Friday, January 19, 2007

Rosario o Dolores

Mamá dice que papá, uno de mis primeros veranos en la playa, me llevó al mar y vino una ola gigante que me revolcó lo suficiente como para que en el resto de las vacaciones me negase terminantemente a volver al agua. Yo no me acuerdo de eso. Sí recuerdo que un par de años después fui con mi hermanita de la mano hasta la orilla para mostrarle el mar de cerca y también recuerdo su cara de sorpresa cuando se dio cuenta de que el mar nos estaba llevando. Hay una foto de ese momento, a papá le encantaba sacarnos fotos, teníamos mallas iguales, con un dibujo de hello kitty, pero la mía era rosa y la de ella amarilla. Ese día debió ser el único que pudimos ir a la playa, el resto de las vacaciones llovió y llovió y una noche hubo una tormenta tan terrible que a la mañana siguiente no pudimos salir del hotel porque las puertas estaban tapadas por la arena. El mar estaba a unos pocos metros, desde el comedor lo veíamos y a mí me encantaba, me parecía muy inspirador, no sabía bien para qué, pero no importaba, era la época en que me interesaban las cosas por sí mismas sin pensar mucho en el para qué. Otro verano, cuando tenía siete u ocho me hice amiga de una nena que paraba en el mismo hotel y hace días que en vano intento recordar su nombre. Puede ser que se llamase Rosario o Dolores. Tenía el pelo muy corto. A mí me daba un poco de tristeza Rosario o Dolores, porque no estaba con su mamá ni su papá y tampoco tenía hermanos. Veraneaba con dos tías abuelas, su mamá estaba trabajando y a su papá nunca lo vio, me dijo. Me daba tristeza, pero sobre todo admiración porque era tan... grande. Nunca se portaba mal, comía toda la comida y después de comer, en vez de ir al salón de juegos, al mini-cine o a pelearse con los demás chicos para subirse a las hamacas, en vez de todo eso, leía. Se iba a la sala de lectura con sus tías abuelas y se hiperconcentraba en libros enormes de tapas duras. Ahí estaba papá también . Yo, sólo porque quería estar cerca de Rosario o Dolores, a veces me llevaba un libro de los que encontraba en la habitación, pero a la segunda página sentía que mi cabeza se iba ablandando y en cualquier momento el peinado se me iba a desarmar. No aguantaba... y qué bronca me daba, porque como no sabía qué hacer empezaba a hablar y papá me decía que por qué mejor no me iba a las hamacas. Mis papás la amaban a Rosario o Dolores, y yo también, pero mi hermanita no tanto porque la consideraba una persona aburrida que jamás se hubiese prendido a hacer la torre de caracoles que hicimos una noche sobre la mesa de ping pong y que cuando empezaron a salirse de sus casitas y se convirtieron en una gran masa babosa nos hizo morir de risa porque los demás se estaban muriendo de asco. A mí igual no me aburría Rosario o Dolores, era una maestra de cosas útiles y las cosas que me enseñaba, yo sentía que servían para que mamá y papá me quisiesen más. Por ejemplo, un día sirvieron una sopa con fideos y si había algo que odiaba eran los fideos flotando en caldo ¡pobres fideítos ahogados! Rosario, desde su mesa, me hizo señas, entonces, siguiendo sus indicaciones mímicas, aprendí que apoyando la cuchara podía tomar sólo el caldo. A los ahogados me los comí después sin problemas, porque no me daban impresión los ahogados, sino los ahogados que flotaban. Cuando terminé la sopa le pedí permiso a papá para levantarme de la mesa y me fui con Rosario a dar vueltas por el hotel. A cambio de enseñarme a tomar la sopa le mostré unos pasadizos por los que nos metíamos con mi hermanita para jugar a “Laberinto” y le dije (y pocas veces sentí tantas ganas de que alguien me diga que sí) si no quería que mis papás la adoptasen.

Creo que se llamaba Dolores.

Tuesday, January 09, 2007

Miedo a la lavandina

Una vez me acuerdo que papá ganó un premio en el trabajo. Con la plata del premio, en vez de hacer la pileta, cambió el auto y mandó a construir una especie de mini casa (con tejas rojas y cerámicas españolas) en el fondo de la nuestra, a la que hizo llamar “la sala de herramientas”, aunque con el tiempo debió acostumbrarse a que todos nos refiriésemos a ella como “el galpón”. Nunca supe bien en qué consistía su trabajo. En la escuela, cuando tenía que escribir acerca de las profesión de papá, yo inventaba. Decía que era explorador, músico, dentista o jardinero. Y todo eso para no inventar realmente, para escribir, digamos, cosas que sí sabía de qué se trataban. No es que no intentase saber qué hacía papá, yo preguntaba, pero las respuestas eran muy vagas. Hacía algo con las computadoras, pero no hacía computadoras. Sabía de programación, pero no tenía nada que ver con la tele. Hasta ahí llegaba mi conocimiento. También sabía que se trataba de un trabajo que implicaba mucho “estrés” (palabra que aprendí de muy chica). A la noche se levantaba y se confundía todo. Eso me daba miedo, porque que me confundiese a mí con su secretaria y me gritase porque no había solucionado el problema con los “proveedores” (que me los figuraba algo así como mafiosos, mentirosos, gente mala contra la que papá tenía que luchar para salvar al mundo, al pequeño mundo que era el mundo de mi infancia), que me confundiese con su secretaria no era nada grave, lo grave era que así como se confundía eso, una noche, sin querer, en vez de servirse el whisky que mamá escondía junto a los productos de limpieza, también se podía confundir, y en vez de whisky, se podía servir lavandina. Yo no sabía que la lavandina podía matar, hasta que una tarde, cuando estaba preparando el bolso para ir a patín, mi abuela me dijo que si yo me iba, ella se iba a tomar un vaso de lavandina. ¡Qué feo abuela!, le dije, ¿por qué no tomás Coca-cola? Y ahí me contó que si uno toma lavandina se muere. No le gustaba estar sola, pero yo tenía que ir a patín, carecía de dotes naturales como para darme el lujo de faltar al entrenamiento, así que cuando el abuelo, que era el que me acompañaba al club, dijo "vamos", yo me colgué el bolso como si nada y no le conté lo que me había dicho la abuela. Al volver de patín imaginé la casa vacía. Todos estarían en el hospital, o, según la cantidad de lavandina que hubiese tomado la abuela, tal vez ya estarían en la funeraria. Imaginé las últimas palabras de la abuela, “yo se lo dije a Eugenita y ella se fue igual”, entonces papá, el abuelo, mi hermana y hasta mamá, que no soportaba ni un poco a la abuela, me iban a empezar a odiar por desalmada, fría, egoísta y prepotente (este último adjetivo le encantaba a mamá, lo decía todo el tiempo). No pasó nada de eso. Parece que la abuela me hizo caso: cuando volví y abrí la heladera, ya no había más Coca. Muerta de sed, debo confesar que pensé en tomar lavandina, pero me dio miedo.