que me muera para hacer el tren bala Bs. As.-Rosario”. Todavía no lo hicieron Nicolás, le dije, pero él seguía refunfuñando solo, estaba de mal humor. Lo del tren bala era una excusa me parece.
Bonus track de sueños:
El otro día se me apareció Nicolás Rosa en un sueño. Estaba indignadísimo. Me dijo “mirá si serán jodidos que tuvieron que esperar a que me muera para hacer el tren bala Bs. As.-Rosario”. Todavía no lo hicieron Nicolás, le dije, pero él seguía refunfuñando solo, estaba de mal humor. Lo del tren bala era una excusa me parece.
Wednesday, March 28, 2007
Monday, March 05, 2007
Friday, March 02, 2007
Hay una foto en la que estoy parada en la puerta del baño del departamento en el que viví hasta los cuatro. Hace mucho que no veo esa foto. Tal vez la vi una o dos veces. No tengo idea en dónde estará. Tengo dos colitas, el pelo muy largo y miro a la cámara sin hacer esos gestos horribles que hago ahora cuando me sacan una foto. Tengo un vestido azul, medias con puntillas, zapatos de charol y los ojos tristes. Tengo un recuerdo construido por la mezcla de muchos. Hasta hace poco me gustaba. Ahora me inquieta un poco. Papá a veces no venía a dormir a casa y yo me preocupaba. Mamá me decía que estaba trabajando, que papá tenía un trabajo muy importante y que me quedara tranquila, que iba a volver. A la mañana papá llegaba y mamá ya se había ido. Cuando él llegaba yo siempre estaba vestida como en la foto, siempre lo esperaba en el hall donde tenía el baúl de mis juguetes y siempre que él llegaba yo estaba hablando por mi teléfono amarillo y rojo de cosas importantes con amigos imaginarios. Siempre que llegaba me traía un paquete y yo lo abría sorprendida, aunque ya sabía qué había adentro. Eran medialunas, pero no eran medialunas comunes, eran medialunas miniatura y a mi... a mi me encantaban. Papá a veces no venía a dormir a casa, pero me traía medialunas miniatura.
Después me llevaba al jardín.
Wednesday, February 21, 2007
Saturday, February 03, 2007
La plancha
Desde hace tres o cuatro años no hay veraneo en el que no piense “tengo que empezar algún deporte”. Las largas caminatas por la playa o la montaña me recuerdan mi lamentable estado físico. Este verano sólo hizo falta subir y bajar una barranca no muy pronunciada para repasar mentalmente los posibles deportes que podría llegar a hacer de vuelta en la ciudad. Primero descarté todos aquellos que implican pelotas voladoras (tenis, voley, ping pong, golf, handball, etc) porque mi cabeza tiene una asombrosa atracción hacia ellas (aunque leí que hay una zona del cerebro que se llama ínsula y cuando esa zona sufre un traumatismo, a la persona le cuesta muchísimo menos dejar de fumar, claro que la pelota tendría que golpearme justo en la ínsula y vaya uno a saber exactamente cómo hacer para que la pelota sea tan precisa y no afecte otra zona). Después descarté el surf porque en la ciudad es un poco complicado practicarlo. También descarté la natación porque me aburre casi tanto como ir al gimnasio. Correr dicen que hace mal para la celulitis a si que por las dudas lo taché de la lista. Además tengo la impresión de que la gente que corre se muere joven de un paro cardíaco. Tai chi, yoga, karate, tai kuondo, son demasiado orientales y el boxeo poco saludable para mi nariz.
Terminé de pensar todo esto mientras hacía la plancha en el río Paraná y se me ocurrió que si hacer la plancha fuese un deporte yo sería una excelente planchadora. También se me ocurrió que se le debe decir “plancha” irónicamente, porque uno sale del agua con la piel toda arrugadita.
Friday, January 19, 2007
Rosario o Dolores
Mamá dice que papá, uno de mis primeros veranos en la playa, me llevó al mar y vino una ola gigante que me revolcó lo suficiente como para que en el resto de las vacaciones me negase terminantemente a volver al agua. Yo no me acuerdo de eso. Sí recuerdo que un par de años después fui con mi hermanita de la mano hasta la orilla para mostrarle el mar de cerca y también recuerdo su cara de sorpresa cuando se dio cuenta de que el mar nos estaba llevando. Hay una foto de ese momento, a papá le encantaba sacarnos fotos, teníamos mallas iguales, con un dibujo de hello kitty, pero la mía era rosa y la de ella amarilla. Ese día debió ser el único que pudimos ir a la playa, el resto de las vacaciones llovió y llovió y una noche hubo una tormenta tan terrible que a la mañana siguiente no pudimos salir del hotel porque las puertas estaban tapadas por la arena. El mar estaba a unos pocos metros, desde el comedor lo veíamos y a mí me encantaba, me parecía muy inspirador, no sabía bien para qué, pero no importaba, era la época en que me interesaban las cosas por sí mismas sin pensar mucho en el para qué. Otro verano, cuando tenía siete u ocho me hice amiga de una nena que paraba en el mismo hotel y hace días que en vano intento recordar su nombre. Puede ser que se llamase Rosario o Dolores. Tenía el pelo muy corto. A mí me daba un poco de tristeza Rosario o Dolores, porque no estaba con su mamá ni su papá y tampoco tenía hermanos. Veraneaba con dos tías abuelas, su mamá estaba trabajando y a su papá nunca lo vio, me dijo. Me daba tristeza, pero sobre todo admiración porque era tan... grande. Nunca se portaba mal, comía toda la comida y después de comer, en vez de ir al salón de juegos, al mini-cine o a pelearse con los demás chicos para subirse a las hamacas, en vez de todo eso, leía. Se iba a la sala de lectura con sus tías abuelas y se hiperconcentraba en libros enormes de tapas duras. Ahí estaba papá también . Yo, sólo porque quería estar cerca de Rosario o Dolores, a veces me llevaba un libro de los que encontraba en la habitación, pero a la segunda página sentía que mi cabeza se iba ablandando y en cualquier momento el peinado se me iba a desarmar. No aguantaba... y qué bronca me daba, porque como no sabía qué hacer empezaba a hablar y papá me decía que por qué mejor no me iba a las hamacas. Mis papás la amaban a Rosario o Dolores, y yo también, pero mi hermanita no tanto porque la consideraba una persona aburrida que jamás se hubiese prendido a hacer la torre de caracoles que hicimos una noche sobre la mesa de ping pong y que cuando empezaron a salirse de sus casitas y se convirtieron en una gran masa babosa nos hizo morir de risa porque los demás se estaban muriendo de asco. A mí igual no me aburría Rosario o Dolores, era una maestra de cosas útiles y las cosas que me enseñaba, yo sentía que servían para que mamá y papá me quisiesen más. Por ejemplo, un día sirvieron una sopa con fideos y si había algo que odiaba eran los fideos flotando en caldo ¡pobres fideítos ahogados! Rosario, desde su mesa, me hizo señas, entonces, siguiendo sus indicaciones mímicas, aprendí que apoyando la cuchara podía tomar sólo el caldo. A los ahogados me los comí después sin problemas, porque no me daban impresión los ahogados, sino los ahogados que flotaban. Cuando terminé la sopa le pedí permiso a papá para levantarme de la mesa y me fui con Rosario a dar vueltas por el hotel. A cambio de enseñarme a tomar la sopa le mostré unos pasadizos por los que nos metíamos con mi hermanita para jugar a “Laberinto” y le dije (y pocas veces sentí tantas ganas de que alguien me diga que sí) si no quería que mis papás la adoptasen.
Creo que se llamaba Dolores.
Thursday, January 18, 2007
Tuesday, January 09, 2007
Miedo a la lavandina
Una vez me acuerdo que papá ganó un premio en el trabajo. Con la plata del premio, en vez de hacer la pileta, cambió el auto y mandó a construir una especie de mini casa (con tejas rojas y cerámicas españolas) en el fondo de la nuestra, a la que hizo llamar “la sala de herramientas”, aunque con el tiempo debió acostumbrarse a que todos nos refiriésemos a ella como “el galpón”. Nunca supe bien en qué consistía su trabajo. En la escuela, cuando tenía que escribir acerca de las profesión de papá, yo inventaba. Decía que era explorador, músico, dentista o jardinero. Y todo eso para no inventar realmente, para escribir, digamos, cosas que sí sabía de qué se trataban. No es que no intentase saber qué hacía papá, yo preguntaba, pero las respuestas eran muy vagas. Hacía algo con las computadoras, pero no hacía computadoras. Sabía de programación, pero no tenía nada que ver con la tele. Hasta ahí llegaba mi conocimiento. También sabía que se trataba de un trabajo que implicaba mucho “estrés” (palabra que aprendí de muy chica). A la noche se levantaba y se confundía todo. Eso me daba miedo, porque que me confundiese a mí con su secretaria y me gritase porque no había solucionado el problema con los “proveedores” (que me los figuraba algo así como mafiosos, mentirosos, gente mala contra la que papá tenía que luchar para salvar al mundo, al pequeño mundo que era el mundo de mi infancia), que me confundiese con su secretaria no era nada grave, lo grave era que así como se confundía eso, una noche, sin querer, en vez de servirse el whisky que mamá escondía junto a los productos de limpieza, también se podía confundir, y en vez de whisky, se podía servir lavandina. Yo no sabía que la lavandina podía matar, hasta que una tarde, cuando estaba preparando el bolso para ir a patín, mi abuela me dijo que si yo me iba, ella se iba a tomar un vaso de lavandina. ¡Qué feo abuela!, le dije, ¿por qué no tomás Coca-cola? Y ahí me contó que si uno toma lavandina se muere. No le gustaba estar sola, pero yo tenía que ir a patín, carecía de dotes naturales como para darme el lujo de faltar al entrenamiento, así que cuando el abuelo, que era el que me acompañaba al club, dijo "vamos", yo me colgué el bolso como si nada y no le conté lo que me había dicho la abuela. Al volver de patín imaginé la casa vacía. Todos estarían en el hospital, o, según la cantidad de lavandina que hubiese tomado la abuela, tal vez ya estarían en la funeraria. Imaginé las últimas palabras de la abuela, “yo se lo dije a Eugenita y ella se fue igual”, entonces papá, el abuelo, mi hermana y hasta mamá, que no soportaba ni un poco a la abuela, me iban a empezar a odiar por desalmada, fría, egoísta y prepotente (este último adjetivo le encantaba a mamá, lo decía todo el tiempo). No pasó nada de eso. Parece que la abuela me hizo caso: cuando volví y abrí la heladera, ya no había más Coca. Muerta de sed, debo confesar que pensé en tomar lavandina, pero me dio miedo.
Friday, December 29, 2006
Thursday, December 21, 2006
Tuesday, December 19, 2006
Monday, December 18, 2006
Wednesday, December 13, 2006

Mi amiga Léa me escribe desde Lyon, hola guapa, cómo estás? (….) ¿Leíste El año del desierto? Yo le respondo, Leíta querida, qué alegría tener noticias tuyas. No, no la leí, la tapa me pareció muy fea, pero tengo amigos que la leyeron y dijeron que es una gran novela. Ah, qué bueno, me dice Léa, porque el otro día me robé un ejemplar en la Feria del Libro de Frankfurt. A la gente de Interzona, les pido que no tomen acciones legales contra Léa, pero si quieren hacerlo, Léa es la rubia.
Tuesday, December 12, 2006
Cuando con mis amigas hablábamos de cómo nos gustaría que fuera nuestra casa de casadas, yo salteaba la parte del casamiento: definitivamente sería soltera. Tampoco me imaginaba en una edad intermedia, digamos, dieciocho, treinta, cuarenta, no. Me imaginaba viejísima, con un rodete negro decorando mi cabeza, anteojos enormes de color rosa pálido, mamá de tres o cuatro gatos, pero nada deprimida, con muchos ex amantes que vendrían a visitarme para conversar, recordar anécdotas, muchas amigas también, que al igual que mis ex amantes, variarían en edades y preferencias de cepas .
Mi visita preferida, sin lugar a dudas, sería Andreíta, la nena de ocho años que vendría a preguntarme infinidad de cuestiones físicas y metafísicas, a las que sus padres, un poco por falta de tiempo y otro por falta de ganas, no les interesaba responder, o, en otros casos -la mayoría, claro-, no les interesaba preguntárselas para sí, como haría yo, sí Andreíta, yo, que hoy te prometo que me las voy a preguntar, a seguir preguntándomelas, gracias a vos, que sos en mi cabeza una mezcla de Andreína, mi mejor amiga de la primaria, que era tan linda, y yo, Andreíta, Eugenita, que soy tan preguntona-hinchapelotas.
Ah, ¿y cómo era mi casa imaginaria? Grande, de varios pisos, con una terraza ajedrezada y un living con paredes de espejos (siempre es bueno tener una sala en donde uno sepa quien es vampiro y quien no). Igualmente, con lo que más fantaseaba era con un balcón bombé en mi habitación.
Otro día hablo del balcón, porque sino me pongo romántica, muy dama de las camelias, y ahora es el momento de una canción de amor más cachengue que se llama “Decime algo lindo, y se lo dijeron nomás”:
vos sos como el dulce de leche
de Comodoro Rivadavia
el rulemán compacto de mis sueños
del fariseo, el surco
tragicómico, el cerco,
infierno no ganado por los bagres
sos una canción
pedorra,
pero con ganas,
con onda,
una ruleta astronauta,
un camisón de aserrín
sos un sol, un mi
y un fa sostenido con churros
una caminata
por alta montaña,
sin sogas,
sin maña
ni calzado adecuado
una caminata
por alta montaña
larga caminata
en alpargatas, sos
Mi visita preferida, sin lugar a dudas, sería Andreíta, la nena de ocho años que vendría a preguntarme infinidad de cuestiones físicas y metafísicas, a las que sus padres, un poco por falta de tiempo y otro por falta de ganas, no les interesaba responder, o, en otros casos -la mayoría, claro-, no les interesaba preguntárselas para sí, como haría yo, sí Andreíta, yo, que hoy te prometo que me las voy a preguntar, a seguir preguntándomelas, gracias a vos, que sos en mi cabeza una mezcla de Andreína, mi mejor amiga de la primaria, que era tan linda, y yo, Andreíta, Eugenita, que soy tan preguntona-hinchapelotas.
Ah, ¿y cómo era mi casa imaginaria? Grande, de varios pisos, con una terraza ajedrezada y un living con paredes de espejos (siempre es bueno tener una sala en donde uno sepa quien es vampiro y quien no). Igualmente, con lo que más fantaseaba era con un balcón bombé en mi habitación.
Otro día hablo del balcón, porque sino me pongo romántica, muy dama de las camelias, y ahora es el momento de una canción de amor más cachengue que se llama “Decime algo lindo, y se lo dijeron nomás”:
vos sos como el dulce de leche
de Comodoro Rivadavia
el rulemán compacto de mis sueños
del fariseo, el surco
tragicómico, el cerco,
infierno no ganado por los bagres
sos una canción
pedorra,
pero con ganas,
con onda,
una ruleta astronauta,
un camisón de aserrín
sos un sol, un mi
y un fa sostenido con churros
una caminata
por alta montaña,
sin sogas,
sin maña
ni calzado adecuado
una caminata
por alta montaña
larga caminata
en alpargatas, sos
Saturday, December 09, 2006
El verano
(Leído en la velada del viernes 8 de diciembre, organizada por la gente de Editorial Tamarisco)
Ahora ya no, pero antes, el comienzo del verano no lo determinaba el calendario sino la apertura de las heladerías. Cuando era chica, por lo que más quería ser grande era para comer helado y sólo helado, nada de verduras, carne, ravioles, sólo helado de dulce de leche granizado abajo y coco arriba. El coco no era tanto por preferencia real, sino más bien por seguir el dictado de la moda impuesto por ese personaje de Juana Molina en Juana y sus hermanas. Y aunque amaba el verano, porque amaba el helado, no renegaba del invierno, tenía sus beneficios: los bolsillos de los abrigos siempre reservaban australes para futuros cucuruchos. Yo, apenas abría la heladería de enfrente de casa, lo primero que hacía era saquear los bolsillos de mi campera, del blazer del colegio, de los tapados de mamá, de los trajes de invierno de papá, los bolsillos de mi hermana no, porque siempre fui muy respetuosa de mis pares. Pero cuando ese recurso llegaba a su fin – que era alrededor del tercer o cuarto cucurucho– no quedaba otra que suplicarle a mamá que me comprase otro, y ella, tan amante de la vida natural, me decía que era mejor que coma fruta. En el parque de casa había moras, que comía imaginando que eran helado de moras, hasta que un día, como era de esperar, me intoxiqué y decidí hacer negocio con ellas. Junté todos los frascos de mermelada que encontré en casa, hasta terminé la de naranja que siempre me pareció espantosa, solo para tener un recipiente más donde guardar las moras que vendería a los que pasasen por la puerta de casa, y como escuché no sé si de papá o de mamá, que para hacer negocios es necesario arriesgarse, sacrifiqué el vestido escocés de mi bebote y lo recorté en cuadraditos para decorar las tapas de los frascos. El negocio marchaba magnífico, le vendí un frasco a Maribel, la vecina de al lado de casa y podría haber vendido muchos más si mamá no me hubiese gritado “estás loca” desde la ventana del living, cuando me vio en el puestito que había improvisado sobre el medidor de gas. No dijo nada más, para eso es mi mamá, sabe la mejor forma de paralizar mis autoemprendimientos. Siempre me dio miedo la locura y que ella me lo afirmase de manera tan vehemente hizo que sin chistar me metiera adentro de casa y me muriera de vergüenza durante más de una semana por lo que había hecho. Ahora que lo pienso, el verano es propicio para generar situaciones de vergüenza. Una ola que corre la bikini de lugar, un helado que se derrite mucho más rápido de lo que la boca puede tomarlo y termina enchastrando toda la remera, un caballo suicida que se mete más y más en el mar y todos diciendo desde la orilla Eugenia vení para acá, y yo pensando pero qué quieren si es él el que se cree Alfonsina... De cualquier manera, a pesar de la vergüenza, siempre deseo que llegue el verano, porque en verano me dan más ganas de bailar, de conocer gente, de tomar caipiriña, escuchar a Bob Marley y leer novelas de amor o policiales tirada en la arena. Y para combatir el insomnio que provoca el calor, una noche, en la que sentía derretirme toda, a excepción de mis ojos que permanecían fijos en el ventilador de pie, se me ocurrió hacer un cronograma de sueños de verano, que si se sueña uno por noche, alcanza para todo enero y los primeros días de febrero.
Cronograma de sueños de verano:
Tomar leche cortada y mandar a mamá a la cárcel
Creer en Dios y que se sienta mal
Enseñarle a la maestra cómo se llega al país de Alicia
Contar hasta el infinito con los dedos
Decirle a Pitufo Filósofo que me cae simpático
Aprender a tocar el piano con Lou Reed y que mamá Laurie Anderson me rete en japonés
Ser una trovadora pop
Figurar en las revistas y que me recorten los pajeros
Tomar whisky con Morrison
Tocar la pandereta en un recital de Janis Joplin
Atender el teléfono y ser yo
Preguntarle a Antonin si le gusta mi voz
Hacer radio con Beckett
Conseguir el papel de vaca comunista y reírme con Brecht en alemán
Postergar mi viaje a Berlín porque vino a visitarme Virginia Woolf
Dibujar la mano de la Reina Isabel y que Orlando me diga “sí, así es, así es”
Filmar el divorcio de Penélope y actuar como su abogada
Robarle los zapatos a mi abuela y ser acusada, no de robo, sino de herencia
Ser responsable y que papá se sienta orgulloso
Trabajar como obrera en una fabrica de alfileres
Tener un amigo como Engels
Colaborar con los exiliados lingüísticos
Desertar y que El Che me tenga bronca
Pasear con Rosas por Lavalle
Evitar que maten a Pasolini y pedirle un autógrafo
Disfrazarme de polígrafa y ser odiada por los hombres
Ir a misa con Burroughs y cantar canciones de Tom Waits
Decirle a Apolonio que a Paul no lo soporto
Conversar con Fijman en la Plaza España
Ver la mano de Rilke cuando escribía Salomé
Darle un beso a Proust antes de que se duerma
Cenar con Jack the Ripper y hablarle de Allan Poe
Mover las manos con dirección de Pina Bausch
Florecer en la montaña
Llegar al cielo y darme cuenta de que en realidad prefiero el agua
Vivir en un teatro*
* Disfrutarlo todo, serlo todo.
Ahora ya no, pero antes, el comienzo del verano no lo determinaba el calendario sino la apertura de las heladerías. Cuando era chica, por lo que más quería ser grande era para comer helado y sólo helado, nada de verduras, carne, ravioles, sólo helado de dulce de leche granizado abajo y coco arriba. El coco no era tanto por preferencia real, sino más bien por seguir el dictado de la moda impuesto por ese personaje de Juana Molina en Juana y sus hermanas. Y aunque amaba el verano, porque amaba el helado, no renegaba del invierno, tenía sus beneficios: los bolsillos de los abrigos siempre reservaban australes para futuros cucuruchos. Yo, apenas abría la heladería de enfrente de casa, lo primero que hacía era saquear los bolsillos de mi campera, del blazer del colegio, de los tapados de mamá, de los trajes de invierno de papá, los bolsillos de mi hermana no, porque siempre fui muy respetuosa de mis pares. Pero cuando ese recurso llegaba a su fin – que era alrededor del tercer o cuarto cucurucho– no quedaba otra que suplicarle a mamá que me comprase otro, y ella, tan amante de la vida natural, me decía que era mejor que coma fruta. En el parque de casa había moras, que comía imaginando que eran helado de moras, hasta que un día, como era de esperar, me intoxiqué y decidí hacer negocio con ellas. Junté todos los frascos de mermelada que encontré en casa, hasta terminé la de naranja que siempre me pareció espantosa, solo para tener un recipiente más donde guardar las moras que vendería a los que pasasen por la puerta de casa, y como escuché no sé si de papá o de mamá, que para hacer negocios es necesario arriesgarse, sacrifiqué el vestido escocés de mi bebote y lo recorté en cuadraditos para decorar las tapas de los frascos. El negocio marchaba magnífico, le vendí un frasco a Maribel, la vecina de al lado de casa y podría haber vendido muchos más si mamá no me hubiese gritado “estás loca” desde la ventana del living, cuando me vio en el puestito que había improvisado sobre el medidor de gas. No dijo nada más, para eso es mi mamá, sabe la mejor forma de paralizar mis autoemprendimientos. Siempre me dio miedo la locura y que ella me lo afirmase de manera tan vehemente hizo que sin chistar me metiera adentro de casa y me muriera de vergüenza durante más de una semana por lo que había hecho. Ahora que lo pienso, el verano es propicio para generar situaciones de vergüenza. Una ola que corre la bikini de lugar, un helado que se derrite mucho más rápido de lo que la boca puede tomarlo y termina enchastrando toda la remera, un caballo suicida que se mete más y más en el mar y todos diciendo desde la orilla Eugenia vení para acá, y yo pensando pero qué quieren si es él el que se cree Alfonsina... De cualquier manera, a pesar de la vergüenza, siempre deseo que llegue el verano, porque en verano me dan más ganas de bailar, de conocer gente, de tomar caipiriña, escuchar a Bob Marley y leer novelas de amor o policiales tirada en la arena. Y para combatir el insomnio que provoca el calor, una noche, en la que sentía derretirme toda, a excepción de mis ojos que permanecían fijos en el ventilador de pie, se me ocurrió hacer un cronograma de sueños de verano, que si se sueña uno por noche, alcanza para todo enero y los primeros días de febrero.
Cronograma de sueños de verano:
Tomar leche cortada y mandar a mamá a la cárcel
Creer en Dios y que se sienta mal
Enseñarle a la maestra cómo se llega al país de Alicia
Contar hasta el infinito con los dedos
Decirle a Pitufo Filósofo que me cae simpático
Aprender a tocar el piano con Lou Reed y que mamá Laurie Anderson me rete en japonés
Ser una trovadora pop
Figurar en las revistas y que me recorten los pajeros
Tomar whisky con Morrison
Tocar la pandereta en un recital de Janis Joplin
Atender el teléfono y ser yo
Preguntarle a Antonin si le gusta mi voz
Hacer radio con Beckett
Conseguir el papel de vaca comunista y reírme con Brecht en alemán
Postergar mi viaje a Berlín porque vino a visitarme Virginia Woolf
Dibujar la mano de la Reina Isabel y que Orlando me diga “sí, así es, así es”
Filmar el divorcio de Penélope y actuar como su abogada
Robarle los zapatos a mi abuela y ser acusada, no de robo, sino de herencia
Ser responsable y que papá se sienta orgulloso
Trabajar como obrera en una fabrica de alfileres
Tener un amigo como Engels
Colaborar con los exiliados lingüísticos
Desertar y que El Che me tenga bronca
Pasear con Rosas por Lavalle
Evitar que maten a Pasolini y pedirle un autógrafo
Disfrazarme de polígrafa y ser odiada por los hombres
Ir a misa con Burroughs y cantar canciones de Tom Waits
Decirle a Apolonio que a Paul no lo soporto
Conversar con Fijman en la Plaza España
Ver la mano de Rilke cuando escribía Salomé
Darle un beso a Proust antes de que se duerma
Cenar con Jack the Ripper y hablarle de Allan Poe
Mover las manos con dirección de Pina Bausch
Florecer en la montaña
Llegar al cielo y darme cuenta de que en realidad prefiero el agua
Vivir en un teatro*
* Disfrutarlo todo, serlo todo.
Monday, December 04, 2006
Un trío un poco alocado
Mi amor tiene un pie en la tierra. El resto de su cuerpo prefiere guardarlo en una cajita de cartón, vacía, pintada por mí de naranja y azul. Un lugar complementario, sin pretensiones.
Se llevan bien mi amor y mi soledad.
Él es rubio y de ojos negros. Se besa en el espejo, si lo hubiera. No es un hombre. Tampoco un gato, ni un león. Es casi un elefante, con algo de gorrión acuático, y manos. Sí, manos que nunca encuentra. En la cajita, le digo, pero no me cree porque está vacía. En la cajita, repito, me acaban de empujar.
Ella es de fuego y no refleja ningún color. Se los come. Ya no se acuerda cuantos hijos tuvo, si finalmente nacieron, si se murieron de viejos, si son los mismos que cada noche de agosto o de abril le atan el cuello con un cinturón de cuero marrón y pretenden hacerle el amor, aunque todos saben, incluso ella que es tan ingenua, que él no sale de la cajita ni levanta el pie de la tierra en meses tan trillados.
Mi soledad, a veces, cuando se anima, le toca la espalda y hunde los dedos hasta su columna, que también es pegajosa. A él no le gusta, pero lo soporta porque sabe que ella tiene auto y lo puede llevar -sí mi amor se animara a salir, si mi amor se animara a caer- a Marte o a Río de Janeiro, para hablar en esa lengua que inventaron cuando mamá y papá se fueron, una lengua bastante compleja si se tiene en cuenta lo chiquitos que eran cuando la inventaron. La lengua más fría, menos trágica del mundo.
Yo los miro.
Somos un trío un poco alocado. Él quiere matarme y yo sólo pienso en cortarle el pelo. Ella me escupe las piernas, me tira del dedo meñique, quiere jugar. Y no es que yo no quiera. No. Es que se me acalambran las piernas con su baba de aloe vera.
En definitiva, somos tan feos, tan feos, que sólo nos queda mimarnos hasta que la muerte nos vuelva a separar.
Se llevan bien mi amor y mi soledad.
Él es rubio y de ojos negros. Se besa en el espejo, si lo hubiera. No es un hombre. Tampoco un gato, ni un león. Es casi un elefante, con algo de gorrión acuático, y manos. Sí, manos que nunca encuentra. En la cajita, le digo, pero no me cree porque está vacía. En la cajita, repito, me acaban de empujar.
Ella es de fuego y no refleja ningún color. Se los come. Ya no se acuerda cuantos hijos tuvo, si finalmente nacieron, si se murieron de viejos, si son los mismos que cada noche de agosto o de abril le atan el cuello con un cinturón de cuero marrón y pretenden hacerle el amor, aunque todos saben, incluso ella que es tan ingenua, que él no sale de la cajita ni levanta el pie de la tierra en meses tan trillados.
Mi soledad, a veces, cuando se anima, le toca la espalda y hunde los dedos hasta su columna, que también es pegajosa. A él no le gusta, pero lo soporta porque sabe que ella tiene auto y lo puede llevar -sí mi amor se animara a salir, si mi amor se animara a caer- a Marte o a Río de Janeiro, para hablar en esa lengua que inventaron cuando mamá y papá se fueron, una lengua bastante compleja si se tiene en cuenta lo chiquitos que eran cuando la inventaron. La lengua más fría, menos trágica del mundo.
Yo los miro.
Somos un trío un poco alocado. Él quiere matarme y yo sólo pienso en cortarle el pelo. Ella me escupe las piernas, me tira del dedo meñique, quiere jugar. Y no es que yo no quiera. No. Es que se me acalambran las piernas con su baba de aloe vera.
En definitiva, somos tan feos, tan feos, que sólo nos queda mimarnos hasta que la muerte nos vuelva a separar.
Tuesday, November 28, 2006
A no faltar
Sunday, November 19, 2006
En lo que va de la semana ya van dos chicos que se refieren a mis piernas como jamones. Es de onda, aclaran al toque. De onda... ja, ¿qué quieren?, ¿hacerme creer que las piernas flacas son lo menos?, ¿o que las mías son apetecibles como un sandwich de jamón crudo italiano y tomatitos cherry?. No, no. Todo eso es muy poco verosímil. Yo no sé qué onda puede tener un comentario de ese tipo, pero igual es algo que ya casi no me afecta porque desde hace un tiempo, más precisamente desde que empecé a pensar en la idea de que abandonar el alcohol es una buena idea, cambié mi frase típica “estoy gorda” por otra más madura, más existencial y profunda: “estoy deprimida”. La contracara de la madurez, existencialidad y profundidad, es que en el mercado psi cotizan más caro que un simple complejo de gordura, así que desde que cambié de complejo, mi analista factura el doble (“factura” es una forma de decir porque nunca me dio una factura, y ahora que lo pienso, su declaración de ganancias debe ser trucha, así que nunca voy a revelar su nombre completo a ver si se lo llevan preso a mi gurú espiricultural (lee mucho más que yo), mi bastón anímico, mi arquero del sinsentido que resiste estoicamente mis llamados a las 6 de la mañana y suele abrir de urgencia su consultorio los domingos a la tarde para tratar de atajar mis patadas neuróticas). Bueno, igual, un poco me afecta lo de las piernas como jamones, no por las mías (no soy tan ombliguista), sino por el recuerdo de Luciana, una chica muy copada, con unas piernazas divinas de jugadora de jockey, a la que las loosers como yo, que aprobábamos todas las materias con diezalosumonueve (no por inteligentes, sino porque no teníamos muchos planes los fines de semana y el trabajo, es decir, el colegio en esa época, la tele y las canciones de Nirvana eran lo único con lo que podíamos combatir nuestro tedio adolescente) la admirábamos secretamente (y no tan secretamente. Yo dejaba que Luciana se copiase de mí en las pruebas de física a cambio de nada, porque ella nunca me invitó a sus fiestas de gente popular, así que si eso no es admiración explícita que me caiga ya una rana del cielo y me cante La canción del jacarandá de María Elena Walsh). Mi trauma con las piernas como jamones fue por culpa de un comentario muy desafortunado que hizo la Directora del colegio, la Hermana Mariana (que en realidad se llamaba Sonia. Sí, se llamaba. Ahora debe estar haciendo huevos fritos en el infierno), que no tuvo mejor idea que decirle a Luciana “¿No le da vergüenza usar el uniforme tan cortito con esos jamones que tiene en lugar de piernas?”. No es fácil para gente que siempre necesita tener a alguien de quien ser fan, como yo, escuchar que agredan de manera tan gratuita e inesperada a su “quiero ser como vos”, no, no es fácil, deja huellas imborrables. Después, por suerte, me vengué de ella (aunque solitariamente) cuando entré al CBC y descubrí a Marx. Con cada palabra que él decía acerca de la religión yo sentía estar echándole una gotita de arsénico al té con leche de Mariana, bah, a mi idea de ella, al fantasma marianista, cruel y amargo como el mate que ceban los que saben de mates, los que aprendieron de sus padres y sus padres de los abuelos de los que hoy por hoy ceban esos mates alabados por los críticos especializados en hierbas y la influencia de éstas en la cultura (aunque hay que reconocer que Mariana tenía sus virtudes porque, a diferencia de las otras monjas, no era reprimida y solía acostarse con el cura del San José, hasta que éste se volvió gay y ahí Mariana desarrolló su perversión discursiva con la gente que llevaba una vida sexual plena como era el caso de Luciana). Pobre Mariana, después se murió y me sentí culpable. Pobre, pobre de mí que siempre siento que todo es culpa mía, como cuando dije “odio a Juan Castro y ojalá se muera”, porque alabó una película que a mí me pareció nefasta (Irreversible) y zas, se le ocurre caerse del balcón. Aunque, claro, eso no es nada comparado con lo que pasó después: a menos de una semana de la tragedia castrense, sin que yo le contase nada a nadie acerca de la culpa que sentía por lo ocurrido, apareció una persona anónima en mi msn con un nick poco imaginativo, pero que llamó un poco mi atención y me dijo:
cuandomevoyquedanmoscas: hola Eugenie, ¿cómo andás?
Yoyyoodiamossersiemprelasmismaspelotudas: ¿quién soy?, perdón, quiero decir ¿quién sos?
cuandomevoyquedanmoscas: ¿No me reconocés?
Y apareció la foto de Juan cuando estaba vivo y rozagante.
Si bien nunca me metí a un lago helado del sur argentino por miedo a que se me pare el corazón con el cambio de temperatura, creo que en ese momento es como si me hubiese tirado de cabeza, más bien, como si alguien me hubiese empujado desde el borde de la piedra a la que me subí para ver si me animaba y claro, qué me iba a animar si soy re cagona. La incertidumbre de quién sería el anónimo duró poco, enseguida empecé a sospechar de quién se podía tratar: del fantasma de Mariana, que se enteró de mi deseo de echarle gotas de arsénico marxiano a su té con leche* y dejó de hacer huevos fritos por un tiempo para aprender a usar internet y darme un patatús desde el infierno (me acabo de dar cuenta de que la palabra patatús está agregada a mi diccionario word y me preocupa no acordarme cuando la agregué. Aunque ahora que lo pienso, las amnesias reafirman mi decisión de terminar de una vez por todas con mi exterminación sistémico-neuronal a base de alcohol y acumulación de experiencias traumáticas), porque yo no sé si imaginaba o era verdad que cuando Mariana se iba de algún lugar, el aula, el patio, el gimnasio, cualquier lugar de donde vi alguna vez que se fue, quedaban dando vueltas un par de moscas desorientadas que se golpeaban contra lo que tenían a la vista, o mejor dicho, tratándose de moscas, a la multivista, y yo le rezaba mucho a mi dios personal de esa época (que tenía la cara de Jim Morrison y estaba enamorado de mí, no de Luciana) para que no me toquen, porque las moscas son feas y me dan bastante impresión. De la mala.
*dicen que en el infierno hay satélites que permiten ver todo, pero todo todo, así que se puede ver a través del espacio, del tiempo y también de las cabezas de las personas en el espacio y el tiempo que al habitante infernal se le ocurra.
cuandomevoyquedanmoscas: hola Eugenie, ¿cómo andás?
Yoyyoodiamossersiemprelasmismaspelotudas: ¿quién soy?, perdón, quiero decir ¿quién sos?
cuandomevoyquedanmoscas: ¿No me reconocés?
Y apareció la foto de Juan cuando estaba vivo y rozagante.
Si bien nunca me metí a un lago helado del sur argentino por miedo a que se me pare el corazón con el cambio de temperatura, creo que en ese momento es como si me hubiese tirado de cabeza, más bien, como si alguien me hubiese empujado desde el borde de la piedra a la que me subí para ver si me animaba y claro, qué me iba a animar si soy re cagona. La incertidumbre de quién sería el anónimo duró poco, enseguida empecé a sospechar de quién se podía tratar: del fantasma de Mariana, que se enteró de mi deseo de echarle gotas de arsénico marxiano a su té con leche* y dejó de hacer huevos fritos por un tiempo para aprender a usar internet y darme un patatús desde el infierno (me acabo de dar cuenta de que la palabra patatús está agregada a mi diccionario word y me preocupa no acordarme cuando la agregué. Aunque ahora que lo pienso, las amnesias reafirman mi decisión de terminar de una vez por todas con mi exterminación sistémico-neuronal a base de alcohol y acumulación de experiencias traumáticas), porque yo no sé si imaginaba o era verdad que cuando Mariana se iba de algún lugar, el aula, el patio, el gimnasio, cualquier lugar de donde vi alguna vez que se fue, quedaban dando vueltas un par de moscas desorientadas que se golpeaban contra lo que tenían a la vista, o mejor dicho, tratándose de moscas, a la multivista, y yo le rezaba mucho a mi dios personal de esa época (que tenía la cara de Jim Morrison y estaba enamorado de mí, no de Luciana) para que no me toquen, porque las moscas son feas y me dan bastante impresión. De la mala.
*dicen que en el infierno hay satélites que permiten ver todo, pero todo todo, así que se puede ver a través del espacio, del tiempo y también de las cabezas de las personas en el espacio y el tiempo que al habitante infernal se le ocurra.
Friday, November 10, 2006
La rueda de la fortuna
Ayer casi me pisa un auto. Cruzo Brown pensando ¿y si me pisa un auto? y no me pisa, pero cuando vuelvo a cruzar, ahí sí casi vuelo. Quedo en medio de los autos un buen rato y luego lloro el resto del camino. Cuando llego me preguntan ¿qué te pasó? y yo digo “estoy alérgica”, pero después, al segundo, ya nadie me cree: es que lloro a cántaros y las alergias no son tan efusivas. Me dicen uh, qué distraída que sos, y sí. Después toco fondo cuando rompo la cerradura y pienso que me voy a quedar a dormir en el pasillo. Por suerte logro abrir la puerta. Llego al punto máximo de descreimiento de mis habilidades manuales y me ilumino: un simple movimiento me salva del pasillo y la bronca y la depresión por ser así como soy. A partir de ese momento todo vuelve a subir. Hoy es mejor y me acordé de esta canción.
Thursday, November 09, 2006
Yo era la última a la que elegían los que hacían “pan y queso” para armar el equipo de “El delegado”. Aunque una vez fui anteúltima. Me prefirieron a Marita, que unos días antes le habían sacado el yeso del brazo derecho y todavía lo tenía hecho un flan.Me acordé de eso al pensar en mi perseverancia hiperboba, en esa energía animalita que tengo para hacer cosas que sé que nunca voy a hacer bien.
Monday, November 06, 2006
Les digo a mis amigos, ¡miren, Nicolás!, mientras señalo a un hombre grandote y canoso y ellos se ríen, me dicen, qué humor negro Eugenita, y yo contenta porque se ríen, aunque no entiendo bien por qué se ríen. Como seis horas más tarde, entre cerveza y cerveza, ella dice pobre Nicolás y yo pregunto ¿por qué pobre?, porque se murió, me estás gastando, no boluda, ¿en serio? ¿cuando?, la semana pasada. Me pongo triste, casi lloro, para qué mentir, lloro posta, y mis amigos me miran, ¿qué te pasa?, me dicen, no entienden la dimensión de mi pesar, y yo no sé... qué quieren que les diga...
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no me acostumbro a que la gente se muera.
Thursday, November 02, 2006
Tuesday, October 31, 2006
Bee_siones
No me acuerdo si era Margerie Kempe o la otra, la anacoreta, ¿cómo se llamaba? Juliana de Norwich, bueno, alguna de ellas era, o alguna copada como ellas, la cuestión es que estaba leyendo a esta copada una tarde de octubre de 2004 y cuando iba por la parte en que la copada cuenta que el santo prepucio sabe a miel, vi que en la ventana había una abeja. Me impresionó, nunca antes se había posado una abeja en esa ventana, y mucho menos había visto yo una de la ya dos veces nombrada en un mismo renglón, al instante de leer la palabra miel. La cosa es que Caracola (gata y acróbata atorranta), empezó a maullar como una desaforada desde la cocina y cuando llego veo centenares de abejas. Respiro hondo (como acto simbólico de tomar valor, que, ahora que lo pienso, es re loco este acto, porque el aire no vale nada, es gratis y… ah… ¿por eso es simbólico?-) y mientras ruego por que ninguna abeja me pique o se me meta por los agujeritos de la nariz, me llevo a upa a Caracola y cierro la puerta de la cocina. Me quedo en el living durante horas, hasta que no soporto más la cara de aburrida de la gata y salgo a verificar si las abejas ya se fueron. Y sí, se fueron sin dejar rastro de su visita inesperada... las muy perras... así que después, obvio, nadie me creyó que tuve una experiencia mística.
Saturday, October 28, 2006
Monday, April 12, 2004
Soñé que viajaba en un tren y recorría Rusia. Era una princesa a la que le irritaban terriblemente las faltas de ortografía. Discutía en ruso acerca de ese tema con dos franceses que me acusaban de ortodoxa.
Wednesday, October 25, 2006
Con la hermanita de ViV perdí toda posibilidad de recuperar mi nombre. Desde que ViV le contó la anécdota, pasé a ser para ella la chica del subte (elipsis de “la chica que se cayó en la estación de subte”). En alguna oportunidad voy a contar lo que pasó el día de la primavera de 1998, en que por culpa, no de algún tipo de herida o quebradura, sino lisa y llanamente por culpa de mi timidez, terminé en el hospital Argerich en una silla de ruedas camino a la sala de traumatología. Hay mucha gente que nunca tomó un subte en su vida ¿vieron? Qué extraño. En La Boca no hay subtes, pero la gente viaja en subte igual. Nos tomamos cualquier colectivo hasta Alem y de ahí seguimos en subte porque es más rápido. La Boca es un barrio donde hay muchos borrachos y pintores, sin ir más lejos, yo, yo soy borracha, un poco, y además pinté un cuadro el lunes. Fui a la facultad, esa que queda cerca de mi casa y pinté uno. La profesora me dijo qué bueno, realmente está muy bueno, yo sabía. Por un momento pensé en tirarlo por la ventana, porque sí, pero no porque sí sí. Hay ventanas en el cuadro, no tan frías como las otras, las de las casas y los edificios, aunque, claro, también están menos, mucho menos ahuecadas. O no, no son ventanas, pero podrían serlo y todo lo contrario también ¿Qué es todo lo contrario a las ventanas? Ah… por eso está bueno mi cuadro.
Tuesday, October 10, 2006
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estuve en un laberinto
a la salida encontré un espejo
¿sí? ¿y te viste?
no, nunca me veo en sueños
del otro lado había un buzón
violeta o una cámara oscura
las dos cosas y ninguna exactamente
comprendo, pero, ¿por qué tu mamá me da miedo?
porque usa un bastón de oro puro
cuando dormimos juntos hablamos suspendidos
estuve en un laberinto
a la salida encontré un espejo
¿sí? ¿y te viste?
no, nunca me veo en sueños
del otro lado había un buzón
violeta o una cámara oscura
las dos cosas y ninguna exactamente
comprendo, pero, ¿por qué tu mamá me da miedo?
porque usa un bastón de oro puro
cuando dormimos juntos hablamos suspendidos
Saturday, October 07, 2006
Yo pensaba, estaba convencidísima, de que “bermudas”, en realidad, se decía “mermudas”. Por libre asociación, cada vez que decía mermudas me imaginaba un frasco de mermelada de frutillas. Si las bermudas me parecían feas, entonces me imaginaba un frasco de mermelada de naranja. Papá nunca me corregía, le daba ternura que yo hablara mal. Pero sólo a él le daba ternura, los demás se reían cuando decía “mermudas”, “aprendé la luz” o cosas por el estilo. Sobre todo se reían de mi pronunciación afrancesada, cosa que a mamá le encantaba (no que se rían de mí, sino mi pronunciación)*. Hasta los seis años fui incapaz de pronunciar una erre, especialmente si se encontraba detrás de una ce, una te, una pe, y ni que hablar de una ge. Así fue como se me ocurrió crear un mini-diccionario personal de sinónimos. En vez de decir “perro”, decía “can”, en vez de decir “rato”, decía momento”, en vez de “grande” decía “gigante” (“enorme” también me resultaba un poco difícil) o “adulto”, según el contexto de la palabra “grande” (la palabra “mayor”, por razones obvias, también trataba de evitarla). Y cuando tomaban lista en el colegio, en vez de decir “presente”, decía “acá estoy”. Donde no tenía escapatoria era a la hora de pronunciar mi apellido. Por eso, una tarde, a los seis, fui a la cocina -mamá estaba preparándome la leche- y le supliqué de rodillas que por favor me dé el suyo, porque Clará, a diferencia de Rombolá, lo podía pronunciar sin correr el riesgo de que los demás se rían. Creo que fue porque la conmoví, o porque se dio cuenta de que Buenos Aires no es París, que decidió llevarme a la fonoaudióloga, una mujer que resultó ser muy dulce y paciente. Todos los jueves, de 18 a 19 hs., iba a su casa a tratar de pronunciar correctamente, y mejoré un poco, sí, pero no mucho. Tenía un cuaderno de hojas lisas donde la fonoaudióloga, Patricia, me escribía los ejercicios y me pegaba fotocopias con dibujos, que yo tenía que pintar y después debía nombrarle los colores que usaba. Yo, pícara, la primera vez pinté los dibujos de azul, naranja, amarillo, violeta... pero ella, más pícara que yo, en el segundo encuentro sólo me dio rojo, negro, rosa y marrón. Tenía un espejo sobre la mesa, donde yo tenía que verme cuando hacía mis ejercicios articulatorios. Lo que más me gustaba era hacer muecas frente al espejo mientras Patricia me escribía los ejercicios en el cuaderno, pero claro, una vez me descubrió, levantó la cabeza del cuaderno antes de que yo pudiera volver mi cara a la normalidad y me morí de vergüenza. A partir de ese momento, ir a lo de Patricia fue una tortura china para mí (no, en este caso creo que correspondería mejor decir “tortura rusa” o mejor aún: “tortura groenlandesa”). Bueno, pero como contaba antes, mi pronunciación afectada no es mi única rareza. Hay algunas cosas, que vaya uno a saber por qué nunca logré asimilar y las mezclo, por ejemplo, me confundo a Isabel Sarli con Beatriz Sarlo. También me confundo “colibrí” con “coliflor”, “repollitos de bruselas” con “brócoli”, dudo siempre si se dice Dylan Thomas o Thomas Dylan, Ayer descubrí una nueva: fui a hacer las compras y le digo al chico del súper:
- ¿Sabés en dónde están las albóndigas?
- ¿Qué? No, no vendemos acá.
- ¡Pero si en todos los supermercados venden albóndigas!
Se me queda mirando.... yo pienso, ¿cómo se dice “albóndigas” o arbóndigas”?.... dudo... dudo seriamente... estoy convencidísima de que se dice “albóndigas”, pero bueno, me tiro el lance:
- ¿Y arbóndigas venden?
- No, tampoco.
Por suerte miro para atrás y ahí están, puf, por suerte, ahí están las latas de arvejas.
- ¿Sabés en dónde están las albóndigas?
- ¿Qué? No, no vendemos acá.
- ¡Pero si en todos los supermercados venden albóndigas!
Se me queda mirando.... yo pienso, ¿cómo se dice “albóndigas” o arbóndigas”?.... dudo... dudo seriamente... estoy convencidísima de que se dice “albóndigas”, pero bueno, me tiro el lance:
- ¿Y arbóndigas venden?
- No, tampoco.
Por suerte miro para atrás y ahí están, puf, por suerte, ahí están las latas de arvejas.
*Se deduce entonces que no decía exactamente "mermudas" y "aprendé la luz", sino que en realidad decía algo así como "megmudas" y "apeguendé la luz"
Thursday, October 05, 2006
Wherever the children go I'll follow them
Abandoned love es una canción maravillosa y no muy conocida de Bob Dylan. Parece que en realidad iba a estar en Blood on the tracks, que ya sin esa canción, es un discazo. Finalmente apareció en Biograph (1985). Resulta inexplicable como Dylan dejó tantas canciones bellísimas fuera de sus discos. Aunque es posible pensar que lo hizo de precavido nomás, por si se quedaba sin canciones. Muy astuto este Bob, un excelente administrador de talento.
Volver
Me gustaron los saquitos de colores de Raimunda y algunos de sus vestidos. Y me gustaron también sus zapatos de plataforma, altísimos, le quedaban muy bien. Yo una vez me compré unos parecidos, pero cuando caminaba, mis rodillas siempre iban a media cabeza de ventaja del resto de mi cuerpo. Ah, se me piantó un lagrimón (no era para tanto, ya sé) cuando la mamá sale del baúl del auto y le dice a Soledad ¿No me vas a dar un abrazo? A mí Soledad me cae bien. Me hace acordar un poco a mi hermana, así que hoy la llamé, pero no pude encontrarla. A la noche soñé que tomaba un cortado con Almodóvar y me decía que él realmente no entiende a las mujeres. Yo le decía que yo no entiendo a los hombres. Entonces nunca vas a matar a uno, me dijo, pero vas a querer matar a todos.
Y volviendo a la peli, me dio la sensación de que Almodóvar la escribió para tratar de responder a la pregunta de por qué las mujeres queremos tanto a los hombres. Pero por suerte no la respondió, sólo preguntó.
Almodóvar escribe bien, sí, sí.
Tuesday, October 03, 2006
Thursday, September 28, 2006
una vez te dibujé
con un cigarrillo en la boca
y tus anteojos
enormes
no eras vos
no importa
te dibujé y te guardé
en el primer cajón del escritorio
podíamos ser
ahora que me acuerdo
increíblemente crueles
te guardé y te perdí
entre mis papeles
de carta
deseaba
realmente
quería que te mueras
total tenía a mamá
que me podía cuidar
después
cuando te fuiste
te transformé en mi superhéroe
y seguí tus pasos
nadie me veía
seguí tus pasos
al pie de la letra
en sueños me engañabas
me levantaba segura
de que estarías por ahí
me parecía verte
en la calle, en un auto
llevando a una rubia a pasear
ahora que ya no te creo
no sabés cuanto te extraño
y qué bien me hace saber
que no puedo
que no te voy a alcanzar
con un cigarrillo en la boca
y tus anteojos
enormes
no eras vos
no importa
te dibujé y te guardé
en el primer cajón del escritorio
podíamos ser
ahora que me acuerdo
increíblemente crueles
te guardé y te perdí
entre mis papeles
de carta
deseaba
realmente
quería que te mueras
total tenía a mamá
que me podía cuidar
después
cuando te fuiste
te transformé en mi superhéroe
y seguí tus pasos
nadie me veía
seguí tus pasos
al pie de la letra
en sueños me engañabas
me levantaba segura
de que estarías por ahí
me parecía verte
en la calle, en un auto
llevando a una rubia a pasear
ahora que ya no te creo
no sabés cuanto te extraño
y qué bien me hace saber
que no puedo
que no te voy a alcanzar
Tuesday, September 26, 2006
Wednesday, September 20, 2006
Hay noches realmente raras
Como por ejemplo, la de anoche, que soñé que era la bajista de Talking Heads y en medio de un solo im-pre-sio-nan-te venía mamá a regalarme antiparras para que no me lloren los ojos cuando corto cebollas.
Sunday, August 06, 2006
L'argent est tout!!

Pasé mucho tiempo sin escribir por varios motivos. Esto puede sorprender mucho: algunos pocos me entenderán y supongo que la mayoría se va a ofender y, tal vez, algunos dejen de hablarme. Pero lo que tengo para decirles es que estuve pensado mucho y llegué a la conclusión de que la aparente horizontalidad de los blogs es totalmente falsa. Hace tiempo que vengo viendo muchos blogs, y aunque muchos realmente me agradan y alguno que otro hasta puede llegar a interesarme, considero que mi blog es uno de los mejores. No es soberbia decir la verdad, y sí es ser engreída para mí pecar de humilde: de todos los blogs a los que tengo acceso, nunca vi tanta espontaneidad intempestiva, tanta frescura literaria. Es por eso que estoy pensado un poco qué hacer con mi blog, y no se sorprendan si empiezo a cobrar las entradas a esta página. Al fin y al cabo, se paga por páginas porno, por estúpidos juegos virtuales, por páginas que buscan pareja... por qué no van a pagar por este blog que, por otra parte, junta todas esas cosas en un cocktail delicioso...
Friday, June 30, 2006
Monday, June 26, 2006
Mi verdadero padecer
La tarde del domingo tuve pensamientos tristes, por ejemplo, tomé conciencia de que soy pobre y si llegan a cada rato esas cadenas de mails que dicen que si uno tiene techo, heladera, cocina y ese tipo de cosas, uno puede considerarse dentro del 10% más rico del planeta, es para hacerle creer a uno que no es pobre, pero uno es pobre igual, no jodan.
Mi miedo más grande es terminar en la calle. Me imagino durmiendo en un banco de plaza -de día, porque de noche es peligroso quedarse dormida-. Tendría en mi mochila un cepillo de dientes, una libreta, un lápiz y el DNI. Qué neurosis ni neurosis, lo mío es una clase media recalcitrante.
Después me quedé dormida y soñé que estaba por tener un hijo y todos me felicitaban, no porque iba a tener un hijo, sino porque no había engordado nada. Llega el doctor a la sala de parto y me dice que no tiene peridural. Le digo que está bien, que me la banco. Pero el chiquito al final decidió no nacer, como que le dio cosita hacerme sufrir tanto. Un tierno total, ¿no? O un cómodo.
el alcohol es un caballo enjabonado
Cuando tomo alcohol puedo llegar a preguntarme cosas como por qué al barrio de Caballito no le dicen Pony, que suena más lindo. Y de ahí, mi mente se puede ir al recuerdo de los Pequeños Ponies. Me encantaba peinarles las crines y también me acuerdo que cada vez que me obligaban a bañarme, para hacer el trámite un poco menos solitario, los metía conmigo en la bañera y los embadurnaba con jabón, shampoo y crema de enjuague: service completo de belleza. Mi preferido era el blanco con pintitas de colores y crines color verde. Creo que se llamaba Confite. A los portaparaguas desconsiderados
Siempre me indignó la falta de consideración que los transeúntes portaparaguas tienen con los que no usan paraguas. Si tienen paraguas ¿Por qué se empeñan en caminar debajo de los balcones y techitos? ¿Por qué? Además, cuando deja de llover y cierran sus paraguas no reparan en que estos son objetos peligrosos que se pueden clavar en el estómago de las personas que caminan detrás de ellos. Yo ahora uso paraguas porque encontré uno que es una monada, pero prometo vengarme de los portaparaguas desconsiderados: si veo a uno que camina debajo de los balcones y techitos, no tengan dudas de que intentaré hundirle un ojo con las puntitas de mi precioso paraguas.
Friday, June 23, 2006
El amor, que por superficial no es menos contundente.
Mi amiga Amanda me cuenta que un día caminaba por las veredas de Caballito, cuando de repente ve un negocio de muebles antiguos y piensa: qué lindo sería entrar a ver muebles antiguos con un chico al que le guste acompañarme a ver muebles antiguos. Los meses pasaron. Una noche, en un concierto, conoce a un chico. Salen, se gustan, vuelven a salir, empiezan a conocerse de a poquito y un día, mientras caminan por las veredas de Caballito, sin que ella jamás le hubiese mencionado nada al respecto, él le dice: ¿entramos a ver los muebles? Me encanta ver muebles antiguos. Ella, ahí, justito ahí, se enamoró.
Es re loco esto del azar, a mí me pasa todo el tiempo, es más, a ella la conocí así. En la primera clase de literatura inglesa alguien dice algo de Foucault y yo, que estaba sentada al lado de Amanda, la escuché decir, ah, Foucault es un gran narrador. No pude no quedar medio pasmada después de eso que acaba de escuchar, porque era justamente lo que había pensado unas horas antes de entrar al aula. Nos pusimos a hablar y nos hicimos amigas. Foucault también me dio otra gran amiga, Loli, a la que igual que a mí, le parece que Foucault tiene la sonrisa más linda. Foucault, ahora que lo pienso, es mi punto débil, mi costado más sensible. También me pasó de leer un poema cuando era chiquita que me fascinó y muchos años después un chico al que nunca le había prestado atención me llamó por teléfono y sin siquiera decirme hola me lo leyó, y bueno, después de eso estuve varios años enamorada de él. Y otra vez, me pasó de ver a un chico y pensar es lindo, lástima que debe estudiar cine o diseño. Si estudiase Filosofía… y cuando le pregunté qué estudiaba, me dijo que era licenciado en Filosofía y ya no le pude encontrar ningún defecto, excepto que era perfecto y eso siempre, siempre, siempre es un problema.
Es re loco esto del azar, a mí me pasa todo el tiempo, es más, a ella la conocí así. En la primera clase de literatura inglesa alguien dice algo de Foucault y yo, que estaba sentada al lado de Amanda, la escuché decir, ah, Foucault es un gran narrador. No pude no quedar medio pasmada después de eso que acaba de escuchar, porque era justamente lo que había pensado unas horas antes de entrar al aula. Nos pusimos a hablar y nos hicimos amigas. Foucault también me dio otra gran amiga, Loli, a la que igual que a mí, le parece que Foucault tiene la sonrisa más linda. Foucault, ahora que lo pienso, es mi punto débil, mi costado más sensible. También me pasó de leer un poema cuando era chiquita que me fascinó y muchos años después un chico al que nunca le había prestado atención me llamó por teléfono y sin siquiera decirme hola me lo leyó, y bueno, después de eso estuve varios años enamorada de él. Y otra vez, me pasó de ver a un chico y pensar es lindo, lástima que debe estudiar cine o diseño. Si estudiase Filosofía… y cuando le pregunté qué estudiaba, me dijo que era licenciado en Filosofía y ya no le pude encontrar ningún defecto, excepto que era perfecto y eso siempre, siempre, siempre es un problema.
Wednesday, June 14, 2006
El pasado
Hace unos días iba en el auto con mi mamá y mi hermana. Mamá se baja a comprar algo al kiosco. Yo giro la cabeza, la miro a mi hermana y le digo, Mamá es una caja de sorpresas. Siempre me cuenta cosas nuevas. Mi hermana me mira raro, ¿de qué me estás hablando?, me dice, a mí siempre me habla de lo mismo, que el abogado tal cosa, que el Banco tal otra, que los problemas de la casa, las cosas que se rompen, los impuestos, siempre lo mismo. Llega mamá y nos pregunta de qué estábamos hablando. Mi hermana le cuenta y mi mamá dice, es que vos Eugenia siempre estás revolviendo el pasado. Me gustó esa expresión (sin el tono peyorativo que la voz de mamá le otorgó al asunto): “revolver el pasado”, como si el pasado fuese algo que hay que cuidar a fuego lento.Tuesday, June 13, 2006
Martes 13
Mi segundo cumpleaños cayó martes 13. También mi cumpleaños número 13, número 19 y número 24. Me acuerdo que un día antes de cumplir 13 le dije a una amiga bastante distraída que mi cumple iba a caer martes 13 y ella se quedó pensando hasta que me preguntó, ¿por qué el mío nunca cayó martes 13? Y claro, ¿cómo iba a caer martes 13 si cumplía el 7? Mi próximo cumpleaños que caiga martes 13 será el número 30. Eso va a ser duro Jason.Pobre Princesa
Creo que los que nacimos en 1980 cerramos una generación: la generación que jugaba a Prince of Persia. A todas las personas más chicas que yo a las que les pregunté por dicho juego no lo conocen, o sí, pero de nombre nada más, porque lo jugaban sus hermanos o hermanas mayores. Por mi parte, yo no conozco a nadie que haya rescatado a la princesa. Almuerzo universitario
Tendría que tener pudor en decir cómo empezó toda esta libre asociación, pero si tuviese pudor en mi blog, no tendría blog. Todo empezó con Primo Levi. Flor abstrajo de la conversación el nombre Primo. Después pensamos que si los padres de alguien que se llama Primo son amantes de las cosas ordenadas, al siguiente hijo le tendrían que poner Segundo. ¿y al tercero? El tercero tiene que ser nena y llamarse Trinidad. El cuarto también tiene que ser nena y llamarse Abril ¿Y el quinto? Quintín. Después Sixto, el séptimo Domingo, el octavo Octavio, ¿el noveno?, otra vez nena: Luna, ¿y el diez? el diez… acá nos trabamos un rato. Ah, pero claro ¿cómo no se nos ocurrió antes? Diego Armando. Uh, y cuidado con éste, que es el séptimo hijo varón.
Cordones
Nunca coincide el momento en que se me desatan los cordones con el momento en que tengo ganas de atármelos, así que puedo caminar varias cuadras con los cordones desatados. Pero que una ande así, con los cordones al viento, parece alterar a la gente. A cada rato escucho un Che, flaca, se te desataron los cordones. Ayer mismo, un señor, desde la esquina me gritó ¡Nenaaa, tenés los cordones desatados! Yo, desde mitad de cuadra le dije gracias, pero seguí caminando con los cordones balanceándose de aquí para allá. Tienen buenas intenciones los que avisan, ¡pero qué molestos!, habría que decirles que hay gente que por vagancia aprendió habilidades tan estrafalarias como caminar con los cordones desatados sin caerse.
Monday, June 12, 2006
Felicidad pura
¿No les pasa que a veces se sienten felices, extremadamente bien, que no pueden evitar sonreírle a todo el mundo y no saben por qué es?A mí me pasa, no muy seguido, pero me pasa. Ahora estoy en uno de esos momentos.
El error estuvo en contárselo a mi psicólogo, que todas las cosas positivas que le pasan a mi psiquis las atribuye al análisis y por eso decidió aumentar sus honorarios.
No es justo. Cuando estoy mal no los baja.
Oui mais moi
El viernes llego a casa y veo que el Banco me dejó (sin que yo la pida) una tarjeta Visa. Como un mono con navaja, pensé al imaginarme a mí con ese bichito rectangular en la mano.El sábado probé una mezcla maravillosa: Spinoza, Sinclair y una pizca de CNNBS.
El domingo volví a ver Las invasiones bárbaras. Cuando me fui a dormir quise escuchar el cd de Françoise Hardy, pero no lo encontré.
Un punto es todo. Todo es un caos (ni hablar mi habitación). Pronto me mudo.
Friday, June 09, 2006
Sueño de la papa
Mamá había hecho ravioles y cuando estaba a punto de servirlos empezaron a llegar un montón de visitas. La comida no iba a alcanzar así que le dijo a papá que haga asado. Yo puse la mesa y me senté. Era yo, pero cuando yo tenía cinco años más o menos. Los demás estaban en el parque, revoloteando alrededor de la parrilla. Mamá me sirvió ravioles y le dije que no quería, que esperaba a que estuviese lista la carne. Vos comés ravioles, me respondió. Pero yo quiero carne, le dije y me miró con una cara como si la hubiese insultado. Me sirvió los ravioles, pero no los comí, seguía esperando la carne. Llegaron las bandejas con la carne y a mí no me servían porque tenía el plato lleno de ravioles. No es que no quiera servirte, me dijo papá, pero en tu plato no hay lugar. Pensé en comerme los ravioles para hacer lugar, pero me di cuenta de que no era un buen plan: iba a haber lugar en el plato, pero no en mi estómago. Bueno, no sé en qué momento -así pasa en los sueños- los ravioles se transformaron en una papa gigante. Yo estaba muerta de hambre y de rabia: quería comer carne y no me dejaban. Mamá se levanta de la mesa, va a la cocina y vuelve con una bandeja que contiene una croqueta de arroz, o algo así, algo nada tentador. Me dice, adentro hay carne. Clavo el cuchillo, abro la croqueta y adentro hay una papa, mucho más chica que la que ya tenía en mi plato. No sólo más chica, además estaba toda blanda, casi en estado de puré. Es más que obvio, pero tuve que soñarlo para darme cuenta de que la imagen del padre que dan las madres a sus hijos siempre es más insignificante que la que cualquier hijo puede llegar a tener por sus propios medios.
La zona
Thursday, June 08, 2006
Frío
Domingo a la tarde. Tomo el subte. El chico que está a mi lado se levanta cuando estamos por llegar a la estación Congreso y deja debajo del asiento un bolso negro. Se acerca a la puerta y estoy a punto de decirle que se olvida su bolso cuando un pensamiento me impide abrir la boca: ¿y si es una bomba? Veo a la chica que está en frente. No tiene más de 20 años y se va a morir, igual que el señor de las manos enormes que está más a la izquierda y yo, claro. Somos tres, cuatro con el chico de la bomba, pero tres nos vamos a morir. No me parece justo ni injusto. Tampoco me parece triste. La sensación es de frío, pero no de ese que hace temblar, es frío de mano muerta, pienso, y me acuerdo de una canción que me cantaba mi abuela acerca de una mano muerta que resucitaba y después se volvía a morir, una cosa extraña. Mi abuela me cantaba cada cosa… por suerte, esas canciones tan trágicas las cantaba en italiano y ahora no me acuerdo mucho de ellas. Llegamos a la estación Congreso. Pienso que si no tuviese que morir dentro de unos segundos, debería bajar en la próxima. Se abren las puertas. El chico de la bomba está por bajar y no baja. Vuelve a su asiento. No es el chico de la bomba, no hay bomba, es un chico que, tal vez, no vea bien y necesite levantarse para leer el nombre de la estaciones. Me bajo en Saenz Peña y, como una recién nacida, lloro, pero para adentro.Tuesday, June 06, 2006
A tener en cuenta
Grandes relatos, empezando por Frankenstein, nacieron de desafíos como éste.
Esta noche a las 23 hs., después de las lecturas del Grupo Alejandría, el segundo duelo: Romero vs. Funes.
Esta noche a las 23 hs., después de las lecturas del Grupo Alejandría, el segundo duelo: Romero vs. Funes.
Monday, June 05, 2006
Baisers volés
Un hombre entra sin querer al baño de damas y hay una mujer adentro. Entonces dice “disculpe señora” y se retira. Eso es cortesía. Ahora bien, si en cambio dice “disculpe caballero”, ese hombre tiene tacto.
Ah, entonces tengo tacto, le digo a Juan Pablo, porque cuando hay una persona que está en una situación incómoda, yo hago como que no la veo. No, no, me responde, eso sigue siendo cortesía. Para que sea tacto, le tenés que dejar bien en claro que realmente no la ves.
Monday, May 29, 2006
Fiesta en Colegiales
* Unos suecos, amigos de César, cantaban Vilma Palma & Vampiros: papá pa / papá pa / papá papá papá pa. Me acordé de una conversación que tuve con mi psicólogo sobre el seminario que está dando acerca de la caída de la figura paterna en las sociedades actuales. Mientras presenciaba tan extraña versión de la pachanga, pensé que mi psicólogo no debe relacionarse mucho con suecos.
* Me llamó la atención un cd que se llamaba “Cien años de murga”. Y yo que creía que la murga había empezado con la “onda Kusturica”…
* En un momento escucho “can't take my eyes off of you", pero no, miré para los costados y no me estaba mirando nadie.
* Mina, Mía, Nina... bueno, algo así se llamaba, me dice un amigo. Pienso en cómo se confundirán mi nombre otros: Eugenia, Rogelia, Eulogia... algo así.
Wednesday, May 24, 2006
Mini-ritos urbanos
Viajar tanto, pasar un tercio de mi vida en medios de transporte públicos, hace que indefectiblemente esté mucho tiempo conmigo misma y nadie más. Además del viaje, también tengo esperas entre actividad y actividad, así que soy una gran frecuentadora de bares. Es verdad que aprovecho ese tiempo para leer, para imaginar historias, mirar a la gente, recordar… Y si bien me gusta estar sola, también me pasa bastante seguido que me aburro de estar sola tanto tiempo, entonces, como no me animo a hablar con los desconocidos, y no sólo no me animo, sino que tampoco me interesa demasiado, porque prefiero, siempre prefiero, imaginarme como son, bueno, como me aburro, lo que hago es pensar en mí como si fuera otra. Entonces descubro mis acciones recurrentes. Una de ellas es abrir dos sobrecitos de azúcar a la vez, para el café con leche. La cuestión es que cuando pido un café negro suelo no ponerle azúcar, a veces sí, pero no le pongo más de medio sobrecito, sin embargo abro los dos sobrecitos y los dejo sobre la mesa, no sin algo de culpa por derrochar algo que podría usar otra persona, pero no lo puedo evitar, es un acto automático: llega lo que pido, sea café con leche, café, té, cortado, lágrima, y siempre abro dos sobrecitos a la vez. También me siento siempre en la misma mesa de los bares a los que voy, siempre trato de sentarme en el anteúltimo asiento del colectivo de la fila de los asientos solos, siempre viajo en el último vagón del tren, siempre camino por una misma hilera de baldosas (por eso odio las veredas con baldosas poco definidas, como esas que tienen baldosas color marrón clarito con rayas al estilo tabla de lavar) y cuando bajo del colectivo, siempre tengo que pisar el suelo con el pie derecho. No cuento los escalones para de esa manera calcular qué pie poner primero en la escalerita a fin de llegar con el derecho a la vereda, no, nada de eso. Sin pensar ni calcular, sé (de manera misteriosa) qué pie poner primero para llegar con la derecha al suelo. Lo loco es que esta precisión no se debe al hecho de que los colectivos tienen siempre la misma cantidad de escalones: varían (en una oportunidad me dediqué a contar los escalones de distintas líneas de colectivos y lo comprobé).Así que eso de no calcular, avanzar, seguir el instinto, por ahora nunca me falló. Lo que sí no es muy cierto, es esa creencia que dice que llegar con el pie derecho trae suerte. A veces sí, a veces no. Pero en mí ya se volvió una costumbre.
Monday, May 22, 2006
Recuerdos encubridores
Cuando cursé Semiología del CBC en Paseo Colón, nos tomaron un examen diagnóstico para ver como andábamos a nivel redacción y argumentación. Me saqué un nueve. Dejé de cursar a mitad de cuatrimestre porque conseguí trabajo y luego volví a cursarla en el cuatrimestre siguiente. Mismo examen, distinta profesora, nota: dos. Fue bastante traumático porque, además de que nunca me gustó sacarme una nota más baja que siete, me entregaron la nota justo el día en que el chico que me gustaba se sentó al lado mío. Tuve una historia totalmente platónica con ese chico. Me enamoré perdidamente de él, que leía a Arlt y a Rilke y me decía que no siga perdiendo el tiempo con Cortázar. Una vez nos besamos, pero fue un beso muy breve porque me empezó a sangrar la nariz. Y después que terminamos de cursar no nos volvimos a ver nunca más, hasta la semana pasada que lo vi en la facultad. Él no me vio. Pensé en ir a saludarlo, pero ¿qué le iba a decir? "hola, soy la chica de la nariz sangrante, la que arruinó tu camisa rayada tan linda, que usabas hace seis años atrás", mmm, no. En esos momentos es cuando más odio ser tímida. En fin, justo ese día rendí un parcial de Literatura Argentina y en el momento en que la profesora me entrega el parcial la reconocí: fue la profesora que me puso un dos. Hasta ese momento no me había dado cuenta de que era ella. Todavía bastante aturdida por las dos apariciones, llené dos hojas enteras acerca de Lynch y Güiraldes con el único propósito de terminar rápido y ver si me volvía a encontrar con él. Bueno, no, como era de esperar, no lo volví a ver.
Todo el mismo día.
¿Es esto casualidad? El tiempo es algo que me desborda, que me da bastante miedo.
Todo el mismo día.
¿Es esto casualidad? El tiempo es algo que me desborda, que me da bastante miedo.
Monday, May 15, 2006
La neurosis y la nada
Psicoanálisis: Hay que decir la nada para que deje de ser nada.
Neurosis: OK. Nada tiene sentido. Nada es suficiente. No soy nada. Todo es nada. Nada de nada. No me importa nada. Nada me complace. No quiero nada. Nada es nada. Nada, nada, nada. Listo. Psicoanálisis: ¿Mejor?
Neurosis: No, pero igualmente, gracias.
Psicoanálisis: De nada.
Neurosis: ¿...?
Psicoanálisis: Oh, no, perdón, me mimeticé. En realidad quise decir "son 45 pesos".
Neurosis: OK. Nada tiene sentido. Nada es suficiente. No soy nada. Todo es nada. Nada de nada. No me importa nada. Nada me complace. No quiero nada. Nada es nada. Nada, nada, nada. Listo. Psicoanálisis: ¿Mejor?
Neurosis: No, pero igualmente, gracias.
Psicoanálisis: De nada.
Neurosis: ¿...?
Psicoanálisis: Oh, no, perdón, me mimeticé. En realidad quise decir "son 45 pesos".
Compañeras
Pasaron más de ocho años. La última vez que nos vimos fue en la fiesta de egresadas: yo, totalmente borracha, ella, muy cansada: acababa de rendir el examen de ingreso a Medicina. Desde jardín hasta cuarto año éramos de las alumnas más aplicadas, pero en quinto yo empecé a perderme y es el día de hoy que todavía trato de encontrarme. Nuestras hermanas eran amigas. Nosotras no. Éramos compañeras de colegio, íbamos juntas a inglés, a ella le daba risa como yo decía “mosquitous”. Igual, nos unía algo especial, nos unía un humor tímido (y por eso bastante maldito), era de esas pocas personas con las que me entendía sin intercambiar palabras: una mirada cómplice bastaba y ya sabíamos que estaba pensando la otra. Tal vez por esa conexión es que nunca nos hicimos “amigas de contarnos todo”, tal vez, pienso, no hacía falta crear lazos que en realidad ya existían sin que nos lo propusiéramos. Nuestro punto más alto a nivel conexión fue cuando un día, a los 14, me dijo leé esto y me dio las Confesiones de San Agustín. Cuando terminé la secundaria me sentí perdida por muchas razones, pero una era que ya no iba a ser su compañera. Nunca me sentí tan estimulada para aprender cosas como cuando aprendía al lado de ella. Sol, a pesar de haber pasado exitosamente el examen de Medicina, supe que finalmente se decidió por Derecho. Yo, debo confesar que pensé en estudiar Derecho para seguirle los pasos, pero esa decisión (por suerte o por desgracia, nunca voy a saberlo) duró menos de un cuatrimestre. El jueves nos encontramos en el tren y fue como si nos hubiésemos visto el día anterior. Cuando bajamos en Ituzaingó me preguntó ¿vas para la casa de tu vieja?, Sí, le dije, y comprendió por el tono de mi voz que vivo eso como un fracaso, que ya sería hora de ir a otro lado, de ir a algún lado. Yo también voy para lo de mi vieja, me dijo como diciéndome “no te preocupes, te entiendo”.
Pasaron más de ocho años. Pienso en esa frase que escucho tan frecuentemente: “en realidad, siempre estamos solos”. Puede ser que de alguna manera eso sea cierto. Pero sólo de alguna manera.
Pasaron más de ocho años. Pienso en esa frase que escucho tan frecuentemente: “en realidad, siempre estamos solos”. Puede ser que de alguna manera eso sea cierto. Pero sólo de alguna manera.
Hasta "mañana" Sol (y que el futuro nos encuentre lejos de casa).
Friday, May 12, 2006
Wednesday, May 10, 2006
papel sobre el suelo
no te robé
para drogarme
ni me acosté con
tu mejor amigo
no te dije cuánto
te odié
la noche que supe
que andabas con ella
no
no te grité
no te pegué
no intenté quedar
embarazada
ni te amenacé con
suicidarme
nada
nada de
voluptuosidad
de amor
nada
y sin embargo
ahora
que
junto mis cosas
para irme
quisiera que esos lobos
me coman los pies
Sylvia Radcliffe, 1973.
para drogarme
ni me acosté con
tu mejor amigo
no te dije cuánto
te odié
la noche que supe
que andabas con ella
no
no te grité
no te pegué
no intenté quedar
embarazada
ni te amenacé con
suicidarme
nada
nada de
voluptuosidad
de amor
nada
y sin embargo
ahora
que
junto mis cosas
para irme
quisiera que esos lobos
me coman los pies
Sylvia Radcliffe, 1973.




































