Sunday, April 06, 2014

Retorno

el amor
cuando se va 
su objeto, no se queda 
en el pecho, no espera
parecería quieto
agonizante, pero no
no, es uno el quieto,
el amor 
se desenrolla
como una manguera 
con la canilla abierta
corre, salta, vuela
se golpea
contra todo
se golpea, se golpea
se vacía de palabras
animal hambriento
el amor es
boca
colmillos que añoran
vestirse de sangre
cabeza partida, partida 
sin rumbo, hasta que un día
el amor 
vuelve a hablar

Monday, August 06, 2012

Las personas felices escuchan música de mierda

las personas felices
escuchan música de mierda
se tocan cuando bailan, se ríen cuando
bailan, las personas felices
escuchan música de mierda
cantan cuando bailan, se chocan cuando
bailan, las personas felices
escuchan música de mierda
sos vos que no bailás

Friday, August 03, 2012

PAN

Vamos a comprar la comida, es la hora, es la una, a veces cuando hay poco trabajo nos tomamos dos horas para comer, o más, nunca soy yo la que dice basta, volvamos, si fuera por mí me quedaría en la sobremesa hasta las seis de la tarde, está nublado.

Aunque cómo saberlo, en realidad hay niebla, no llego a ver el cielo, caminamos, hablamos, no sé de qué, trivialidades, locuras, inventos, verdades que no solemos hablar con nadie más que con nuestros compañeros de oficina, les contamos todo y un día cuando cambiamos de trabajo ya no les hablamos más.


No estamos yendo por el mismo camino de siempre, no sé si nos perdimos, nos distrajimos hablando, no sé por qué hoy, ¿vos sabés?, yo pasé por acá hace un tiempo, me acuerdo por el cartel que está colgado en la ventana alta del edificio.


Es un cartel de letras blancas sobre una tela negra que dice música para niños y está el número de un celular, yo lo vi hace un tiempo, me gustó, podrías traer a tu hijo, ¿no sería lindo?, te queda cerca del trabajo. 


El edificio es estilo francés, no, no se llama estilo francés, es estilo art nouveau, qué poco sé de estilos, es un edificio señorial en una manzana lumpen, el gusano de la manzana es un edificio.


Alguien nos dijo que ahí vendían comida, yo no sé qué quiero, algo caliente porque hace frío, algo harinoso, necesito energía, cruzamos la calle y me das la mano, no me sorprende porque desde hace varias cuadras caminamos muy cerca, no nos chocamos, los roces no son choques, son roces que ahora terminaron con tu mano en mi palma, tus dedos se filtran como rayos, pero de otra cosa, no de luz, la luz es rápida y esto es muy lento, tus dedos se filtran, ya no sé cuáles son tus dedos en este bollo suave, no tenemos más dedos, solo este bollo que se bifurca en dos brazos, uno grande y otro más fino, y es normal.


Subimos por una escalera de mármol y llegamos al hueco de una puerta, no hay puerta, o está tan abierta que no la vemos, y detrás del hueco hay un hall, y hay un cartel escrito en tiza que no leemos, preguntamos qué tienen para comer, no preguntamos, primero nos habla un chico con acento ruso, pero es de acá, no puede ser ruso, qué ojos, dan miedo, me encantan esos ojos, me encanta que un chico con acento ruso y ojos que dan miedo nos pregunte qué queremos.


Preguntamos qué tienen para comer, otro chico nos dice que no hacen comida, dan cursos de pintura, de ilustración, de guitarra, de cocina, qué tipo de cocina preguntás y yo me siento ebria, en confianza con desconocidos, como cuando estoy ebria, como si los conociera, curso de pan relleno, te digo, esta es la casa del pan relleno, todos son tan jipis, el chico que nos dijo lo de los cursos tiene una remera blanca y gastada con un arcoíris dibujado, las uñas sucias y el pelo teñido de rubio, las raíces más oscuras, no le vi los ojos, después sí se los voy a ver, después de que pase todo, después de todo.


¿Estás decepcionado?, no, ya no queremos comer, ahora el bollo suave no se bifurca en dos brazos, los dos brazos también son el bollo, solo siento tibio, siento suave, siento que es normal, ¿en qué momento caímos?, estamos en el suelo, pero no recuerdo cuándo fue que caímos, nos habremos ido deslizando, somos un bollo hecho de brazos, manos, espaldas que ya no pueden distinguirse por separado.


Ya sacaste la pija afuera, me la imaginaba más rosa, ¿podés creer?, pero es pálida, y enorme, te digo que no, prolonguemos el deseo, somos tibios, suaves, como la miga del pan recién hecho, ah, me encantaría que estuviéramos solos, te diría que sí si no hubiera tanta gente, tantos jipis, no es vergüenza, me da miedo lo que pueda pasar, lo que pasó.


Debería ser ridículo que entre Ova Sabatini a separarnos, pero es normal, no hay por qué sorprenderse, entra brutalmente y te arranca de mí, te toma de la campera, nunca nos sacamos la ropa ¿te diste cuenta?, yo no me había dado cuenta hasta que lo vi al Ova estirar tu campera y elevarte, te hizo volar hasta el salón de la derecha, porque a nadie le dije aún que a la derecha del hall hay un salón sin muebles, un salón vacío con un ventanal, y a la izquierda un patio descubierto con una fuente en el medio, y alrededor hay galerías y puertas, muchas puertas. 


Te pega un tiro y veo volar tus dedos, te pega un tiro en la cabeza y veo tus dedos volar, es normal, inexplicable, pero normal, tus dedos están en el piso, al lado mío, son manchas rojas tus dedos, y el Ova me está apuntando, me dice que mire tus dedos, yo no tengo miedo, estoy hecha un bollo, pero no tengo miedo, ni bronca porque puedo hablar, le puedo hablar aunque me esté apuntando, y miro tus dedos desde la rendija de mi brazo y mi pecho, no los miro como el Ova quiere que los mire, él quiere que levante la cabeza y los mire, y tal vez llore, me conmueva, yo sé que estás muerto y no estoy triste, es normal, no puedo decir nada con respecto a tu muerte, puedo hablar de otras cosas, puedo decirle al Ova que me dispare si es lo que él quiere, me da un arma sin dejar de apuntarme, pero yo no voy a matarme, le digo que me mate él si es lo que él quiere.


Escucho un disparo, me estiro, el Ova está cansado, está sentado en el piso, con la espalda contra la pared, le disparo con el arma que él me dio, tiene la forma de una metralleta, pero es una engrampadora, le disparo en el estómago, en el pecho, y los ganchos lo hacen sangrar, pero no se inmuta, al rato se levanta y se va por la escalera de mármol.


Los jipis están ahí, todo es normal, recién ahora me doy cuenta de que que no sos el único muerto, el chico que habla con acento ruso también está muerto, me di cuenta en cuanto el Ova se fue, lo miré y estaba muerto, y el chico de la remera con el arcoíris también, me parecía tan desagradable al principio, pero ahora que  me acerqué para hablarle descubro que es hermoso, tiene los ojos color ámbar, y la suciedad de sus uñas me habían distraído en un principio de la perfección de sus manos.


Están muertos, él y ustedes, sí, me dice, me cuenta que él es de la plaza Concordia, no la conozco, pero está acá cerca, es raro que no la conozcas, me dice, ¿vos la conocés?, ya no podés hablar, estás muerto en el salón vacío, tu muerte se asoma al ventanal, me preocupa que cuando te encuentren estés con la pija afuera del pantalón, pero es inútil intentar disfrazar lo que pasó, hay tantas cosas que tendría que hacer para que nadie se dé cuenta, es todo tan evidente que no sufro, me hubiera gustado seguir haciéndome un bollo con vos, pero cuando nos dispararan igual nos habríamos separado, el bollo suave y tibio era una ilusión.


El chico de la remera con el dibujo del arcoíris habla pausado, van a venir, de un momento a otro van a llegar, me dice, leo el cartel escrito en tiza "Hoy, TODOS TUS MUERTOS" lo único que me preocupa es mi pelo, estoy tan despeinada, está húmedo, el chico de la remera con el dibujo del arcoíris me lo alisa, tiene manos de mujer, me dice que estoy bien, que soy hermosa, sus manos quedan manchadas con mi sangre, perdí la cabeza, una parte de mi cabeza, está junto a tus dedos, la estoy viendo. Y ya vienen.

Sunday, May 13, 2012

No podía evitar amar a ese hombre. Mientras él se afeitaba, ella, desde la bañera, y con la cortina corrida, se enjabonaba el cuerpo, aunque sin ningún gesto de erotismo. Se enjabonaba con violencia deseando que él la mirase. Yo estaba escondida en ese baño. Sentada en el piso, pasaba el tiempo observando los pelos de él, casi lacios, que flotaban como algas sobre la piel de sus piernas. En un momento, él giró la cabeza y con sus ojos me obligó a tener miedo y calma, como cuando un policía te pide el documento. Supe por qué la mujer estaba desesperada, él ya no podía amar. Primero fueron los pasos en las escaleras. Después, las voces, mi nombre en la boca de esos hombres. Él me preguntó ¿Qué querés que diga? Abrió la puerta, pero antes puso la traba del borde superior. No le creyeron, insistían en entrar. Mientras discutían,  me iba hundiendo en el hueco de la rejilla. Logré introducirme casi por completo, solo quedó afuera la parte de mi cabeza que va desde la frente hasta la cima. En algún momento lo habrán visto a los ojos y, aún sin creerle, dejaron de insistir. No obstante, antes de emprender la retirada, bombardearon el baño con rollos de papel higiénico. Algunos me alcanzaron, pero me contuve de gritar. Los pasos en las escaleras. El silencio. De tanto frotarse, la mujer de la bañera desapareció. Años después hicieron una película sobre el accidente. Hombres subiendo y bajando por escaleras sin baranda, así empieza. Llevan expedientes, papeles y una pierna, mi pierna, la que perdí en el accidente, aunque en realidad fue una mano. Afuera hay una pileta y el agua es del mismo color que el de los ojos del hombre que se afeita. Está nublado, a punto de llover, sin embargo, hace tanto calor que nadie atina a entrar. Sentada en el borde y con el pie en el agua, veo a través de la pantalla de un televisor blanco y negro a la mujer de la bañera . Habla con la voz de un hombre que fumó demasiado y cuando dice "por amor perdió una pierna" la imagen se vuelve verde. Lo que pasó nunca es lo que se cuenta, pero qué importa cuando lo que se cuenta es lo que puede pasar. Caminé por una calle oscura de adoquines. Un puente tapaba por completo la visión del cielo . De vez en cuando, aparecían sombras desde los costados y mendigos con sombreros de ala ancha. Del accidente solo recuedo el fuego y que perdí una mano. Pero como esto es una película, y en la película tengo mano, estoy escribiendo en rollos de papel higiénico esta historia de amor imposible.

Tuesday, April 24, 2012

La mujer del dueño

Me casé con Daniel a los veinte, y dieciocho años después decidí que ya era hora de tener un amante. 

Los cincuenta me pegaron tanto que estuve un año paralizada sin saber si mandar todo a la mierda, tapar la angustia con comida, hacer un viaje sola o insistirle a mi hija mayor para que se case y así organizarle la fiesta. 

Antes de empezar con el negocio editorial, Daniel trabajaba en un banco. No viajaba, venía temprano a casa y siempre estaba preocupado por cómo íbamos a hacer para llegar a fin de mes.

Matías, mi hijo del medio, tiene el nombre de Daniel y el mío tatuados en la pierna. Se hizo el tatuaje después de que los médicos lograran salvársela. Se lesionó jugando al fútbol y había que operarle la pierna. Iba a ser una pavada, pero todo se fue complicando y casi se la tienen que amputar. Él tenía diecisiete años y yo recién me enteraba de que estaba embarazada de Verónica, la menor.

Creo que a partir de ahí es que me volví tan sobreprotectora. Y como no quiero que a mis hijos les falte nada, también cuido mucho la plata. Ayer, una de las correctoras imprimió cosas personales y me lo negó. La hubiese cacheteado. Qué se piensa la tarada. Esa plata es mía, de Daniel, de mis hijos. Encima se vive equivocando, pone mal las fichas técnicas, me discute cuando le digo que el café no se tira, se recalienta. Los empleados rebeldes no sirven y Daniel parece estar sordo cuando le digo qué es lo que nos conviene.

Por eso me gustó de entrada el contador de la empresa. Siempre nos dio ideas brillantes para optimizar los costos. 

Estoy al frente del área de producción, me casé, tuve hijos, le sigo gustando a los hombres. El encargado de prensa me mira. Es atractivo, mucho más joven que yo. Si hago así, lo tengo en mi cama, pero no, se daría cuenta de que no tuve la misma suerte que mi hijo. A mí sí me amputaron. Con que lo sepan Daniel y Marcelo ya es suficiente. 

La mayor, Gimena, es mi hija preferida. Cuando era chica no podía ser más linda. Hasta ganó varios concursos de belleza. Está un poco ancha de caderas, pero sigue siendo bellísima. También es la preferida de Daniel. Es rídiculo que me ponga celosa, es mi hija.

Lo que más me gusta es el sexo oral. Tal vez para llevarle la contra a Daniel que se dedica a lo escrito. Cuando se la chupaba a Marcelo, sentía a Daniel que me decía "no tragues", "no tragues". Entonces yo me tragaba todo. Después me bañaba y llegaba limpia a casa, pero por dentro no.

Si él me engañó alguna vez, creo que sí, varias. Igualmente, nunca me pareció importante mientras quisiera a mis hijos, mantuviera la empresa y pasara tiempo con nosotros. 

Aprendí a vivir anestasiada. Así que no es extraño que no me produzca nada que hoy hayan echado al contador. Tampoco me produce nada que Daniel se haya enterado. Todo eso que quise, que echaran a Marcelo y que Daniel se enterara, no me produce nada. Ni siquiera me conmueve ver a Verónica en la puerta de casa con unas valijas casi tan grandes como su pequeño cuerpo. 

Cuándo, cómo, por qué. No lo sé. Pero a mí me amputaron algo.

Wednesday, April 18, 2012

El jinete sin caballo

A Vicente Luy, In Memoriam

Estuvimos conversando un buen rato, hasta que llegaron sus amigos y le dijeron que ya era tarde, que se tenían que ir. Me pareció más niño que viejo, más poeta que loco, pero también me pareció viejo y loco. Habló del accidente de avión en el que murieron sus padres cuando él tenía cinco meses, del sitio de apuestas online con el que se hubiese vuelto millonario si no lo hubieran estafado, en fin, de esos temas recurrentes que marcaron su vida y aparecen en muchas de las entrevistas que le hicieron y en casi todas las notas escritas tras su muerte. Si bien durante la conversación traté de no mirarle los dientes, cuando llegó a la parte del caballo, me quedé con los ojos fijos en su boca. Porque cuando murieron mis padres me tocó vivir un tiempo con unos primos que me golpeaban, me torturaban, me trataban mal. Y sin embargo, lo amaba. Al que más me torturaba, lo amaba. Tendrías que haberlo visto andar a caballo. El animal corría y mi primo, montado sobre el pelo del caballo, de golpe se ponía de pie. Entonces, corría más fuerte y mi primo seguía sin caerse. El caballo le tenía miedo. Yo también. No por las cosas que me hacía, me daba miedo ese desparpajo de vida, la vida furiosa que era mi primo. Tendrías que haberlo visto parado sobre el lomo del caballo, sin sujetarse de nada. Vicente, el único capaz de resistir la vida furiosa que es su poesía, corrió enloquecido hasta caer. Pero a ese jinete lúcido, poderoso, que iba parado sobre su lomo, ya nadie lo detiene.

Tuesday, January 18, 2011

Solía leer su blog. La cruzaba por la facultad, en algunas lecturas, por la calle, siempre de casualidad. Nos conocíamos de vista, sabíamos nuestros nombres y que nos gustaba la literatura. Un Día de la Madre la vi en La Recova, estaba como yo, haciendo la cola para conseguir una mesa con su familia, o eso me pareció. Hola. Hola. Creo que nunca nos dijimos nada más. A veces, por blog, nos comentábamos e intercambiábamos un poco más de palabras. 

Su último post es de 2006. No me atreví a leer ni una sola palabra. Por esa época, todos los días, o día por medio, me enteraba algo de ella. Pequeño, simple, mentira o verdad, algo que le había pasado, un recuerdo, una ocurrencia, una queja, algo que, definitivamente, por insignificante que fuera, me atraía muchísimo.

Hoy por facebook me enteré que se murió. No sé cómo, no sé por qué. 

Recuerdo que una vez escribió que tenía miedo de dejar de desear, o dejar de enamorarse, o dejar… dejar. Eso y la noticia de su muerte me llevan a escribir estas palabras. Es como si me estuvieran golpeando en un mundo donde no existe el dolor. El mundo, quizás, al que ella le temía.

Sunday, August 08, 2010

Nota publicada en VR: Cuando sea grande quiero ser...

Soñar en la infancia, no sólo está permitido, sino que hasta es obligatorio. Si te atrevés a soñar cuando sos chico, si crees realmente en tus sueños, ya tenés la mitad de las herramientas necesarias para afrontar las dificultades que se te vienen después. Con respecto a la vocación, los sueños se manifiestan de muy variadas maneras en los niños. Ninguno pudo eludir la pregunta ¿Qué querés ser cuando seas grande? Todos tuvimos que dar cuenta de ello, pero cada uno con su estilo…

Por Eugenia Rombolá




Los que siempre supieron qué querían ser:
En 1948 Truman Capote dejó boquiabierto a todos con su primera novela Otras voces, otros ámbitos. Los críticos y el público en general estaban sorprendidos por el talento y la precocidad de ese joven de apenas 23 años. Claro que todo el mundo estaba sorprendido, menos Truman: él sabía que ese talento no había nacido de la nada, se había empezado a forjar desde hacía más de diez años, a fuerza de trabajo, como diría Arlt, y de trabajo duro y constante. Hay gente que siempre la tuvo clara. Pero esa claridad puede provenir de lugares muy diferentes. A veces nace de la suerte (como por ejemplo, que hayas nacido en una casa con un piano y te haya copado tocarlo), a veces del amor (por querer ser como tu papá, tu mamá, o algún familiar o conocido que hayas admirado mucho en tu infancia) y otras del dolor (como es el caso de Truman, que comenzó a escribir para mitigar un poco el aislamiento).

Los que se sintieron presionados para ser algo específico:
Hay niños que se destacan en algo, como ser buenos deportistas, ser muy inteligentes o ser muy hermosos. Y los padres muchas veces los presionan para que sean los mejores en eso que les sale naturalmente. Conocí el caso de varios niños, muy buenos nadadores o que jugaban bien al tenis, que una vez que crecieron nunca más volvieron a meterse en una pileta o pisar una cancha, porque recordaban con angustia la presión de los padres y los entrenadores, y todas las cosas a las que habían tenido que renunciar por los entrenamientos. Estimular, acompañar, ayudar, está bien. Pero cuando eso se convierte en sobreexigencia y los niños ya no pueden disfrutar esa actividad que realizan, eso sí está muy mal. Generar frustración en los chicos es algo que debería estar penalizado.

Los que no tenían la menor idea de qué querían ser:
Cuando eran chicos les preguntaban qué querían ser de grandes y respondían cualquier cosa, simplemente para que los dejen tranquilos. Generalmente eran malos alumnos, les gustaba mucho ver la tele, juntar bichos, hacer maldades, romper cosas, mentir, escaparse para ir a jugar con chicos más grandes, en fin, se trata de los típicos demonios que las maestras odian y a los padres desesperan. Lo interesante de estos personajes es que recibieron una formación muy valiosa: desarrollaron la astucia, la valentía y, sobre todo, la creatividad. No es extraño encontrar grandes publicistas, cineastas, artistas, inventores, arquitectos, y hasta científicos geniales y revolucionarios que de chicos lo único que sabían es que querían divertirse.

Los que cambiaban todo el tiempo:
Bueno, yo entro en esta categoría. Los que cambiábamos todo el tiempo éramos niños muy pero muy curiosos. Nos interesaba todo, desde las coreografías de Xuxa, hasta la geometría, pasando por el origen del universo, la protección de los animales, las telenovelas de Andrea Del Boca, la literatura universal, los dibujos animados, la mitología griega, el papel reciclado, la pintura, la bicicleta, el cine, el patinaje sobre hielo… Todo lo vivíamos con una gran pasión, tan grande como breve, claro, porque enseguida encontrábamos otra cosa que nos apasionaba más. Éramos muy entusiastas, jamás nos aburríamos y nuestra mente no paraba un segundo de viajar de aquí para allá. El problema es que cuando dejamos de ser niños nuestra mente siguió funcionando así, y en la vida adulta este divague permanente trae muchas complicaciones: si antes nos trataban de curiosos, ahora nos tratan de inmaduros.

Los que querían ser algo que no tenía nada que ver con lo que esperaban de ellos:
Estos casos son tiernos y muy sabios al mismo tiempo. Estos chicos se destacaban en algo, pero querían ser todo lo contrario. Recuerdo haber conocido a una nena, un año más chica que yo, que era muy inteligente. Y también era gordita y no le iba muy bien en los deportes. Esta nena inteligentísima, que podría tranquilamente haber sido premio Nobel de Física, Matemática o Literatura, porque para todo era inteligentísima, quería ser profesora de Educación Física. Y lo fue. Muchos criticaron su elección. Los padres estaban indignados. Mi mamá, que fue maestra de ella, casi se pone a llorar cuando se lo contaron. Pero yo lo vi como algo maravilloso. A ella, que nada le costaba, excepto los deportes, fue tan brillante que pudo superar su única dificultad, y ahora enseña eso que no le dio la naturaleza, sino su voluntad y fuerza de espíritu.


¿Y vos qué querías ser cuando eras chico?

Saturday, April 03, 2010

¿de quién
es el golpe?

¿del que lo recibe o
del que lo da?

es el golpe
en el pecho, en la cara

pero más que
nada, en el fondo

es el golpe
que viene
con el tiempo, el sonido

estallido de palabras
locas, libres
todas

ya casi olvidadas
que casi
no duele

el golpe

cuando llega
llega

con el recuerdo
del frío


una imagen atroz, tan
feliz y clara


como la suerte

Wednesday, December 16, 2009

Podemos pasar años hablando de las mismas cosas aburridas, ya conocidas hasta en su más mínimo detalle, pero de pronto, un día nada especial, un día cualquiera, mientras está cocinando, o cuando salimos de un café y ya casi nos estamos por despedir, me cuenta una historia asombrosa, asombrosa por lo insignificante, casi una historia de la nada, cosas suyas, pequeñas cosas de mamá que quisiera que nunca se pierdan, que exista siempre alguien que las recuerde. Pero cuando me siento a escribir, ya no puedo recordarlas. 

Aunque tengo la sospecha de que las termino escribiendo igual, creyendo que son  cosas de mi imaginación.

Sunday, December 13, 2009

Mañanas filosóficas

Todavía no va a despertarse. Antes… sí… siempre hace eso antes. Deja de respirar un par de segundos, y cuando parece que va a ahogarse, abre los ojos, pero todavía no ve nada. Lo miro, como ahora, de costado. Parece un gato bebé. Sus ojos están vacíos por un momento. Después empiezan a humedecerse y van volviéndose cada vez más oscuros. Apenas comienzan a llenarse de él, me dicen que me vaya. Pero yo hago como que nos los oigo. Es ese vacío, el de cuando todavía no ve nada, el que logra dejarme así, como queriendo entender por qué el amor.

Las bestias

Cuando llegué a casa vi la luz de la cocina prendida. Colgué el abrigo en el perchero y me acerqué despacio. Pensé que podía ser él, que había vuelto.

Me miró de reojo sin dejar de comer. Vi que le colgaba un pedazo de carne cuando intentó decirme algo con unos ruidos extraños. Supuse que estaba molesto. Seguramente porque lo estaba mirando. Después eructó, se limpió las manos llenas de grasa con la cortina y se fue a acostar al living.

Se quejó durante horas. Primero con pequeños aullidos, luego con gritos desesperados. Finalmente oí caer una lágrima. Una sola, pero tan pesada que hasta el piso del lugar en donde duermo, que está en la otra punta de la casa, tembló por su impacto.

Al otro día llegué más tarde a casa y él ya estaba quejándose. Esta vez no lloró. Cuando se cansó de gritar tiró el centro de mesa contra una pared. Así pasaron meses. Años. Cansada de tanto griterío, una noche decidí dejar abierta la puerta del lugar en donde duermo.

Sangré un poco por los vidrios de los vasos que tiró. Pudimos dormir bien. Nadie gritó esa noche. A la mañana ya se había ido y no pude parar de llorar. Nunca más.

Cuando me preguntan por qué lloro les digo que es porque me duele la cabeza. Y me creen, obvio.

Saturday, December 05, 2009

Quisiera ser tan buena como un árbol de la calle, estirar las raíces y romper las veredas, quedarme desnuda en pleno invierno y darle trabajo a los de la municipalidad.

Quisiera ser tan sabia como una abeja alterada, vivir de trabajar y bailar para la muerte, clavarle mi aguijón a un nene de tres años y que de joven aprenda a tocar el barro.

Quisiera ser tan linda como una bola de arena, estallar en la mano de un veraneante aburrido, volverme incontable para las olas que me llevan a algún lado porque no lo saben.

Sunday, November 08, 2009

1.

los domingos persigo el sol

entre aglomerados infernales

y miento en pos

de la virginidad sentimental


porque un sueño es más que

una promesa fluorescente,

un tobogán rojo

o un tornado


es llorar con los lobos

porque la luna engordó


2.

tengo sed cuando estoy triste

y cuando estoy feliz me cuesta

mucho más convivir con esta ausencia

de sentido práctico


mi familia tendría que saber

que me la paso cogiendo

para morirme, claro,

pero con más lentitud


y si me vuelvo loca

para siempre, no va a ser

por amor, dolor, ni nada de eso


va a ser porque me olvidé

de contar


3.

voy a sentarme en el balcón

a sumarle hojas en blanco

a mis pensamientos diurnos


numerología de la nada


no estoy perdida,

sólo estoy enamorada de un chico

que me borró del messenger

Thursday, July 16, 2009

el niño bombero

a las seis ya estaba en los pies

de la cama de su madre y esperaba

durante unos minutos terribles

para él

e inútiles

nunca encontraba el momento

justo para interrumpir

el sueño de su madre

de su madre

claro

esperaba

como quien espera

quien

espera

siempre la misma costumbre

de tejer las mismas palabras

para otra cosa

por falta

de otra cosa y por estupidez

ahora

también espera en la cama

de una madre como esperaba

entrar en las baldosas y el aire

latigoso

como cuando esperaba entrar

en ese espacio violento

cuando jugaba a la soga

imposible pero entraba

creyendo interrumpir algo

siempre cerraba los ojos

llamaba decía ya es hora

ya pasó en realidad la hora

de olvidar el incendio

Thursday, July 09, 2009

ESTA EXTRAÑA INFLUENZA

Como siempre, cuando las cosas le tocan el culo a la clase media, la noticia se vuelve escándalo, y lo que es peor, se empiezan a escuchar por todas partes comentarios que reaniman el deseo de que se acelere la muerte del Sol y se coma a la Tierra entera hoy mismo.

“El virus lo inventaron unos científicos locos y perversos.”

Qué importa quién lo inventó. Si hubiese nacido espontáneamente tendría el mismo efecto. El gran dios lucro, al que la ciencia, la economía, la política y los “ciudadanos de bien” rinden culto, desde cuya Catedral, el Imperio, señala con el dedo a quién hacer como si no existiera, a quien exterminar sistemáticamente, a quien vendarle los ojos con cositas lindas para comprar y a quien darle armas para defender su reinado, ese dios sin rostro al que no desenmascaran los videitos en youtube de yankis hablando de los macabros planes de algunos científicos, ese es el culpable, y no es que no exista porque no se vea, está vivito y coleando en la mente de la gente con poder y también en la de aquellos que le dan poder a semejantes hijos de puta.

“Sólo los negros “de mente” se mueren, porque no van al hospital, porque no saben que hay un número de teléfono al que llamás y te mandan a un médico gratis a tu casa. Sí, te lo doy, pero no se lo pases a nadie, a ver si se congestiona la línea.”

Negros de mente obviamente no es necesario explicar que es un término aberrante nacido de la ignorancia de la gente que piensa, por ejemplo, que Susana Gimenez es una tarada, excepto cuando se pone a hablar de la seguridad. Los negros de mente no existen, pero sí existen millones de pobres, que es cierto que tienen más posibilidades de morir, pero no por su “mente”, sino por vivir muy lejos de un hospital, por no tener plata para un colectivo, por no poder faltar a su trabajo en negro, por estar mal alimentados y que una gripe simplona los fulmine, etc. Lo del número del ministerio de salud, ese que anda circulando por internet, es mentira. Dicen que si llamás te mandan a un médico a tu casa, que es totalmente gratuito y está disponible las 24 hs, pero si te comunicás sos atendido por una máquina que te da instrucciones para prevenir el contagio, sólo eso.

“Lo podrían haber prevenido, pero lo dejaron pasar por las elecciones.”

También pueden curar y prevenir el Chagas o la tuberculosis que matan a miles de personas en nuestro país desde hace muchísimos años. Pero como eso implica implementar políticas complejas para gente que no tiene plata les chupa un huevo, y ojo, no solamente al Gobierno: “Chagas, qué me importa si no vivo en una casa de barro”, “Tuberculosis, ja, como si tuviera ocasión de estar hacinado/a durante horas con gente explotada y mal alimentada”. Claro, me olvidaba que miles de personas pobres no valen siquiera una docena de personas con seguro médico y banda ancha.

¿Por qué la gripe porcina causa tanta indignación?

Porque es otra cosa.

Porque llegó a los subtes, a los taxis, a la oficina.

Porque ser profesional no te inmuniza.

Tuesday, June 30, 2009

El cubículo de altura

El suelo es de vidrio y el espejo verde. Siempre hay una mujer que dice “sí, vi a alguien subir en otra oportunidad”, pero ella es la primera vez que está ahí y se siente segura de que uno la acompañe.

El cubículo de altura tiene una palanca color acero y consistencia blanda. La mujer no se atreve a tocarla, como si no la conociera. No hay forma de indicar hasta dónde se quiere ir. “Como mucho -uno piensa- voy a llegar hasta el último piso -el catorce- y luego, por la escalera, voy a hasta el piso x”. Pero el cubículo de altura despabila esa ingenuidad.

En el piso quince empieza la desesperación, en el treinta ya no se piensa en nada y en el treinta y nueve el descenso es inminente.

Para bajar, el cubículo de altura desvía su ruta. Se sienten golpes contra el suelo. Es que el cubículo de altura se abre paso a través de los departamentos donde había gente comiendo, durmiendo, cogiendo o pensando en la muerte. Sólo los zapatos de esas personas mantienen una forma parecida a la que tenían antes del impacto.

Es un espectáculo desagradable, no en el momento, sino cuando, ya a salvo, el ruido de ese viaje vuelve a la memoria y con su retorno se siente un electroshock en las costillas.

Hay un hombre que habla desde algún lugar. Dice que es una corriente leve, que no mata a nadie, aunque a algunos sí. Es verdad que es leve, pero también es constante, insoportable, no para nunca, y después de tres o cuatro años no queda otra alternativa que subir hasta el piso catorce, esta vez por la escalera, y recibir un sobre numerado entre el quince y el cuarenta. Adentro hay una llave. Uno debe probar a cuál de los departamentos del piso indicado corresponde y, ya en casa, todo se mezcla o se olvida.

Sunday, May 24, 2009

Camino a casa

Apenas si puedo pensar. Apenas si puedo hablar. Ellas compran la nafta del auto con el que ahora me llevan a mi casa, me pagan las vacaciones, me lavan la ropa, me regalan comida para toda la semana. Lo hacen porque me quieren. Y saben que aunque esto no me haga feliz, ayuda para algo. Sus nucas, perfectas, casi que hipnotizan. Son las dos hermosas. Silvia se altera. Sus compañeros deben odiarla. Y mamá sigue hablando. No se detiene. Habla con gente que no conozco. Hasta cuando me habla a mí y me llama incluso por mi nombre, no es a mí a quien habla. Si dejaran de cuidarme la vida de los tres funcionaría mejor. Mejor, quiero decir, más naturalmente. Pero no puedo decirles que paren. Tengo miedo a que por fin perdamos nuestras máscaras. Nos dejan pasar sin pagar el peaje. No preguntamos por qué. No preguntamos nada. Silvia se arranca los pelos, de a uno. Nadie se da cuenta de que está loca, lo hace muy lentamente. Si fuese por mí ya me habrían comido los piojos. En eso tienen razón. Y las quiero más cuando tienen razón. Las quiero tanto que hasta a veces se los digo. Un día, muy triste, les escribí una carta a cada una y las pasé por debajo de la puerta. Les escribí cosas horribles, de borracho. Me arrepentí enseguida, pero no tenía llaves para entrar y era muy tarde para tocar el timbre. Nunca me dijeron nada y cada vez que me traen a casa, que estamos los tres solos, tengo miedo de que saquen el tema. Ahora mamá se alegra de que haya abandonado a Laura. No es cierto, lo sabemos, pero preferimos creer que fue así. A Laura sí que no la quería. Si mamá supiera lo que decía, pero yo no puedo repetir esas cosas. No puedo pensar. Apenas si puedo responder gracias, gracias. Hace mucho tiempo que no veo un animal muerto en la autopista.

Tuesday, May 19, 2009

Excursión

Allá. No cambió el color de la casa. O quizás sí. Seguramente. El color original debió ser otro. Pero por aquel entonces la casa tenía ese color verde acuoso también. Estaba parado en el umbral y yo ahí, acá, debajo de un árbol flaco que había. ¿Qué hacía debajo del árbol? Miraba. Nada en especial. La casa, a Suárez, el cielo despejado. Era enorme. Enorme y pesado. Pensé en la posibilidad de que las maderas del piso se quebraran y Suárez se rompira una pierna. No es mucha la elevación, ya sé, pero pensé eso. La casa está igual y me sorprende. Tendría que haberse caído ya, ¿no? Suárez tenía algo rojo y zapatillas de básquet. Durante casi un mes no tuvimos noticias de él y cuando volvió, los demás decían que estaba muy distinto, que ya no iba a ser el mismo. Solemos hacer esas sentencias, como si supiéramos qué va a pasar más adelante. ¿Y adelante qué hay? Yo pensé que iba tener que describirte toda la casa y ya ves, no es necesario, todavía está ahí. Por suerte. No sé cómo hubiese hecho para describírtela. ¿Cuántas veces nombramos las partes de una casa? Las de afuera digo, porque las partes de adentro las nombramos todo el tiempo, es más, te las podría decir en varios idiomas, no porque maneje varios idiomas, pero quién no sabe eso. Es muy común. En cambio las fachadas, ya casi no las tenemos en cuenta. No sé el nombre de esa parte, ¿ves?, ahí. Ni esas cosas que cuelgan, esas de hierro. Y tampoco sé como se llama lo que sobresale a la izquierda, ahí arriba. Es más, te digo umbral, pero podría ser otra cosa. ¿Ves?, ahí estaba parado Suárez. Sí, vayamos más atrás. Entonces volvió y los otros casi no lo reconocieron. Para mí, la verdad, no había cambiado. Ya sé que estarás pensando que es porque soy como soy. De cualquier manera, te sigo contando. Estábamos todos afuera. Trabajábamos afuera desde hacía muchísimo tiempo por miedo a que se nos cayera encima la casa. Lo que hacía Suárez era llamar a los deudores. Prendía el celular recién cuando veía venir al jefe. Lo veíamos venir como media hora antes, así que cuando finalmente llegaba, Suárez ya había terminado su trabajo. No tenía una lista de deudores, sabía sus deudas de memoria y cuando los llamaba respondían siempre lo mismo: “Por ahora no”. El viaje, sí, es larguísimo. Yo casi siempre terminaba durmiendo ahí, me fatigaba mucho ir y venir todo el tiempo. Suárez, en cambio, era diferente. Tenía un cuerpo muy vigoroso como para quedarse postrado debajo de un árbol, como hacía yo, y además no le gustaba jugar con los otros al fútbol en la cancha improvisada que estaba allá, en donde está esa montaña de monitores. Era muy normal, entonces, verlo correr alrededor de la casa. El umbral, claro. El día que Suárez volvió al trabajo le mandó al jefe el certificado médico por mail, en donde se decía que Suárez padecía una rara enfermedad nerviosa y, sin previo aviso, golpeaba todo lo que tuviera a su alcance, especialmente a personas y perros, pero ahora, gracias a la medicación, se encontraba totalmente controlado y podía reiniciar sus actividades. Al otro día, cuando vimos venir al jefe, Suárez no se puso a ser los llamados, se quedó en el umbral. Yo también noté algo raro en la manera de caminar del jefe. Cuando llegó, se paró frente a Suárez, sin subir los escalones, y le dijo que se alegraba de volver a verlo. Luego subió, le extendió la mano y le dijo amablemente que le hiciera el favor de guardar el certificado en su legajo. Era, claramente, una provocación. Jamás presencié nada igual. Así que lo que siguió no fue ninguna sorpresa, cualquier cosa podía pasar ya. El miedo hizo que me perdiera algo. El jefe entró a la casa. Algo pasó que el jefe se animó a entrar a esa casa. Habrá creído que así, tal vez… la cuestión es que entró y cerró la puerta. Entonces Suárez la rompe con una sola mano, de un solo golpe creo, y saca al jefe por el agujero astillado, que ahora está tapado, no podés verlo, pero no era más grande que esto.




Sunday, May 17, 2009

Stand Up

Hechos
Con dos pesos con sesenta
me compro los lucky,
con diez la comida y con veinte
la tarjeta de la comunidad.

Poderosos insectos
Acecho
arriba,
en un rincón de la cama,
a la pulga que no quiere
subir, y espero
debajo
del ventilador de techo
al mosquito que los hombres
ya hubiesen querido
aplastar.

El espacio oral
Contable, frívolo
parloteo que vuelve
como un animal roto,
buscando el rincón
donde reventar.

Amor profundo
Quiero cortarle la pija a todos,
no tener que hablar más de pijas
y que se adornen el agujero con un gato
muerto
sabiamente.

Sunday, December 14, 2008

Tupperdumb

Falté solamente dos veces. Una fue cuando Aldana me dejó y la otra, ahora que lo pienso, fue porque sí. Tendría que haber pedido una mañana, un rato de una mañana. Es impresionante como pasa el tiempo. Pensé que en algún momento iba a pedir ese rato. Cuando me empezó a doler tendría que haberle dicho a Mario, “mañana vengo más tarde”. Tendría que haber mentido, inventado algo, no sé, hay tantas cosas que podría haber dicho. Mentir no me costaba nada.

Cuando se empezó a notar decidí volverme más callado Y me acostumbré a no hablar. El halo de misterio que generaba en los nuevos me gustaba. Claro que los compañeros que me conocían de antes no pensaban que era misterioso, ni reservado, no. Pensaban que estaba deprimido. También especulaban con que me había vuelto alcohólico. Lo escuché a Jorge diciéndoselo a Horacio mientras meaban. Yo estaba sentado en el inodoro, echándome mi siesta diaria. Siesta es una forma de decir. Nunca me dormía. Pero al menos cerraba los ojos por quince minutos y pensaba en cosas, cosas mías. Con los ojos cerrados pienso mejor. No mejor. En realidad pienso igual que con los ojos abiertos. Pero cuando los cierro es como que las cosas se fijan más. Es eso.

El rumor de mi supuesto alcoholismo se expandió en toda la empresa. Los nuevos dejaron de verme misterioso en poco tiempo. O no tan poco. El tiempo pasa tan rápido. Yo me daba cuenta. Cuando me saludaban respiraban hondo. Querían olerme. Y debían oler ¿no? Si uno va predispuesto a encontrarse con algo, pienso, y no hay nada, lo inventa, ¿no? Hacían apuestas. Whisky. Vino. “Para mí que del berreta”, decía Horacio. No es que estas cosas las hablasen abiertamente, yo los oía de lejos. En una de mis siestas me di cuenta de que debían pensar que además de mudo, me había vuelto un poco sordo también. Generalmente los sordos no hablan porque no se escuchan. Pero los mudos… ¿no?, oyen lo mismo. Igual no soy mudo. Dejé de hablar nada más para que no se note. Con qué me emborrachaba seguía siendo un misterio.

Llegó Fernando un día. No estuvo mucho tiempo. Unos años. Era raro. Contaba que tenía muchos amigos virtuales. En esa época no era muy normal. Jugaban a un juego de estrategia. Había equipos. Compraban armas. Tenían misiones. Debía ser muy inteligente Fernando. No sé. Debía pensar mucho seguro. Cuando trabajaba no hablaba, pero en el almuerzo sí.

Como casi todos, creo, los que están heridos por algo que no saben bien, le gustaba leer. The fire next time, de James Baldwin. Leía en inglés. Horacio vino un día hasta mi escritorio con el libro de Fernando en la mano. “Che, Tupperdumb, vos que pasaste por Letras, ¿lo conocés a éste?”. Asentí con la cabeza. “Qué lo vas a conocer. Vos mentís mucho Tupperdumb, se te nota en los ojos. Es más, no creo que hayas terminado ni el secundario, si sos un nabo. Así no te va a ir bien”. Me decían Tupperdumb porque siempre llevaba comida de casa en un tupper: arroz, ensaladas, cosas que tuviese que masticar lo menos posible. Y también porque no hablaba.

Salía con una chica. Nacha. Hace mucho tiempo. No sé que me veía. Ella estudiaba arquitectura y tenía una biblioteca enorme. Era una habitación entera llena de libros hasta el techo. Eran libros de la familia. Estaban ordenados por temas. La sección de arte era la mejor. “A mi no me gusta leer ficción” me contó una vez. “Si es todo mentira, ¿no?, ¿para qué perder el tiempo con cosas que no existen?”. Igual que la biblioteca, creo que ese pensamiento lo había heredado. La sección de literatura era la más pobre. Yo sabía que pronto íbamos a separarnos. Que iba a pasar el invierno. Iba a llegar el verano. Tan rápido. Se iba a ir a un lugar lindo para las vacaciones. “¿Te gusta ese?”, me preguntó. Otro país. Lo había sacado del estante porque me pareció un libro muy viejo. Estaba todo ajado y con las hojas quebradizas. No era tan viejo en realidad. Debió estar a la intemperie. O en un lugar con mucha humedad. “Te lo regalo”. Y así conocí a James Baldwin. Estaba dedicado a Eduardo. Le pregunté a Nacha quién era, pero ella me dijo que no sabía.

Era un poco triste Nacha. Le gustaba leer filosofía. Me quedaba horas escuchándola hablar del tiempo, de la memoria, de la fe. Antes de que llegase el verano me contó una película que vio. Seguro que con su novio. Era una película oriental. Cuando la gente se moría quedaba en una instancia indefinida. Las almas tenían que irse con un recuerdo, y si todavía no sabían con que recuerdo irse, permanecían en una especie de limbo hasta elegir uno. “Yo elegiría una foto que no existe en realidad”, me dijo. “Una foto en la que están todos posando como una gran familia, todos los que fueron importantes para mí”. Cuando me dejó en casa, antes de que baje del auto me besó y después me dijo “vos estarías en la foto”.

La traducción de Otro país era muy mala me contó Fernando unos días después de devolvérmelo. A mí me parecía raro que Rufus recordara que cuando era chico su hermano montaba a caballo. Si no había salido de Harlem. ¿En dónde montaba a caballo? Fernando me aclaró el asunto. En realidad lo que recordaba Rufus era cómo el hermano se inyectaba. Qué boludo. Y después en otra parte del libro se hablaba de un chico alegre y yo pensaba “¿alegre?, si está hecho pedazos este pibe”, pero claro, en realidad el autor lo que estaba diciendo es que era un chico gay. Estuve buscando ese libro en vano. No sé en donde quedó. Era lo único que tenía de Nacha. Con Fernando hablaba por chat a la noche. Después de comer iba al locutorio y me quedaba hasta tarde. Aldana empezó a pensar también que yo era alcohólico. Su aversión hacia mí fue creciendo lentamente, hasta que un día me dijo que tenía que irse porque, si no, creía que iba a terminar matándome de tanto que me odiaba.

Jorge también me odiaba. Y hacía bien. Nunca traté de comprenderlo. No me iba ni me venía. Era de esas personas que necesitan encontrarles los puntos flojos a los otros. De los que les gusta escarbar y clavar el dedo justo ahí, donde más duele. Yo le daba bronca porque mis puntos estaban muy al alcance de todos. Horacio era su amigo, iban a pescar juntos. Horacio era inseguro, pero cuando estaba cerca de Jorge se sentía mejor. Se burlaba de los otros. Era más despiadado que Jorge, pero en el fondo creo que era más bueno. No sentía placer cuando se burlaba. Lo hacía sólo para que Jorge lo acepte.

Comimos todos juntos el último día que Fernando trabajó en la oficina. Hicimos un brindis y Fernando habló. Nos agradeció a todos por haberlo hecho sentir tan bien durante todo ese tiempo, por nuestro compañerismo. “¿Querés más?” le dijo Mario, después, ofreciéndole un pedazo de torta. “No, ya me satisfizo”. Horacio largó una carcajada. “Satisfizo no, bestia. Se dice satisfació”. Casi hablo. Pero no podía. Fernando se fue y lo borré del chat. No sé por qué. Pasó mucho tiempo. Yo no le tenía ningún aprecio a Fernando. Sentía algo parecido a lo que Jorge sentía por mí. Me daba bronca. Me daba bronca que no se diera cuenta de que todos lo despreciaban, de que le daba asco a la gente. Me daba envidia. Cuando me echaron no hubo almuerzo de despedida. Al día siguiente, al ver mi escritorio vacío, se habrán enterado. Le dejé una nota a Horacio que decía “tenías razón, es del berreta”.

Por suerte, en todos estos años, nadie supo que yo, igual que Fernando, tenía los dientes podridos. Tendría que haber pedido una mañana, un rato de una mañana, cuando me empezó a doler. Pero cuando me empezó a doler ya habían pasado más de diez años, y la verdad es que me daba vergüenza decir que todavía no había hecho el trámite de la obra social.