Friday, December 29, 2006

Euge fotógrafa (Hoy, La Boca)











Marcio












desde el patio de mi casa




Fotonovela







despedida de solteros de mamá y papá













mamá y papá se casaron
fueron felices... y comieron









liebres.





















Wednesday, December 13, 2006


Mi amiga Léa me escribe desde Lyon, hola guapa, cómo estás? (….) ¿Leíste El año del desierto? Yo le respondo, Leíta querida, qué alegría tener noticias tuyas. No, no la leí, la tapa me pareció muy fea, pero tengo amigos que la leyeron y dijeron que es una gran novela. Ah, qué bueno, me dice Léa, porque el otro día me robé un ejemplar en la Feria del Libro de Frankfurt. A la gente de Interzona, les pido que no tomen acciones legales contra Léa, pero si quieren hacerlo, Léa es la rubia.

Tuesday, December 12, 2006

Cuando con mis amigas hablábamos de cómo nos gustaría que fuera nuestra casa de casadas, yo salteaba la parte del casamiento: definitivamente sería soltera. Tampoco me imaginaba en una edad intermedia, digamos, dieciocho, treinta, cuarenta, no. Me imaginaba viejísima, con un rodete negro decorando mi cabeza, anteojos enormes de color rosa pálido, mamá de tres o cuatro gatos, pero nada deprimida, con muchos ex amantes que vendrían a visitarme para conversar, recordar anécdotas, muchas amigas también, que al igual que mis ex amantes, variarían en edades y preferencias de cepas .

Mi visita preferida, sin lugar a dudas, sería Andreíta, la nena de ocho años que vendría a preguntarme infinidad de cuestiones físicas y metafísicas, a las que sus padres, un poco por falta de tiempo y otro por falta de ganas, no les interesaba responder, o, en otros casos -la mayoría, claro-, no les interesaba preguntárselas para sí, como haría yo, sí Andreíta, yo, que hoy te prometo que me las voy a preguntar, a seguir preguntándomelas, gracias a vos, que sos en mi cabeza una mezcla de Andreína, mi mejor amiga de la primaria, que era tan linda, y yo, Andreíta, Eugenita, que soy tan preguntona-hinchapelotas.

Ah, ¿y cómo era mi casa imaginaria? Grande, de varios pisos, con una terraza ajedrezada y un living con paredes de espejos (siempre es bueno tener una sala en donde uno sepa quien es vampiro y quien no). Igualmente, con lo que más fantaseaba era con un balcón bombé en mi habitación.

Otro día hablo del balcón, porque sino me pongo romántica, muy dama de las camelias, y ahora es el momento de una canción de amor más cachengue que se llama “Decime algo lindo, y se lo dijeron nomás”:

vos sos como el dulce de leche
de Comodoro Rivadavia

el rulemán compacto de mis sueños

del fariseo, el surco
tragicómico, el cerco,

infierno no ganado por los bagres

sos una canción
pedorra,
pero con ganas,
con onda,

una ruleta astronauta,
un camisón de aserrín

sos un sol, un mi
y un fa sostenido con churros


una caminata
por alta montaña,
sin sogas,
sin maña
ni calzado adecuado

una caminata
por alta montaña
larga caminata
en alpargatas, sos

Saturday, December 09, 2006

El verano

(Leído en la velada del viernes 8 de diciembre, organizada por la gente de Editorial Tamarisco)

Ahora ya no, pero antes, el comienzo del verano no lo determinaba el calendario sino la apertura de las heladerías. Cuando era chica, por lo que más quería ser grande era para comer helado y sólo helado, nada de verduras, carne, ravioles, sólo helado de dulce de leche granizado abajo y coco arriba. El coco no era tanto por preferencia real, sino más bien por seguir el dictado de la moda impuesto por ese personaje de Juana Molina en Juana y sus hermanas. Y aunque amaba el verano, porque amaba el helado, no renegaba del invierno, tenía sus beneficios: los bolsillos de los abrigos siempre reservaban australes para futuros cucuruchos. Yo, apenas abría la heladería de enfrente de casa, lo primero que hacía era saquear los bolsillos de mi campera, del blazer del colegio, de los tapados de mamá, de los trajes de invierno de papá, los bolsillos de mi hermana no, porque siempre fui muy respetuosa de mis pares. Pero cuando ese recurso llegaba a su fin – que era alrededor del tercer o cuarto cucurucho– no quedaba otra que suplicarle a mamá que me comprase otro, y ella, tan amante de la vida natural, me decía que era mejor que coma fruta. En el parque de casa había moras, que comía imaginando que eran helado de moras, hasta que un día, como era de esperar, me intoxiqué y decidí hacer negocio con ellas. Junté todos los frascos de mermelada que encontré en casa, hasta terminé la de naranja que siempre me pareció espantosa, solo para tener un recipiente más donde guardar las moras que vendería a los que pasasen por la puerta de casa, y como escuché no sé si de papá o de mamá, que para hacer negocios es necesario arriesgarse, sacrifiqué el vestido escocés de mi bebote y lo recorté en cuadraditos para decorar las tapas de los frascos. El negocio marchaba magnífico, le vendí un frasco a Maribel, la vecina de al lado de casa y podría haber vendido muchos más si mamá no me hubiese gritado “estás loca” desde la ventana del living, cuando me vio en el puestito que había improvisado sobre el medidor de gas. No dijo nada más, para eso es mi mamá, sabe la mejor forma de paralizar mis autoemprendimientos. Siempre me dio miedo la locura y que ella me lo afirmase de manera tan vehemente hizo que sin chistar me metiera adentro de casa y me muriera de vergüenza durante más de una semana por lo que había hecho. Ahora que lo pienso, el verano es propicio para generar situaciones de vergüenza. Una ola que corre la bikini de lugar, un helado que se derrite mucho más rápido de lo que la boca puede tomarlo y termina enchastrando toda la remera, un caballo suicida que se mete más y más en el mar y todos diciendo desde la orilla Eugenia vení para acá, y yo pensando pero qué quieren si es él el que se cree Alfonsina... De cualquier manera, a pesar de la vergüenza, siempre deseo que llegue el verano, porque en verano me dan más ganas de bailar, de conocer gente, de tomar caipiriña, escuchar a Bob Marley y leer novelas de amor o policiales tirada en la arena. Y para combatir el insomnio que provoca el calor, una noche, en la que sentía derretirme toda, a excepción de mis ojos que permanecían fijos en el ventilador de pie, se me ocurrió hacer un cronograma de sueños de verano, que si se sueña uno por noche, alcanza para todo enero y los primeros días de febrero.

Cronograma de sueños de verano:

Tomar leche cortada y mandar a mamá a la cárcel

Creer en Dios y que se sienta mal

Enseñarle a la maestra cómo se llega al país de Alicia

Contar hasta el infinito con los dedos

Decirle a Pitufo Filósofo que me cae simpático

Aprender a tocar el piano con Lou Reed y que mamá Laurie Anderson me rete en japonés

Ser una trovadora pop

Figurar en las revistas y que me recorten los pajeros

Tomar whisky con Morrison

Tocar la pandereta en un recital de Janis Joplin

Atender el teléfono y ser yo

Preguntarle a Antonin si le gusta mi voz

Hacer radio con Beckett

Conseguir el papel de vaca comunista y reírme con Brecht en alemán

Postergar mi viaje a Berlín porque vino a visitarme Virginia Woolf

Dibujar la mano de la Reina Isabel y que Orlando me diga “sí, así es, así es”

Filmar el divorcio de Penélope y actuar como su abogada

Robarle los zapatos a mi abuela y ser acusada, no de robo, sino de herencia

Ser responsable y que papá se sienta orgulloso

Trabajar como obrera en una fabrica de alfileres

Tener un amigo como Engels

Colaborar con los exiliados lingüísticos

Desertar y que El Che me tenga bronca

Pasear con Rosas por Lavalle

Evitar que maten a Pasolini y pedirle un autógrafo

Disfrazarme de polígrafa y ser odiada por los hombres

Ir a misa con Burroughs y cantar canciones de Tom Waits

Decirle a Apolonio que a Paul no lo soporto

Conversar con Fijman en la Plaza España

Ver la mano de Rilke cuando escribía Salomé

Darle un beso a Proust antes de que se duerma

Cenar con Jack the Ripper y hablarle de Allan Poe

Mover las manos con dirección de Pina Bausch

Florecer en la montaña

Llegar al cielo y darme cuenta de que en realidad prefiero el agua

Vivir en un teatro*


* Disfrutarlo todo, serlo todo.

Monday, December 04, 2006

Un trío un poco alocado

Mi amor tiene un pie en la tierra. El resto de su cuerpo prefiere guardarlo en una cajita de cartón, vacía, pintada por mí de naranja y azul. Un lugar complementario, sin pretensiones.

Se llevan bien mi amor y mi soledad.

Él es rubio y de ojos negros. Se besa en el espejo, si lo hubiera. No es un hombre. Tampoco un gato, ni un león. Es casi un elefante, con algo de gorrión acuático, y manos. Sí, manos que nunca encuentra. En la cajita, le digo, pero no me cree porque está vacía. En la cajita, repito, me acaban de empujar.

Ella es de fuego y no refleja ningún color. Se los come. Ya no se acuerda cuantos hijos tuvo, si finalmente nacieron, si se murieron de viejos, si son los mismos que cada noche de agosto o de abril le atan el cuello con un cinturón de cuero marrón y pretenden hacerle el amor, aunque todos saben, incluso ella que es tan ingenua, que él no sale de la cajita ni levanta el pie de la tierra en meses tan trillados.

Mi soledad, a veces, cuando se anima, le toca la espalda y hunde los dedos hasta su columna, que también es pegajosa. A él no le gusta, pero lo soporta porque sabe que ella tiene auto y lo puede llevar -sí mi amor se animara a salir, si mi amor se animara a caer- a Marte o a Río de Janeiro, para hablar en esa lengua que inventaron cuando mamá y papá se fueron, una lengua bastante compleja si se tiene en cuenta lo chiquitos que eran cuando la inventaron. La lengua más fría, menos trágica del mundo.

Yo los miro.

Somos un trío un poco alocado. Él quiere matarme y yo sólo pienso en cortarle el pelo. Ella me escupe las piernas, me tira del dedo meñique, quiere jugar. Y no es que yo no quiera. No. Es que se me acalambran las piernas con su baba de aloe vera.

En definitiva, somos tan feos, tan feos, que sólo nos queda mimarnos hasta que la muerte nos vuelva a separar.