
¿Era en
Domicilio conyugal donde Claude Jade le enseña a Jean-Pierre Léaud a untar las tostadas de una manera especial para evitar que se partan? Siempre me pasa, no con todas, pero sí con varias películas de Truffaut, que no sé cuál es cuál, ni recuerdo cómo empiezan ni cómo terminan, sólo sé que me encantan, y cuando paso por Europa Europa y están dando una de Truffaut soy capaz de arrancarle un brazo a quien ose cambiar de canal (no es fácil conseguirlas en DVD ¿o será uno más de los versos de Diego?). Bueno, supongamos que era Domicilio Conyugal. Esto viene a cuento de cómo empezó mi día sábado. Serían las doce. Yo estaba frente a la tele con la bandeja que contenía el nesquik, las tostadas y la mermelada, cuando llegó mi mamá de misa, no, misa es los domingos, cierto, no sé de donde venía. Lo primero que hizo fue recriminarme que estuviera frente al televisor desde tan temprano. Entonces yo le dije “mamá, es que la vida es una película, y aparte uno aprende mucho de las películas”. Continué: “¿Ves que las tostadas me salen perfectas? Esto es gracias a que en
Domicilio conyugal (si es en otra película de Truffaut mi mamá nunca lo descubriría, no le gusta Truffaut, a excepción de las películas en donde trabaja Depardieu) Claude Jade, esa francesa tan linda y simpática, le muestra a Jean-Pierre Léaud que si pone una tostada debajo de la tostada a untar, ésta no se rompe. ¿Ves?”. “Y como esto, hay innumerables cosas que aprendí del cine, es más, creo que mi educación formal fue una verdadera pérdida de tiempo. Si todas esas horas que debí padecer (y sigo padeciendo) las hubiese empleado en ver películas, otra sería la historia de mi vida.” Entonces ella me dijo: “Ay, Eugenia, ¿por qué cada vez que hablás me hacés acordar tanto a tu padre? (si este comentario viene de boca de mi madre debe tomarse como un insulto). ¿Pero ahora que dije mamá?, le pregunté angustiada, si no hablé de River, ni de Napoleón, ni de sistemas de programación y tampoco te pedí que me sirvas un whisky… Bueno, parece ser que, por lo que me contó esa mañana mi mamá, cuando yo tenía que empezar la primaria me anotaron en el único colegio de la zona donde quedaban vacantes (Ay, ellos siempre fueron algo distraídos y se acordaron a último momento de que debían buscarme un colegio y el único que me aceptó a dos días de empezar el ciclo escolar fue uno de monjas y sólo para chicas). La cuestión es que mi papá se encabronó porque nunca le gustaron las monjas y dijo que él se ocuparía de educarme. Parece algo dicho al pasar, pero hablaba en serio, y estuve una semana sin ir al colegio hasta que él cedió y fui al colegio de monjas nomás (en realidad creo que cedió porque se dio cuenta de que pasar tantas horas con una criatura menor de 6 años no es algo fácil de aguantar). Cuando mi mamá me contó esa anécdota, súbitamente recordé escenas de esa semana de formación cien por ciento paternal. Lo primero que mi papá intentó enseñarme fue a jugar al ajedrez (ya lo había intentado cuando yo tenía cuatro, pero sin ningún resultado). Ahora recuerdo que hubo una partida que tuvimos que suspender y dejarla para el otro día. Quise hacer trampa, para qué negarlo, y a la noche me levanté a modificar algunas piezas, con tan poca habilidad, que terminé perjudicando mi juego. Bueno, otra de las lecciones consistió en ver
El Padrino I y II (la III todavía no había salido) y en ese momento no me gustaron mucho, prefería toda la vida los
Cuentos asombrosos de Spielberg. En fin, con mi viejo siempre fue así, no era que no tuviéramos cosas en común, simplemente estábamos a destiempo. Ah, y hablando de todo esto, me acordé de otra de Truffaut,
El niño salvaje, entonces, ahora que vuelvo a pensarlo, la afirmación que le hice a mi mamá no es del todo correcta, la vida no es una película, son varias, muchísimas.