Sunday, December 13, 2009

Las bestias

Cuando llegué a casa vi la luz de la cocina prendida. Colgué el abrigo en el perchero y me acerqué despacio. Pensé que podía ser él, que había vuelto.

Me miró de reojo sin dejar de comer. Vi que le colgaba un pedazo de carne cuando intentó decirme algo con unos ruidos extraños. Supuse que estaba molesto. Seguramente porque lo estaba mirando. Después eructó, se limpió las manos llenas de grasa con la cortina y se fue a acostar al living.

Se quejó durante horas. Primero con pequeños aullidos, luego con gritos desesperados. Finalmente oí caer una lágrima. Una sola, pero tan pesada que hasta el piso del lugar en donde duermo, que está en la otra punta de la casa, tembló por su impacto.

Al otro día llegué más tarde a casa y él ya estaba quejándose. Esta vez no lloró. Cuando se cansó de gritar tiró el centro de mesa contra una pared. Así pasaron meses. Años. Cansada de tanto griterío, una noche decidí dejar abierta la puerta del lugar en donde duermo.

Sangré un poco por los vidrios de los vasos que tiró. Pudimos dormir bien. Nadie gritó esa noche. A la mañana ya se había ido y no pude parar de llorar. Nunca más.

Cuando me preguntan por qué lloro les digo que es porque me duele la cabeza. Y me creen, obvio.

1 comment:

Leandro Diego said...

Me conmovió. Punto. Decir más que eso es al pedo.