Friday, August 12, 2005
Thursday, August 11, 2005
Horóscopo Beatle

Diga una canción de los Beatles (puede ser la preferida, la que menos le gusta o la primera que le viene a la cabeza) y recibirá las predicciones de Yvonne, experta astromúsica y ferviente colaboradora de este blog.
(consideración al margen: ¿Derrida se habrá inspirado en los Beatles para hacer su teoría de la Différance? Digo, por lo de Beetle y Beatle. Puede ser ¿no?)
Wednesday, August 10, 2005
Recomendado
Hoy volví a leer "Ventanas. Mil reminiscencias de ciudad" que escribió Vivi con motivo de un cuadro que pinté para ella. Vivi es mi amiga poetisa, la única gran poetisa que conozco personalmente. Además de colgarlo en mi blog, puesto que me encanta, quiero aprovechar la ocasión para recomendar el suyo: El octavo beso (imperdible)
Ventanas. Mil reminiscencias de ciudad.
Yo miraba desde aquel balcón.Un hombre hermoso a lo lejos, iluminado por la pantalla estática de la computadora. Con una mano compulsiva apretaba el mouse, con la otra sostenía el café humeante. Escribía. Tenía el pelo corto, un sweater negro, era un poco pálido y pasivo. La fiesta estaba en otro lado. Otra ventana.Allí la gente giraba sobre un piso que parecía enjabonado. Un hombre estiraba los brazos como si fuera a dar vueltas en el aire. Le sostenía la mano otro hombre apenas inclinado con un sombrero en la cabeza. Más adelante, casi en la sala, había una mujer. Tenía la pierna extendida finamente, un teléfono en la cavidad del cuello, un libro en la mano. Seguro que leía a Beckett. La biblioteca estaba al lado suyo. Era una mujer tremendamente hermosa, de pelo corto, con una pollera verde. Sobre el mueble de la biblioteca había una planta. Atrás suyo un hombre la miraba embelesado. Se sostenía la cabeza con las manos y la espalda estaba arqueada como un gato. Le miraba las piernas.En otra ventana pude ver al diablo, pero no era el diablo sino un caballito de mar nadando en el vapor del vidrio. También pude ver un living fastuoso pero vacío, con una gran mesa redonda de vidrio sin adornos.En otro edificio había un matrimonio apunto de dormir. La cama de dos plazas era una barrera insalvable. La mujer, atrás, iluminada por la luz del velador, tenía la cabeza gacha. Parecía apenada. Él miraba hacia afuera por la ventana como si quisiera vivir otra vida. Lo demás que ví es vacío o sangre chorreada o mierda derretida.Por puro voyerismo busqué a los amantes pero permanecieron escondidos en las sombras. Eran fantasmas.Atrás ya aparecía el amanecer. Aquel hombre del café continuaba escribiendo.Yo llegué con mi cuadro lleno de colores, miles de vidas superpuestas llenas de amarillo, a la mesa de mi casa.- ¿ Te gusta, René? – le dijeY me sorprendió que el electromecánico pudiera ver más allá de los colores del cuadro abstracto de Muriagna.- Está bueno... pero es triste, ¿ no?. Es triste. Al menos para mí.
Tuesday, August 09, 2005
Sombras sobre vidrio esmerilado

Suceder y Representación en “Sombras sobre vidrio esmerilado”, de Juan José Saer[1]
(breve ensayo publicado en El Recuerdo y la Voz, Homenaje a Juan José Saer, Universidad General Sarmiento, 2005)
(breve ensayo publicado en El Recuerdo y la Voz, Homenaje a Juan José Saer, Universidad General Sarmiento, 2005)
¡Qué complejo es el tiempo, y sin embargo, qué sencillo!, reflexiona la poetisa Adelina Flores en “Sombras sobre vidrio esmerilado” y es pensar en el “ahora” lo que la lleva a esa expresión: “ahora” que transcurre en su sillón de Viena, mientras ve la sombra de Leopoldo, su cuñado, proyectada sobre el vidrio esmerilado de la puerta del baño, “ahora” de Susana, su hermana, yendo al médico, “ahora” de su habitación con libros polvorientos en la que no puede estar y por eso llevó su sillón de Viena a la antecámara: es difícil soportar encerrada entre libros polvorientos los atardeceres de este terrible enero, piensa, “ahora” que transcurre a su costado, en los sillones desocupados que no ve, sólo puede recordar puesto que está viendo la sombra de Leopoldo,“ahora” en todos lados, simultáneamente. Por eso digo que el presente es en gran parte recuerdo y que el tiempo es complejo aunque a la luz del recuerdo parezca de lo más sencillo, piensa.
Sombra y Ausencia:
El escritor escribe siempre desde un lugar, dice Juan José Saer, y al escribir, escribe al mismo tiempo ese lugar. Agrega:
No se trata de un simple lugar que el escritor ocupa con su cuerpo, un fragmento del espacio exterior desde cuyo centro el escritor está contemplándolo, sino de un lugar que está más bien dentro del sujeto, que se ha vuelto paradigma del mundo y que impregna, voluntaria o involuntariamente, con su sabor peculiar, lo escrito.[2]
Personajes, geografías y experiencias (de vida y de lectura) se entretejen entonces, y forman constelaciones que representan en la estructura narrativa esa unidad de lugar.
Ahora bien, representar, como señala Beatriz Sarlo, es sin embargo una tarea siempre insegura. Dice al respecto: Saer piensa que, si se capta el suceder, la ficción podría acercarse a representar[3].
En “Sombras sobre vidrio esmerilado” el suceder va delineándose de manera dialéctica entre sombras y recuerdos. Ahora veo la sombra de mi cuñado Leopoldo proyectándose agrandada sobre el vidrio de la puerta del baño, piensa Adelina mientras se hamaca en su sillón de Viena y advierte que tiene la mano en el falso seno de algodón puesto sobre la cicatriz blanca. Es entonces cuando sombra y ausencia se conjugan para iniciar el recorrido por los recuerdos, que en el transcurso del relato devendrán poesía.
Percepción y Recuerdo:
Henri Bergson señala en su texto “La memoria o los grados coexistentes de la duración”:
Sombra y Ausencia:
El escritor escribe siempre desde un lugar, dice Juan José Saer, y al escribir, escribe al mismo tiempo ese lugar. Agrega:
No se trata de un simple lugar que el escritor ocupa con su cuerpo, un fragmento del espacio exterior desde cuyo centro el escritor está contemplándolo, sino de un lugar que está más bien dentro del sujeto, que se ha vuelto paradigma del mundo y que impregna, voluntaria o involuntariamente, con su sabor peculiar, lo escrito.[2]
Personajes, geografías y experiencias (de vida y de lectura) se entretejen entonces, y forman constelaciones que representan en la estructura narrativa esa unidad de lugar.
Ahora bien, representar, como señala Beatriz Sarlo, es sin embargo una tarea siempre insegura. Dice al respecto: Saer piensa que, si se capta el suceder, la ficción podría acercarse a representar[3].
En “Sombras sobre vidrio esmerilado” el suceder va delineándose de manera dialéctica entre sombras y recuerdos. Ahora veo la sombra de mi cuñado Leopoldo proyectándose agrandada sobre el vidrio de la puerta del baño, piensa Adelina mientras se hamaca en su sillón de Viena y advierte que tiene la mano en el falso seno de algodón puesto sobre la cicatriz blanca. Es entonces cuando sombra y ausencia se conjugan para iniciar el recorrido por los recuerdos, que en el transcurso del relato devendrán poesía.
Percepción y Recuerdo:
Henri Bergson señala en su texto “La memoria o los grados coexistentes de la duración”:
Cuanto más se piense menos se comprenderá que el recuerdo pueda nacer jamás si no se crea al mismo tiempo que la percepción. O el presente no deja huella alguna en la memoria, o es que se desdobla en todo instante, desde su mismo surgimiento, en dos chorros simétricos, uno de los cuales revierte hacia el pasado mientras el otro se abalanza hacia el futuro. Este último, al que denominamos percepción, es el único que nos interesa. No tenemos que hacer mediante el recuerdo cuando tenemos las cosas mismas[4].
Asimismo, Bergson también indica que nos colocamos de golpe en el pasado:
Tenemos conciencia de un acto sui generis por el cual nos separamos del presente para volvernos a colocar en primer lugar en el pasado general, luego en una determinada región del pasado, trabajo de tanteo, análogo a la puesta a punto de un aparato fotográfico. Pero nuestro recuerdo permanece aún en estado virtual; de este modo sólo nos disponemos a recibirlo adoptando la actitud apropiada. Poco a poco, aparece como una nebulosa que se condensa (...) y a medida que sus contornos se dibujan y que su superficie se colorea, tiende a imitar la percepción. Pero permanece adherido al pasado por sus profundas raíces y si no fuera, a la vez que un estado presente, algo que contrasta con el presente, jamás lo reconoceríamos como recuerdo.[5]
Quisiera indicar, que el acto de hamacarse en su sillón de Viena puede leerse al mismo tiempo como el movimiento que realiza Adelina desde la percepción del cuerpo borroso de Leopoldo hacia el recuerdo.
(“Sombras” “Sombras sobre” “Cuando una sombra sobre un vidrio veo”. No), esa es la primera marca del poema que irá construyendo Adelina a lo largo del relato a fin de simbolizar ese “ahora” perturbadoramente complejo de la sombra sobre el vidrio: es terrible pensar que lo único visible y real no son más que sombras”, piensa.
Después de ese primer intento de construcción del poema, surge el recuerdo de Tomatis, el cual considero especialmente importante, puesto que es en ese momento donde se inicia la tensión entre dos poéticas totalmente opuestas que logran su punto de equilibrio en la construcción formal del relato. A ese recuerdo, le suceden otros, de manera intermitente con la percepción de la sombra sobre el vidrio, recuerdos que podrían dividirse en dos tipos: los que nacen de las sombras: el cuerpo desnudo de Leopoldo echado sobre Susana en una playa: Vi eso, enorme, sacudiéndose pesadamente, desde un matorral de pelo oscuro; lo he visto otras veces en caballos, pero no balanceándose en dirección a mí. Fue un segundo, porque Leopoldo se subió enseguida el traje de baño y se sentó rápidamente frente a Susana, y los que provienen de ausencias: la cicatriz blanca de su pecho y la muerte de sus padres.
Como fuera señalado anteriormente, sombra y ausencia se conjugan para iniciar el recorrido hacia el recuerdo ¿Pero de qué manera se entretejen con éste para constituir el suceder del relato, sino a través de la representación poética que realiza Adelina? Puede leerse entonces, la construcción del poema dentro del cuento, como la síntesis de la dialéctica entre percepción y recuerdo.
El arte de narrar:
Así se titula el primer libro de poemas de Saer (1960-1975) y también el libro que reúne toda su obra poética comprendida entre 1960 y 1987. La reciprocidad entre narración y poesía puede observarse también en sus relatos y novelas, donde la construcción de las frases parece estar, la mayoría de las veces, atenta al ritmo poético. Asimismo, quisiera señalar cómo en “Sombras...” es el arte de narrar el relato lo que equilibra la tensión de poéticas opuestas, tensión que se presenta a partir del recuerdo de Tomatis:
Ese chico, ¿cómo se llamaba? Tomatis. Él me dijo una vez lo que piensa de mí, en la mesa redonda sobre la influencia de la literatura en la educación de la adolescencia. (...) y cuando terminó la mesa redonda y fuimos a la comida que nos ofreció la universidad, Tomatis se sentó al lado mío. (...) y me dijo “¿Usted no cree en la importancia de la fornicación, Adelina? Yo sí creo. Eso les pasa a ustedes, los de la vieja generación: han fornicado demasiado poco, o en su defecto nada en absoluto. ¿Sabe? Se dice que usted tiene un seno de menos (...) ¿Es cierto? ¿No piensa que usted misma lo ha matado? Yo pienso que sí.(...) Tiene un par de sonetos por ahí que valen la pena. Perdóneme la franqueza, pero yo soy así. Usted debería fornicar más, Adelina, sabe, romper la camisa de fuerza del soneto –porque las formas heredadas son una especie de virginidad- y empezar con otra cosa.
Tradición y Vanguardia, que se encarnan en las figuras de Adelina y Tomatis respectivamente, parecen disputarse entre sí los modos de producción poética. Ahora bien, es el relato en su construcción formal, quien las contiene simultánea y equilibradamente, puesto que puede pensarse en un quiebre de las formas heredadas (introduciendo la construcción del soneto dentro de la narración) y al mismo tiempo puede leerse como un homenaje singular e íntimo a esa tradición, puesto que como dice Saer en “El arte de narrar”: Cada uno crea / de las astillas que recibe / la lengua a su manera.[6]
Contra voz:
Antes de que sea mencionada, el nombre Adelina Flores nos la sugiere. Luego, Alfonsina Storni aparece en el recuerdo de ese día, en que Adelina vio el cuerpo desnudo de Leopoldo sobre su hermana Susana:
Nadamos toda la mañana y yo les leí poemas de Alfonsina: y cuando llegué a donde dice: “Una punta de cielo / rozará / la casa humana”, me separé y me fui lejos, entre los árboles, para ponerme a llorar.
Ese poema de Alfonsina, se entreteje con los endecasílabos que va construyendo Adelina:
“Veo una sombra sobre un vidrio. Veo”, “Algo que amé, hecho sombra y proyectado”, “sobre la transparencia del deseo”, “en confusión, súbitamente apenas”, “vi la explosión de un cuerpo y de su sombra” “Ahora el silencio teje cantilenas”, “que duran más que el cuerpo y que la sombra”, “Ah, si un cuerpo nos diese aunque no dure”, “cualquier señal oscura de sentido”, “como un olor salvaje que perdure”, “contra las formaciones del olvido”, “y que por ese olor reconozcamos”, “cual es el sitio de la casa humana”, “como reconocemos por los ramos”, “de luz solar la piel de la mañana”.
Pero especialmente puede pensarse como la “contra voz “(así es como se titula el poema de Alfonsina) como la refutación que, piensa Adelina, necesitaba escuchar su madre:
La voz que escuchamos sonar desde dentro es incomprensible, pero es la única voz, y no hay más que eso, excepción hecha de las caras vagamente conocidas, y de los soles y de los planetas. Me parece muy justo que mamá odiara la vida. Pero pienso que si quiso decírmelo antes de morirse no estaba tratando de hacerme una advertencia sino de pedirme una refutación.
[1] Juan José Saer, “Sombras sobre vidrio esmerilado”, Unidad de lugar, Grupo Editorial Planeta, Buenos Aires, 2000.
[2] Juan José Saer, “Literatura y crisis argentina”, El concepto de ficción, Grupo Editorial Planeta, Buenos Aires, 2004, pág. 99.
[3] Beatriz Sarlo, “Juan José Saer (1937 - 2005): de la voz al recuerdo”, La Nación, 19 de junio de 2005.
[4] Henri Bergson, La memoria o los grados de la duración, Ed. cast.: Alianza Editorial, Madrid, 2004, pág. 58.
[5] Ibíd., pág. 64.
[6] Juan José Saer, El arte de narrar, Grupo Editorial Planeta, Buenos Aires, 2000, pág. 91.
Monday, July 25, 2005
Para que pasen cosas

I.
Fue su imagen y todo lo que leí en sus gestos. El vestido negro, ceñido, dibujaba su cuerpo delgado. Al no tener escote, la desnudez de sus brazos era cautivante, extrema, hasta hacerme sentir una especie de dolor. No pude sacar mi vista de ellos por largo tiempo. Todavía hoy cierro los ojos y aparecen intactos, fuertes, sacudiendo una coctelera plateada que refleja la luz, la poca luz del lugar, y toda ella parece manchada de plata impecablemente lustrada, como un ángel caído, parece batir sus alas para olvidar el impacto.
Hablaba con dos hombres que se encontraban en el medio de la barra. Sonreía y cada tanto se llevaba el pelo hacia atrás, no delicadamente, sino de manera firme y amable, como si su pelo fuera un niño al que le tuviera que indicar el lugar donde debía permanecer mientras ella hablaba con los adultos. Cuando no preparaba tragos, acompañaba sus palabras con movimientos seguros de sus manos. Sabía exactamente cómo moverse, tenía plena conciencia de su cuerpo y de la atracción que provocaba en los otros . Yo estaba en el extremo de la barra, de costado, esperando que se acercara a mí, pero no lo hizo. Vino la otra chica que estaba junto a ella a preguntarme qué quería tomar y tardé unos segundos en responder. Luego le pedí que me trajera una carta.
Me siento como un caballero de la resignación infinita, recuerdo que pensé, y eso le respondí a Irene, que llegó a los pocos minutos de haber pedido la carta, y me preguntó cómo estaba. Me propuso tomar cerveza y acepté. Hubiese querido pedir una bebida más adulta, pero no fui capaz de decidirme por ninguna.
Hablaba con dos hombres que se encontraban en el medio de la barra. Sonreía y cada tanto se llevaba el pelo hacia atrás, no delicadamente, sino de manera firme y amable, como si su pelo fuera un niño al que le tuviera que indicar el lugar donde debía permanecer mientras ella hablaba con los adultos. Cuando no preparaba tragos, acompañaba sus palabras con movimientos seguros de sus manos. Sabía exactamente cómo moverse, tenía plena conciencia de su cuerpo y de la atracción que provocaba en los otros . Yo estaba en el extremo de la barra, de costado, esperando que se acercara a mí, pero no lo hizo. Vino la otra chica que estaba junto a ella a preguntarme qué quería tomar y tardé unos segundos en responder. Luego le pedí que me trajera una carta.
Me siento como un caballero de la resignación infinita, recuerdo que pensé, y eso le respondí a Irene, que llegó a los pocos minutos de haber pedido la carta, y me preguntó cómo estaba. Me propuso tomar cerveza y acepté. Hubiese querido pedir una bebida más adulta, pero no fui capaz de decidirme por ninguna.
II.
Imagino que habrá ido a visitar a su madre. Se levantó temprano para lavar la ropa. Acomodó la casa y revisó el cuaderno de su hijo para asegurarse de que haya hecho toda la tarea. Andrés se despertó más tarde y bajó a comprar el diario. Tomaron unos mates y discutieron por alguna cuestión de la vida cotidiana, demasiado insignificante, demasiado íntima, que me es imposible imaginar. Luego, él se encerró en su atelier y ella comenzó a preparar la comida. Mientras tanto, su hijo buscaba los juguetes que llevaría a la casa de su abuela. Después de comer tomaron un café, siempre toman café, imagino, después de comer. Acomodó los platos en la cocina, deseando encontrarlos limpios al regresar de la casa de su madre. Luego abrigó a su hijo y se despidió de Andrés. Le dijo que volvería alrededor de las ocho. Al salir cerró la puerta un poco más fuerte de lo habitual, sin darse cuenta, pero como consecuencia de la discusión de la mañana. Ahora estará en la casa de su madre, pero no lo sé, sólo me resta imaginarla.
III.
Después de esa noche, en que el vestido negro, ceñido, desnudaba sus brazos de manera tan hermosa y extrema que me hacía doler, la vi tres o cuatro veces más. Pasaron casi dos años hasta que volví a saber de ella. En esa época lo conocí a él. Yo estaba sentada en el extremo de la barra, de costado, junto a Irene, como casi todos los viernes cuando salíamos de la facultad. Fue ella la que me dijo que había un chico lindo sentado en el medio de la barra. Era Andrés.
Tenía diecinueve años en ese entonces, sin embargo me sentía muy cansada de vivir. Mamá me preguntaba por qué estaba cansada si no me había pasado nada en la vida, y tenía razón, a excepción de la muerte de papá, a los trece, no me había pasado nada demasiado importante: no tuve un gran amor, y en consecuencia tampoco grandes decepciones. No tuve dificultades económicas ni grandes problemas familiares. Pero pasaban muchas cosas adentro mío, cosas que no podía nombrar, no sabía cómo hacerlo. Entonces, sólo me restaba darle la razón a mamá, decirle que me debía sentir así por el período que pronto vendría a confirmarle que no iba a ser abuela (llevaba un control minucioso de mi regla, y yo siempre fui tan regular que ayudaba sobremanera a su tarea de vigilancia), sin embargo, sabía que sólo decía esas cosas para no preocuparla, me sentía muy cansada realmente.
Recuerdo que Irene una vez me dijo no hace falta salir de casa para que pasen cosas. Hubiese querido decirle eso a mamá, pero nunca tuve el valor de abrir esa puerta.
Tenía diecinueve años en ese entonces, sin embargo me sentía muy cansada de vivir. Mamá me preguntaba por qué estaba cansada si no me había pasado nada en la vida, y tenía razón, a excepción de la muerte de papá, a los trece, no me había pasado nada demasiado importante: no tuve un gran amor, y en consecuencia tampoco grandes decepciones. No tuve dificultades económicas ni grandes problemas familiares. Pero pasaban muchas cosas adentro mío, cosas que no podía nombrar, no sabía cómo hacerlo. Entonces, sólo me restaba darle la razón a mamá, decirle que me debía sentir así por el período que pronto vendría a confirmarle que no iba a ser abuela (llevaba un control minucioso de mi regla, y yo siempre fui tan regular que ayudaba sobremanera a su tarea de vigilancia), sin embargo, sabía que sólo decía esas cosas para no preocuparla, me sentía muy cansada realmente.
Recuerdo que Irene una vez me dijo no hace falta salir de casa para que pasen cosas. Hubiese querido decirle eso a mamá, pero nunca tuve el valor de abrir esa puerta.
IV.
Es verdad, era lindo el chico que estaba en el medio de la barra. Hablaba con un amigo. Debía tener cuatro o cinco años más que yo, y su amigo era mucho más grande. Irene decía que nos estaban mirando. A mí no me parecía que fuera así, miran en general, le dije, pero era una suposición porque no me animaba a mirar con atención, y menos después de que Irene me dijo que nos estaban mirando. Temí terriblemente que se acercase a ellos, no quería pasar la noche hablando con el hombre grande, así que le pedí por favor que se quedara conmigo, necesitaba que me ayude con un cuento que se me había ocurrido después de un sueño, en el que una chica descubría unas cartas que su padre, al que nunca había conocido, le había escrito a su abuela materna. En ellas le preguntaba por la salud de su madre, la ex esposa de él. Le decía que nunca la había olvidado, pero nada pudo hacer para devolverle las ganas de vivir tras de la pérdida del bebé. Después le contaba acerca de su vida, que volvió a casarse y tenía dos hijos. En una carta le mandó una foto de su nueva familia. Siempre terminaba diciéndole que esperaba noticias pronto y la saludaba cariñosamente. Entonces la chica se daba cuenta de que en realidad ella no existía, sino que era una creación imaginaria de su madre. No son cosas para hablar un viernes por la noche Lu, me dijo sensatamente, cuando yo iba por la parte en que el padre nunca había olvidado a su mujer. Mirá, creo que te mira a vos ¿no te gusta? Es lindo. Sí, es lindo, le dije, pero no me gusta, suelen ser insoportables los lindos.
Irene tenía razón. Bruno le dijo a Andrés que mirara lo buenas que estaban las tetas de Irene y fue ahí cuando él reparó en mí. Un rato más tarde se acercó y me dijo que era linda. Yo le dije gracias, pero estaba hablando algo importante con mi amiga y necesitaba que nos dejase solas.
Él volvió a sentarse al lado de Bruno, pero antes de irse me dijo que quería conocerme, que le gustaría mucho invitarme a salir para hablar de algo importante que no acepte interrupciones de extraños. La miré a Irene desconcertada. Era raro lo que estaba pasando, nunca venían a hablarme a mí, era a ella a la que solían acercarse y yo terminaba hablando con el amigo o mirando hacia el otro lado de la barra, deseando el momento en que Irene dijese que ya era hora de irnos.
Irene dijo que tenía que ir al baño y yo me vi en problemas. Era lindo y amable. Necesitaba un cigarrillo para poder decir algo, pero ya no me quedaban, así que le pedí uno a él. No, está bien, le dije, es el último, pero me dijo que lo tome igual, él ya se iba y podía comprar otro atado. Me preguntó cómo me llamaba. Lucía, le dije. Andrés.
No hablamos mucho esa noche. Se fue antes de que Irene volviese del baño y cuando me preguntó por él le dije que le di mi número, pero no terminaba de convencerme. Al rato volvió y me regaló un atado de cigarrillos. Te llamó. Diviértanse.
V.
El mismo año que falleció papá me vino la regla. No sé por qué me acuerdo de estas cosas, tal vez por el viejo eufemismo de la regla y el nombre Andrés. Pensé que nunca iba a pasarme eso a mí. A todas mis amigas ya les había venido. También, desde hacía unos años, a los once más o menos, les habían crecido los pechos y el pelo púbico. ¿Cómo sabés eso?, me preguntaba Ernesto, mi vecino, que tenía la misma edad que yo, y con el que hablaba a través de la medianera de ligustrina que dividía nuestros parques.
Jugábamos en las habitaciones, nos desnudábamos y algunas se besaban, yo no, nadie quería besarme por alguna razón. Era más chica que ellas, nací en junio y con Martina, por ejemplo, nos llevábamos casi un año. Ahora no es una diferencia significativa, pero en esa época significaba que ellas tenían pelo púbico y yo no, que ellas podían besarse porque ya eran casi mujeres (pronto los chicos las besarían) y yo ni siquiera usaba corpiño.
Me acuerdo de un día en que sólo estábamos Martina, María Laura y yo en la habitación de los padres de Martina. Jugamos a la familia. Ellas eran el matrimonio yo era el hijo. No sé por qué un hijo y no una hija, pero Martina era la que decidía siempre los roles y no aceptaba reclamos. Se desnudaron por completo. Yo sólo me saqué la blusa, me daba vergüenza que vieran mi bombacha de nena. Se metieron en la cama y me dijeron que me iban a dar un hermanito. Me horrorizó la idea, ahora me acuerdo. Ni siquiera en los juegos podía ser hija única.
VI.
Me hice amiga de Irene cuando empecé el segundo año de la facultad, antes sólo era su vecinita, la amiga de su hermano menor. Recuerdo estar hablando con él a través de la medianera de ligustrina un sábado por la tarde. Debíamos tener ocho o nueve años, e Irene tres más que nosotros. Era verano. Ella nadaba y me dijo si quería ir a la pileta. Ernesto nunca me invitó, le daba miedo el agua. Me sentí plenamente feliz, era exactamente eso lo que quería hacer, pero mamá no me dejó. ¿A lo de los judíos? No, no, de ninguna manera ¿Están los padres?, No mamá, le dije, están de viaje. Siempre de viaje, y a los hijos que los críe la niñera. Qué gente rara, no me gustan. Los psicólogos son unos locos que critican a todo el mundo por cómo crían a sus hijos, pero cuando les toca a ellos se borran. Si me volvés a insistir con ir allá, no salís más al parque.
Ese es el primer recuerdo que tengo de profundo dolor, dolor por no poder ir a nadar con Irene, con lo que yo amaba nadar, pero sobre todo por la puerta que había abierto mamá al decir “allá”. De repente tomé conciencia del “acá”, que el “acá” no era todo, existía otro mundo del otro lado de la medianera al que yo deseaba ir y no me era posible. Desde entonces, sin dejar de amarla, me fui alejando cada vez más de mamá, hasta sentir que todo lo que le decía era en realidad una sucesión de palabras huecas.
¿Qué es ser judío?, le pregunté a Ernesto, ¿es lo contrario de ser católico?, y él me respondió ¿qué es ser católico? Le hablé de Jesús y me dijo que le estaba mintiendo, que eso era ser cristiano, católico es otra cosa. Además Jesús era judío, me dijo sentencioso. No supe qué responder. Que Jesús era judío lo había oído en el colegio, y me generaba mucha confusión. Tenía la idea de que ser judío era un defecto, aunque no sabía bien en que consistía ese defecto, y Jesús no tenía defectos ni pecados. Ahora, con respecto a qué era ser católico, pensaba que se trataba de creer en Jesús, bautizarse, tomar la comunión y todas esas cosas, pero Ernesto me decía que eso era ser cristiano, afirmación que me resultaba bastante lógica, porque cristiano viene de cristo, sí, era algo a tener en cuenta. Así que cómo no supe que responder, sólo atiné a enojarme con él y alejarme de la medianera sin saber qué era ser judío. Aunque ahora recuerdo, pero no sé si estaré mezclando los recuerdos, que cuando me alejé tuve una idea: ser judío era ser otro, diferente a mamá, a Martina y a María Laura, mis amigas del colegio católico, diferente a papá también, y yo me sentía diferente, por lo que podía ser judía, pensé. Pero antes de afirmar algo tan trascendental debía averiguar qué era exactamente. Papá estaba sentado en la reposera, bajo la glicina. Decirle a él la palabra judío me daba algo de miedo, así que le pregunté qué era ser católico. Tu mamá es católica, me respondió, y en el colegio deberían habértelo enseñando ¿no? Lo miré con miedo, tal vez pensase que yo era tonta, que no estudiaba, pero me tranquilicé cuando dijo: no te preocupes, hay otras cosas más importantes que aprender.
No fue esa tarde, fue una tarde como esa, pero unos años después, cuando tenía trece, en que creí que se había quedado dormido en la reposera y descubrí, al tratar de retirar el libro al que sin querer él le estaba doblando las hojas, que sus manos estaban frías, esa tarde eterna y confusa, en que le dije a Ernesto cuando llegó al velatorio ¿qué es ser judío?, porque me había olvidado cómo hacer para llorar, porque de golpe sentí que no sabía nada, y él no me respondió pero me envolvió con sus brazos fraternales, con sus manos tibias, las mismas manos que dos años después acariciarían mis senos, que dicho sea de paso, nunca crecieron demasiado.
Me hice amiga de Irene cuando empecé el segundo año de la facultad, antes sólo era su vecinita, la amiga de su hermano menor. Recuerdo estar hablando con él a través de la medianera de ligustrina un sábado por la tarde. Debíamos tener ocho o nueve años, e Irene tres más que nosotros. Era verano. Ella nadaba y me dijo si quería ir a la pileta. Ernesto nunca me invitó, le daba miedo el agua. Me sentí plenamente feliz, era exactamente eso lo que quería hacer, pero mamá no me dejó. ¿A lo de los judíos? No, no, de ninguna manera ¿Están los padres?, No mamá, le dije, están de viaje. Siempre de viaje, y a los hijos que los críe la niñera. Qué gente rara, no me gustan. Los psicólogos son unos locos que critican a todo el mundo por cómo crían a sus hijos, pero cuando les toca a ellos se borran. Si me volvés a insistir con ir allá, no salís más al parque.
Ese es el primer recuerdo que tengo de profundo dolor, dolor por no poder ir a nadar con Irene, con lo que yo amaba nadar, pero sobre todo por la puerta que había abierto mamá al decir “allá”. De repente tomé conciencia del “acá”, que el “acá” no era todo, existía otro mundo del otro lado de la medianera al que yo deseaba ir y no me era posible. Desde entonces, sin dejar de amarla, me fui alejando cada vez más de mamá, hasta sentir que todo lo que le decía era en realidad una sucesión de palabras huecas.
¿Qué es ser judío?, le pregunté a Ernesto, ¿es lo contrario de ser católico?, y él me respondió ¿qué es ser católico? Le hablé de Jesús y me dijo que le estaba mintiendo, que eso era ser cristiano, católico es otra cosa. Además Jesús era judío, me dijo sentencioso. No supe qué responder. Que Jesús era judío lo había oído en el colegio, y me generaba mucha confusión. Tenía la idea de que ser judío era un defecto, aunque no sabía bien en que consistía ese defecto, y Jesús no tenía defectos ni pecados. Ahora, con respecto a qué era ser católico, pensaba que se trataba de creer en Jesús, bautizarse, tomar la comunión y todas esas cosas, pero Ernesto me decía que eso era ser cristiano, afirmación que me resultaba bastante lógica, porque cristiano viene de cristo, sí, era algo a tener en cuenta. Así que cómo no supe que responder, sólo atiné a enojarme con él y alejarme de la medianera sin saber qué era ser judío. Aunque ahora recuerdo, pero no sé si estaré mezclando los recuerdos, que cuando me alejé tuve una idea: ser judío era ser otro, diferente a mamá, a Martina y a María Laura, mis amigas del colegio católico, diferente a papá también, y yo me sentía diferente, por lo que podía ser judía, pensé. Pero antes de afirmar algo tan trascendental debía averiguar qué era exactamente. Papá estaba sentado en la reposera, bajo la glicina. Decirle a él la palabra judío me daba algo de miedo, así que le pregunté qué era ser católico. Tu mamá es católica, me respondió, y en el colegio deberían habértelo enseñando ¿no? Lo miré con miedo, tal vez pensase que yo era tonta, que no estudiaba, pero me tranquilicé cuando dijo: no te preocupes, hay otras cosas más importantes que aprender.
No fue esa tarde, fue una tarde como esa, pero unos años después, cuando tenía trece, en que creí que se había quedado dormido en la reposera y descubrí, al tratar de retirar el libro al que sin querer él le estaba doblando las hojas, que sus manos estaban frías, esa tarde eterna y confusa, en que le dije a Ernesto cuando llegó al velatorio ¿qué es ser judío?, porque me había olvidado cómo hacer para llorar, porque de golpe sentí que no sabía nada, y él no me respondió pero me envolvió con sus brazos fraternales, con sus manos tibias, las mismas manos que dos años después acariciarían mis senos, que dicho sea de paso, nunca crecieron demasiado.
VI.
Al principio me gustó. Sentí un cosquilleo en la cabeza, como si decenas de pequeñas partículas internas quisieran salir, traspasar la medianera de mi cráneo. Más tarde, cuando ya no eran decenas sino millares de partículas que producían un sonido insoportable al agolparse contra la parte superior de mi cabeza, en ese momento previo a que estalle indefectiblemente, vino el silencio, y con el silencio la visión, a pesar de que sabía que mis ojos permanecían cerrados. Pude ver el placard abierto. A los pies de mi cama, vi tendida sobre la silla la ropa que acababa de sacarme, la lámpara de pie al lado de la puerta, que también estaba abierta, y más allá de la habitación, el pasillo. Pude ver la pared derecha descascarada por la humedad, y la enorme biblioteca sobre la pared izquierda. Vi cada lomo de los centenares de libros dispuestos sin ningún tipo de orden, y al final del pasillo, la puerta cerrada de la habitación de mamá. Retrocedí sobresaltada, como si hubiese llegado, sin darme cuenta, al borde más extremo de un precipicio. Todo lo que vi estaba manchado de pequeños puntos luminosos, violáceos, como gotas de pintura salpicadas con un pincel, pero a medida que iba retrocediendo comenzaron a apagarse, y al recostarme otra vez sobre la cama, me encontré en una oscuridad absoluta. Un fuerte torbellino entonces, invadió todo el cuarto. Ciega e impotente, sentí cómo era arrastrada hacia arriba por él. Cuando volvió el silencio pude ver, gracias a las pálidas luces anaranjadas desperdigadas por todas partes, que estaba flotando en el cielo negro, helado, de la noche.
No sabría decir exactamente cuando tuve esa experiencia, que no puedo llamar sueño porque no estaba dormida, lo sé. También sé que ocurrió en la otra casa. Mamá decidió que debíamos mudarnos tras la muerte de papá, y dos años después lo hicimos. Éste lugar me trae muchos recuerdos que no puedo soportar, decía diariamente. No conocí muy bien los recuerdos de mamá, sólo unos pocos a los que les di una importancia que tal vez para ella fuera diferente. A veces, los domingos al mediodía, mientras cocinábamos, me contaba algunas cosas. Así fue como supe que a los quince, una tarde de enero en que decidió salir a pasear en bicicleta por las callecitas de La Falda, se desmayó y aún conserva la cicatriz en su rodilla. Después de esa caída, no volvió a andar más en bicicleta.
VIII.
En segundo año coincidí con Irene en una materia y ahí comenzamos a ser amigas. Era muy extrovertida y segura de sí misma. Me encantaba salir con ella, aunque cuando se ponía a hablar con chicos yo me aburría bastante. Igualmente no la pasaba del todo mal, me gustaba mirarla, ver cómo seducía a todos, sentía que al lado de ella podía aprender muchas cosas. Antes de conocerla no había tenido una amiga íntima en la que confiase plenamente, ¿confiaba plenamente? Sí, pienso que si no le conté nunca las cosas que le contaba a Ernesto cuando éramos chicos no fue porque no confiase en ella, sino porque ya no les daba importancia, casi no pensaba en esas cosas. Se reía mucho, y se reía de mí cuando le decía que admiraba a los judíos. Los grandes hombres fueron judíos, le decía, Freud, Kafka, Benjamin, Eisenstein. Mi tío también es judío, me respondió un día riéndose y revoleando los ojos para que no descubra lo que realmente estaba sintiendo, y es una mierda. Y mi viejo, es mi viejo, pero ahí a que sea como Freud... Al final sos igual de antisemita que tu vieja, invertida, pero antisemita al fin.
IX.
Cuando empecé a salir con Andrés no era técnicamente virgen, pero no sabía casi nada del sexo y tampoco entendía, y sigo sin entender, por qué es tan importante para las personas. No fue Ernesto, sino yo misma la que me desvirgué un día antes del acordado, con mi propia mano.
Lo primero que me saqué fue la camisa del colegio, y mientras Ernesto me acariciaba los senos le conté lo que había hecho. Se enojó muchísimo y no volvió a hablarme. Me dejó sola en su habitación y mientras me ponía la camisa, pude verlo a través de la ventana: nadaba. Fue la primera vez que lo vi nadar. A los pocos días, mamá y yo nos mudamos. Me acerqué a la ligustrina, pero él no estaba en el parque. Entonces, toqué el timbre de su casa, y al ver que era yo, cerró la puerta.
Cuando me hice amiga de Irene nos volvimos a frecuentar. ¿Te acordás cuando me cerraste la puerta en la cara?, le dije una tarde que estaba estudiando con Irene en el comedor de su casa. Ella había ido a la cocina a preparar café. Sí, me acuerdo. También me acuerdo de tus tetas, chiquitas, pero lindas. Me enojé y me fui a la cocina. Siempre era lo mismo con Ernesto.
Cuando empecé a salir con Andrés no era técnicamente virgen, pero no sabía casi nada del sexo y tampoco entendía, y sigo sin entender, por qué es tan importante para las personas. No fue Ernesto, sino yo misma la que me desvirgué un día antes del acordado, con mi propia mano.
Lo primero que me saqué fue la camisa del colegio, y mientras Ernesto me acariciaba los senos le conté lo que había hecho. Se enojó muchísimo y no volvió a hablarme. Me dejó sola en su habitación y mientras me ponía la camisa, pude verlo a través de la ventana: nadaba. Fue la primera vez que lo vi nadar. A los pocos días, mamá y yo nos mudamos. Me acerqué a la ligustrina, pero él no estaba en el parque. Entonces, toqué el timbre de su casa, y al ver que era yo, cerró la puerta.
Cuando me hice amiga de Irene nos volvimos a frecuentar. ¿Te acordás cuando me cerraste la puerta en la cara?, le dije una tarde que estaba estudiando con Irene en el comedor de su casa. Ella había ido a la cocina a preparar café. Sí, me acuerdo. También me acuerdo de tus tetas, chiquitas, pero lindas. Me enojé y me fui a la cocina. Siempre era lo mismo con Ernesto.
X.
Tenía la misma edad que Bruno, treinta, pero parecía menos. Estuvimos de novios casi un año, después nos hicimos amigos, aunque casi siempre que nos volvemos a ver terminamos en la cama. Nos queremos, siempre nos vamos a querer, pienso. A veces me confundo y siento que estoy locamente enamorada de él, pero creo que es porque él ya formó una pareja estable y yo sigo flotando en el aire sin saber realmente qué es el amor, o mejor dicho, sigo creyendo en algo que no sé aún de qué se trata realmente, pero al mismo tiempo es la única forma que concibo de tener una pareja.
Unas noches antes de conocerlo volví a tener la experiencia del torbellino, pero en vez de llegar a un cielo negro, helado, arribé en una playa. Pude ver el mar moviéndose serenamente y a mi izquierda, en línea paralela al lugar donde estaba parada, la cabeza de un enorme cocodrilo, que al abrir la boca vomitó dos cocodrilitos. El primero, verde y brillante, fue rápidamente hacia el agua. El segundo en cambio, de un color rosa apagado, se quedó inmóvil durante un rato largo. Cuando el sol comenzó a lastimar su delicada piel, se fue desplazando lentamente, pero estaba ubicado al revés, por lo que se iba alejando cada vez más del agua. Quise tomarlo entre mis manos, pero me di cuenta de que yo era de aire y nada podía hacer para ayudarlo. Finalmente cayó en un pequeño pozo formado por una pisada humana y ni las quemaduras del sol hicieron que se moviera otra vez. No recuerdo cómo fue que pude volver, sólo sé que me resultó mucho más difícil que bajar del cielo, y cuando caí en la cama me dolió de una manera tan profunda y real que prefiero no condenarla a sobrevivir en palabras.
En ese momento pensé en escribir el cuento que comencé a contarle a Irene aquella noche. Pero cuando me dispuse a hacerlo, me di cuenta de que si mamá algún día llegaba a leerlo se acordaría del hijo que perdió y se pondría muy triste. Era bastante ingenua al creer que ya no lo recordaba.
XI.
El viernes me llamó Andrés. Me dijo que vio a una chica parecida a mí y le dieron ganas de saber cómo estaba. Le conté lo de mamá y me dijo que hoy va a venir a visitarme. No hace falta salir de casa para que pasen cosas, recuerdo que me dijo Irene, “Me tocaba las piernas e iba subiendo, hasta que al llegar a mi vagina, me miraba y decía, ¿te gusta Irenita? No, no, le decía. Siempre dicen que no, decía, entonces... No sé por qué le doy tanta importancia a ese hijo de puta, creo que si supiera que todavía pienso en eso se haría una paja. Encima mamá lo adoraba, pero era un hijo de puta Lucía, en serio, mi papá también lo odiaba y mamá tuvo que aceptar que no venga más a casa después de que la estafó a ella.” ¿Nunca les contaste a tus viejos lo que te hacía tu tío? Atiné a preguntar, pero apenas terminé de hablar me di cuenta de que había hecho una pregunta muy estúpida.
Tengo que llamarla. Hace mucho que no escucho su voz. Durante algún tiempo casi no nos comunicamos porque se iba mudando de un lugar a otro, hasta que finalmente se estableció en Barcelona. No volvió más a Buenos Aires. Ernesto se fue dos años después, pero no le va bien e Irene ya está un poco harta de tener que mantenerlo. Él me escribió hace unos meses y me preguntó, bromeando, si me habían crecido las tetas.
La extraño. Sé que el tiempo la habrá cambiado, como me cambió a mí, pero igual sigo imaginándola como era hace seis años. Cuando chatea usa una foto que le saqué en la puerta de la facultad. Está de perfil, con un cigarrillo en la mano y lleva un vestido blanco de mangas cortas. Sin olvidar su enorme sonrisa de costumbre.
XII.
Estoy esperando que llegue Andrés. Silvina estará en la casa de su madre ahora, imagino. Me pregunto si sus brazos... Recuerdo que no podía dejar de mirarlos. A Andrés le habrá pasado lo mismo un tiempo después, pienso. Cuando venga le voy a preguntar qué fue lo que lo enamoró de Silvina. Me va a decir que el enamoramiento es simplemente un estado, el menos importante de todos, y que no se acuerda qué lo enamoro o si realmente se enamoró. Sé que me va a decir eso. Después vamos a hacer el amor y nos vamos a mirar largamente, queriendo descubrir esas cosas que nunca vamos a decirnos.
XIII.
La noche antes de irse a vivir a Brasil, mamá y yo fuimos a comer a afuera. Cuando volvimos a casa nos sentamos en el living y abrimos una botella de champagne que había quedado en la heladera desde el día de su cumpleaños. No soporto las despedidas, pero con champagne puedo tolerarlas mejor, me dijo. Hablamos y nos reímos mucho, y mientras recordábamos viejas anécdotas, nos íbamos poniendo cada vez más borrachas. Después nos quedamos en silencio y mamá dejó sus ojos fijos en su rodilla. Cuando se dio cuenta de que yo también estaba mirando su cicatriz, me dijo: iba a ver a Carlos. Era pianista, más grande que yo, mucho más grande. Pero me desmayé y no me dejaron salir más del hotel. No sé que habrá pensado él, tal vez sólo iba a ser una aventura más en su vida. Yo todavía no me olvido cómo me tocaba. Nadie me tocó como él. Después vino tu padre, ya conocés esa historia. Era muy malo en la cama. Terminábamos siempre muy rápido. Después se daba vuelta y se dormía enseguida. Le pedía que me llevase a un hotel, a un hotel alojamiento, como al que imaginaba iba a llevarme Carlos esa tarde en la Falda, pero nunca quiso hacerlo, decía que ahí se llevaba a las atorrantas, no a las mujeres frígidas como yo. Yo no era frígida Lucía, no era frígida, era él el que no sabía tocarme y después ya no pude... ¿me creés si te digo que a pesar de todo lo quise? El amor es un collage, Lucía, y tu padre está ahí, todavía lo veo sentado frente a sus libros. También está Carlos, claro, y las manos de Carlos, y tu hermano, y vos, y muchas otras cosas. No se restan Lucía, se suman. Sí mamá, le dije, y las imágenes comenzaron a nacer en mí como nubes, que en un momento parecen una bandada de pequeños pájaros y enseguida se vuelven sólo manchas blancas distanciándose entre sí cada vez más. A diferencia de mamá, los rostros, los lugares, todos, todos los recuerdos, al intentar retenerlos, encerrarlos como si fueran fotografías, se desvanecían y sólo quedaban manchas distanciándose entre sí, y también de mí, a excepción de los brazos fuertes, intactos, de una mujer a la que una vez deseé, si es que acaso no amé, si es que acaso el amor no sea eso, un ángel caído que sacude las alas para olvidar el impacto.
XIV.
Andrés acaba de irse. Le pregunté qué lo había enamorado de Silvina y todo transcurrió como lo imaginé, excepto que antes de irse me dijo: creo que fueron sus brazos. Te parecerá una estupidez lo que digo, pero fue eso, Silvina tiene unos brazos muy lindos.
Buenos Aires, diciembre de 2008.
Tuesday, July 12, 2005
Memoria y Espectro

Memoria y Espectro
en El común olvido de Sylvia Molloy y Villa de Luis Gusmán
Introducción:
A fin de explicar la ideología como el proceso final de la dialéctica entre lo visible y lo invisible, lo imaginable y lo inimaginable y, retomando las categorías de Marx, entre la necesidad y la contingencia, Slavoj Zizek pone en juego el concepto lacaniano de espectro. Es en este punto donde se debería buscar el último recurso de la ideología, es decir, esta categoría sería el núcleo preideológico o matriz formal donde se sobreimponen las diversas formaciones ideológicas. Siguiendo los postulados de Lacan, los cuales Zizek retoma, puede afirmarse que no hay realidad sin espectro:
(…) la realidad nunca es directamente “ella misma”, se presenta sólo a través de su simbolización incompleta/fracasada, y las apariciones espectrales emergen en esta misma brecha que separa para siempre la realidad de los real, y a causa de la cual la realidad tiene el carácter de una ficción (simbólica): el espectro le da cuerpo a lo que escapa de la realidad (simbólicamente estructurada)[1]
Por lo tanto, lo real, al ser simbolizado, sufre en esta operación una distorsión o simulación, y lo que queda sin simbolizar (el trauma, lo real no simbolizable) es el punto alrededor del cual se estructura la realidad.
A partir de las afirmaciones expuestas, será el propósito de este análisis señalar las distorsiones en la construcción de realidades que se producen en los trabajos de memoria tanto de Daniel, protagonista de El común Olvido de Sylvia Molloy, como de Carlos Villa, protagonista de Villa de Luis Gusmán. Estas distorsiones (recuerdos encubridores, omisiones, automatismo) harán posible el surgimiento de apariciones espectrales que desestabilizarán las estructuras simbólicas de sus realidades (desestabilización que en el caso de Daniel devendrá revelación de un olvido y en el caso de Carlos Villa confesión de una culpa). Asimismo, ampliando el campo de análisis, es decir, no sólo deteniéndose en las realidades construidas por ambos personajes, sino enfocando la mirada hacia la realidad simbólica de la novela como género, quisiera señalar cómo en sus desplazamientos imaginarios con respecto a la historia surge de manera espectral el trauma irresuelto de la última dictadura en la Argentina.
Finalmente, retomaré las reflexiones de Yosef Hayim Yerushalmi con respecto a la ley (halakhah: “camino por donde se marcha”)[2], para ponerlas a la luz del análisis de las apariciones espectrales propuesto.
Memoria y Subjetividades: (Operaciones de apropiación del conocimiento en Daniel y Carlos Villa)
Olvido y traducción:
Como desarrollé en el informe monográfico de la novela de Sylvia Molloy, los desplazamientos imaginarios que realiza Daniel en la construcción de su trabajo de memoria pueden analizarse desde una operación de traducción de discursos ajenos, mecanismo adoptado por Daniel desde su época como estudiante universitario. Asimismo, fue señalado que esta apropiación de los discursos de sus testimoniantes es totalmente opuesta a la de una investigación historiográfica:
Nunca hace preguntas concretas (Daniel) que desencadenen un relato que lo ayude a recuperar información del pasado de su madre y que de alguna manera aclare cuestiones de su propia identidad. Es más, frente a personas que podrían revelarle cosas importantes con respecto a estas cuestiones (Específicamente Beatriz y Charlotte) el siente desconfianza y deseos de escapar. Sólo a Ana intenta conducirla, pero ella encarna el discurso más fragmentado de todos debido a su enfermedad (…) Por otra parte, no utiliza los documentos que también podrían revelarle acontecimientos significativos. Apenas hojea el diario de su madre y las cartas de su padre dirigidas a ella. Finalmente deshecha esos testimonios de papel, para seguir buscando por el camino más débil e indefinido de la oralidad.”[3]
Ahora bien, lo que Daniel deja fuera de esta operación (a través de la cual simboliza y conforma su realidad) es lo que podríamos llamar “lo real no simbolizable” o “espectro”. A partir de la revelación de Charlotte (la homosexualidad de la madre de Daniel) este espectro (olvido reprimido que se enmascara en un recuerdo encubridor)[4] conducirá a Daniel a una resimbolización de su realidad y a una nueva posibilidad de desplazamientos subjetivos.
Desplazamientos de la ley:
Quisiera exponer algunas consideraciones con respecto a la posición subjetiva de Carlos Villa, a fin de explicar cómo es que llega a refugiarse (como última instancia) en su trabajo de memoria (autómata). Asimismo, en su conformación de la realidad, lo que deja fuera y no quiere simbolizar, es conservado por Villa a través de objetos (huellas) que oculta y, aunque no quiere integrarlos a su estructura simbolizada, aparecerán de manera espectral, llevándolo finalmente a la confesión de una culpa. A diferencia de Daniel, la resimbolización que esta confesión provocará, no implicará sin embargo un desplazamiento de su subjetividad, sino una instancia necesaria para volver a centrar su posición. Esta posición puede analizarse a través de la figura de mosca, “el que revolotea alrededor de un grande, y si es un ídolo mejor”, es decir, es una posición regida por una ley exterior, alrededor de la cual el sujeto estructura su realidad. Los movimientos que transcurren a lo largo de la novela, no son los desplazamientos de la subjetividad de Carlos Villa, sino los de esta ley exterior en la que el personaje va reubicándose.
El primer desplazamiento de esta ley puede observarse tras el removimiento del Dr. Firpo de su cargo como Director y especialmente después de su muerte. Es en este momento en donde Carlos Villa siente la falta de un lugar seguro (falta de ley) y recentraliza su posición subjetiva apoyándose en la figura de Villalba (ley que no elige, pero la que se ve obligado a seguir por no querer cambiar su posición). Quisiera indicar que Carlos Villa, al encontrar al Dr. Firpo ya sin vida, toma su alfiler de corbata y lo mantiene oculto, gesto coleccionista y al mismo tiempo desencadenante de los episodios que lo unirán a Cummins y Mujica.
Necesidad de un informe:
Cummins y Mujica llevan a un hombre baleado para que Villa lo atienda, pero al mismo tiempo le exigen que no lo denuncie a la policía. Al ver que Villa de alguna manera se niega a cumplir con esa condición, Mujica, que hasta el momento no había hablado le dice:
(…) alguien como usted, doctor, capaz de robarle a un muerto, porque sabemos que se quedó con el alfiler de Firpo, como nos contó Villalba, debe ser un hombre de valor.[5]
El que Villalba les haya contado eso, hace pensar a Villa que por un lado no puede confiar en Villalba, y por otra parte, que Villalba evidentemente no confía en él. Eso significa que ya no puede regirse por la ley de Villalba, debe buscar otra ley alrededor de la cual estructurar su realidad.
Después de ese episodio vuelve a encontrarse con Cummins y Mujica, pero esta vez en una situación más extrema: debe reanimar a un hombre que fue sumamente torturado y finalmente Cummins y Mujica lo hacen “desaparecer”. A partir de ese momento, por miedo a que caiga el lópezrreguismo y encontrarse él en una situación extremadamente comprometida (y sin una ley a la cual atenerse) decide, como medida de protección, escribir un informe, que escribirá en código, utilizando las reglas mnemotécnicas que solía usar cuando estudiaba medicina. Será su memoria, entonces, el último lugar seguro, su última ley a la cual recurrir:
Confiaba en mi memoria. Como cuando estudiaba medicina y aprendía todo de memoria: tenía músculos y vísceras en la cabeza. Memorizaba cada parte del cuerpo y para los exámenes acudía a reglas mnemotécnicas: “Mamá es acróbata en dos circos”. La frase resumía el mundo de las arterias, (…). Mamá, las mamarias internas y externas; es la escapular; dos, las dos circunflejas externa e interna.[6]
Sin embargo, la escritura de este informe, tras la muerte de Elena (de la que Villa es responsable) toma otro matiz: no sólo el de protegerse, sino el de olvidar. Por supuesto que este olvido es un olvido simulado, un olvido que emergerá en forma de espectro.
Hacia la simbolización del espectro:
Como fuera indicado en el informe, cuando Daniel se instala en la casa de Charlotte y descubre que ella es la poseedora de los cuadros de su madre, comienza la revelación de su olvido. Sale del cuarto donde se encuentran los cuadros y no necesita preguntar nada, Charlotte está dispuesta a hablar de todos modos de la relación sentimental y sexual que la unió a la madre de Daniel. Asimismo, él no puede utilizar más sus recursos de evasión ya que se encuentra sumamente perturbado por el descubrimiento de los cuadros, especialmente de uno: el del niño (él) mirando a través de la puerta con la inscripción “¿Te gustaba mirarnos?”. Ese olvido indecible ya puede ser nombrado.
Quise interrumpir este monólogo que me ponía sumamente incómodo, que casi me chocaba. La sexualidad de mi madre pertenecía, o había pertenecido hasta entonces, a lo que no tiene nombre, y ahora los detalles que me daba Charlotte me empujaban a nombrarla.[7]
Siguiendo el análisis que hace Freud en Recuerdos de infancia y recuerdos encubridores, me interesa señalar que este “olvido indecible” que ahora puede ser nombrado, es posible que haya sido conservado en la memoria de Daniel como un recuerdo encubridor que rodeó al espectro o trauma. El recuerdo consistiría en la siguiente descripción realizada por Daniel:
Nos habíamos ido a vivir los dos solos, tengo recuerdos confusos del departamento adonde fuimos a parar, sé (porque ella me lo dijo luego) que estaba en la calle Ecuador (…) Con ella me sentía a salvo, como si los dos hubiéramos escapado de algo muy terrible. Desde el rincón donde me instalaba a leer o a jugar veía la puerta que daba a su dormitorio, siempre entreabierta, recuerdo el deslumbramiento que me producía la visión de ese cuarto, con su cama habitualmente repetida en las hondísimas perspectivas de las tres fases de un espejo veneciano, con pimpollos de rosa rojos y hojas verdes, de madera, en el marco, un regalo que le habían hecho a mi abuelo, decía mi madre, cuando era embajador. Yo quería mucho a mi madre en ese entonces y no era infeliz.[8]
Por su parte, Carlos Villa, que sólo cree en su escritura (con pretensiones objetivas) y en la posibilidad de olvidar a través de ella, vive una fuerte desestabilización de su ley (su memoria) al presentarle a Matienzo el informe y éste rechazarlo categóricamente y decirle:
Es el informe de un desesperado. Hay una pasión enfermiza en su descripción de Cummins y Mujica. (…) Tome, Villa, cargue con su propio engendro (el informe). Ni siquiera yo lo voy a aliviar. Lléveselo. Y lo relevo de la guardia, puede irse ya.[9]
Su memoria ya no es un lugar que lo proteja y le otorgue poder. Es aquí en donde cae en la desesperación radical, y surge el espectro de la muerte de Elena que empuja a Villa a realizar la confesión de una culpa imborrable (escribir para olvidar, como pretendía Villa, es sólo una pretensión ficticia, un olvido simulado) frente a la tumba en donde supuestamente se encuentra ella:
No sé por qué hice lo que hice. Todos los pensamientos surgieron después. Ahora podría empezar a darte algunas razones. (…) Sé que nunca más, o sólo muerto, voy a volver a atravesar esta puerta. (…) Ahora me voy a dar vuelta y te voy a dar la espalda, como les doy la espalda a todas las cosas que me duelen y que quiero ignorar. Hasta hoy me ha dado resultado. Por eso me despido, porque después voy a arrancar derecho hasta la puerta sin mirar para atrás. [10]
Ahora bien, este pasaje del espectro de la muerte de Elena a la simbolización de su realidad estructurada no modifica la posición subjetiva de Villa. Opta por dar la espalda al pasado anterior a que él se convirtiese en parte operante de la tortura infringida por la dictadura, aunque sin embargo lo conservará como huella a partir del secreto: en el final de la novela se puede observar en su decisión de no contarle nunca la historia de “mosca” a su mujer. Su nueva ley pasará a ser entonces la que le dictaminen Cummins y Mujica.
El espectro de la última dictadura argentina:
Retomando las conclusiones realizadas en el informe sobre El común olvido y a la luz del análisis de las apariciones espectrales que llevan a la desestabilización de las realidades simbolizadas tanto de Daniel como de Carlos Villa, me veo en la obligación de ampliar dichas reflexiones (que se refieren a que la conformación de nuevas subjetividades serían un posible camino por donde marchar, al mismo tiempo que estarían marcando la línea divisoria entre lo que debe olvidarse y lo que debe recordarse) e indicar cómo el desplazamiento imaginario de la discursividad literaria hace surgir desde voces diferentes a las del discurso histórico (que podrían considerarse “nuevas subjetividades discursivas”) el trauma irresuelto de la dictadura. En el caso de la novela de Sylvia Molloy, como su título lo indica, el espectro o trauma se hace visible a partir de ese “común olvido” que puede observarse en la omisión prácticamente total de este hecho en la discursividad de la novela. Sin embargo hay referencias, que podrían considerarse espectrales: no se dice el trauma pero evidentemente existe en el discurso marcas que nos remiten a ese “común olvido” que aún duele. Puede observarse en la siguiente reflexión de Daniel:
Todo roce con la institución, en la Argentina, me vuelve aprensivo, como una reacción refleja, como si llevara en el cuerpo la memoria de todos los miedos ajenos. Pienso: no he hecho nada, no me pueden hacer nada. Pienso inmediatamente: por supuesto que me pueden hacer algo, qué es lo que me irán a hacer, y a quién le pido ayuda.[11]
Por su parte, en la novela de Luis Gusmán el tiempo en que concluye la historia es clave: el inicio de la dictadura, en el que ya puede observarse de manera espectral el peligro y el horror que está por venir. Asimismo, considero significativo la conclusión de la confesión de Villa sobre la tumba de Elena y que cité anteriormente (Ahora me voy a dar vuelta y te voy a dar la espalda, como les doy la espalda a todas las cosas que me duelen y que quiero ignorar. Hasta hoy me ha dado resultado. Por eso me despido, porque después voy a arrancar derecho hasta la puerta sin mirar para atrás.). Tal vez sea este el gesto que más horror provoca, al mismo que ese “dar la espalda”, no permite ver el fantasma, el trauma irresuelto que necesita aún ser señalado.
Consideraciones finales:
En el informe monográfico expuse:
Yerushalmi señala que faltos de una halakhah no puede trazarse una división entre lo excesivo y lo escaso de la investigación histórica. Al mismo tiempo, se posiciona, desde una elección moral, del lado de lo excesivo, por miedo al olvido. De este modo quienes establezcan un día una nueva halakhah podrán pasar la historia por el tamiz y recuperar lo que buscan.
Quisiera agregar que los desplazamientos imaginarios que hace la discursividad literaria con respecto a los acontecimientos históricos pueden ayudar a la memoria colectiva, por la cual trabaja la historia, diciendo el olvido sin darle un lugar (operación que necesariamente debe hacer el discurso historiográfico), mostrando el fantasma que las políticas de olvido no logran ocultar.
[1] Slalov Zizek, El espectro de la ideología, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica de Argentina, S.A., 2003, pág. 31.
[2] Reflexiones expuestas en el informe monográfico.
[3] Cita textual del informe monográfico acerca de El común olvido.
[4] Cuestión que será analizada más adelante.
[5] Luis Gusmán, Villa, Buenos Aires, Alfaguara S.A., 1995, pág. 133 y 134.
[6] Ibíd., pág. 144.
[7] Sylvia Molloy, El común olvido, Editorial Norma 2004. pág. 334.
[8] Ibíd., pág. 138 y 139.
[9] Luis Gusmán, Ibíd., pág. 206, 207 y 208.
[10] Ibíd., pág. 216 y 218.
[11] Sylvia Molloy, Ibíd., pág. 93.
en El común olvido de Sylvia Molloy y Villa de Luis Gusmán
Introducción:
A fin de explicar la ideología como el proceso final de la dialéctica entre lo visible y lo invisible, lo imaginable y lo inimaginable y, retomando las categorías de Marx, entre la necesidad y la contingencia, Slavoj Zizek pone en juego el concepto lacaniano de espectro. Es en este punto donde se debería buscar el último recurso de la ideología, es decir, esta categoría sería el núcleo preideológico o matriz formal donde se sobreimponen las diversas formaciones ideológicas. Siguiendo los postulados de Lacan, los cuales Zizek retoma, puede afirmarse que no hay realidad sin espectro:
(…) la realidad nunca es directamente “ella misma”, se presenta sólo a través de su simbolización incompleta/fracasada, y las apariciones espectrales emergen en esta misma brecha que separa para siempre la realidad de los real, y a causa de la cual la realidad tiene el carácter de una ficción (simbólica): el espectro le da cuerpo a lo que escapa de la realidad (simbólicamente estructurada)[1]
Por lo tanto, lo real, al ser simbolizado, sufre en esta operación una distorsión o simulación, y lo que queda sin simbolizar (el trauma, lo real no simbolizable) es el punto alrededor del cual se estructura la realidad.
A partir de las afirmaciones expuestas, será el propósito de este análisis señalar las distorsiones en la construcción de realidades que se producen en los trabajos de memoria tanto de Daniel, protagonista de El común Olvido de Sylvia Molloy, como de Carlos Villa, protagonista de Villa de Luis Gusmán. Estas distorsiones (recuerdos encubridores, omisiones, automatismo) harán posible el surgimiento de apariciones espectrales que desestabilizarán las estructuras simbólicas de sus realidades (desestabilización que en el caso de Daniel devendrá revelación de un olvido y en el caso de Carlos Villa confesión de una culpa). Asimismo, ampliando el campo de análisis, es decir, no sólo deteniéndose en las realidades construidas por ambos personajes, sino enfocando la mirada hacia la realidad simbólica de la novela como género, quisiera señalar cómo en sus desplazamientos imaginarios con respecto a la historia surge de manera espectral el trauma irresuelto de la última dictadura en la Argentina.
Finalmente, retomaré las reflexiones de Yosef Hayim Yerushalmi con respecto a la ley (halakhah: “camino por donde se marcha”)[2], para ponerlas a la luz del análisis de las apariciones espectrales propuesto.
Memoria y Subjetividades: (Operaciones de apropiación del conocimiento en Daniel y Carlos Villa)
Olvido y traducción:
Como desarrollé en el informe monográfico de la novela de Sylvia Molloy, los desplazamientos imaginarios que realiza Daniel en la construcción de su trabajo de memoria pueden analizarse desde una operación de traducción de discursos ajenos, mecanismo adoptado por Daniel desde su época como estudiante universitario. Asimismo, fue señalado que esta apropiación de los discursos de sus testimoniantes es totalmente opuesta a la de una investigación historiográfica:
Nunca hace preguntas concretas (Daniel) que desencadenen un relato que lo ayude a recuperar información del pasado de su madre y que de alguna manera aclare cuestiones de su propia identidad. Es más, frente a personas que podrían revelarle cosas importantes con respecto a estas cuestiones (Específicamente Beatriz y Charlotte) el siente desconfianza y deseos de escapar. Sólo a Ana intenta conducirla, pero ella encarna el discurso más fragmentado de todos debido a su enfermedad (…) Por otra parte, no utiliza los documentos que también podrían revelarle acontecimientos significativos. Apenas hojea el diario de su madre y las cartas de su padre dirigidas a ella. Finalmente deshecha esos testimonios de papel, para seguir buscando por el camino más débil e indefinido de la oralidad.”[3]
Ahora bien, lo que Daniel deja fuera de esta operación (a través de la cual simboliza y conforma su realidad) es lo que podríamos llamar “lo real no simbolizable” o “espectro”. A partir de la revelación de Charlotte (la homosexualidad de la madre de Daniel) este espectro (olvido reprimido que se enmascara en un recuerdo encubridor)[4] conducirá a Daniel a una resimbolización de su realidad y a una nueva posibilidad de desplazamientos subjetivos.
Desplazamientos de la ley:
Quisiera exponer algunas consideraciones con respecto a la posición subjetiva de Carlos Villa, a fin de explicar cómo es que llega a refugiarse (como última instancia) en su trabajo de memoria (autómata). Asimismo, en su conformación de la realidad, lo que deja fuera y no quiere simbolizar, es conservado por Villa a través de objetos (huellas) que oculta y, aunque no quiere integrarlos a su estructura simbolizada, aparecerán de manera espectral, llevándolo finalmente a la confesión de una culpa. A diferencia de Daniel, la resimbolización que esta confesión provocará, no implicará sin embargo un desplazamiento de su subjetividad, sino una instancia necesaria para volver a centrar su posición. Esta posición puede analizarse a través de la figura de mosca, “el que revolotea alrededor de un grande, y si es un ídolo mejor”, es decir, es una posición regida por una ley exterior, alrededor de la cual el sujeto estructura su realidad. Los movimientos que transcurren a lo largo de la novela, no son los desplazamientos de la subjetividad de Carlos Villa, sino los de esta ley exterior en la que el personaje va reubicándose.
El primer desplazamiento de esta ley puede observarse tras el removimiento del Dr. Firpo de su cargo como Director y especialmente después de su muerte. Es en este momento en donde Carlos Villa siente la falta de un lugar seguro (falta de ley) y recentraliza su posición subjetiva apoyándose en la figura de Villalba (ley que no elige, pero la que se ve obligado a seguir por no querer cambiar su posición). Quisiera indicar que Carlos Villa, al encontrar al Dr. Firpo ya sin vida, toma su alfiler de corbata y lo mantiene oculto, gesto coleccionista y al mismo tiempo desencadenante de los episodios que lo unirán a Cummins y Mujica.
Necesidad de un informe:
Cummins y Mujica llevan a un hombre baleado para que Villa lo atienda, pero al mismo tiempo le exigen que no lo denuncie a la policía. Al ver que Villa de alguna manera se niega a cumplir con esa condición, Mujica, que hasta el momento no había hablado le dice:
(…) alguien como usted, doctor, capaz de robarle a un muerto, porque sabemos que se quedó con el alfiler de Firpo, como nos contó Villalba, debe ser un hombre de valor.[5]
El que Villalba les haya contado eso, hace pensar a Villa que por un lado no puede confiar en Villalba, y por otra parte, que Villalba evidentemente no confía en él. Eso significa que ya no puede regirse por la ley de Villalba, debe buscar otra ley alrededor de la cual estructurar su realidad.
Después de ese episodio vuelve a encontrarse con Cummins y Mujica, pero esta vez en una situación más extrema: debe reanimar a un hombre que fue sumamente torturado y finalmente Cummins y Mujica lo hacen “desaparecer”. A partir de ese momento, por miedo a que caiga el lópezrreguismo y encontrarse él en una situación extremadamente comprometida (y sin una ley a la cual atenerse) decide, como medida de protección, escribir un informe, que escribirá en código, utilizando las reglas mnemotécnicas que solía usar cuando estudiaba medicina. Será su memoria, entonces, el último lugar seguro, su última ley a la cual recurrir:
Confiaba en mi memoria. Como cuando estudiaba medicina y aprendía todo de memoria: tenía músculos y vísceras en la cabeza. Memorizaba cada parte del cuerpo y para los exámenes acudía a reglas mnemotécnicas: “Mamá es acróbata en dos circos”. La frase resumía el mundo de las arterias, (…). Mamá, las mamarias internas y externas; es la escapular; dos, las dos circunflejas externa e interna.[6]
Sin embargo, la escritura de este informe, tras la muerte de Elena (de la que Villa es responsable) toma otro matiz: no sólo el de protegerse, sino el de olvidar. Por supuesto que este olvido es un olvido simulado, un olvido que emergerá en forma de espectro.
Hacia la simbolización del espectro:
Como fuera indicado en el informe, cuando Daniel se instala en la casa de Charlotte y descubre que ella es la poseedora de los cuadros de su madre, comienza la revelación de su olvido. Sale del cuarto donde se encuentran los cuadros y no necesita preguntar nada, Charlotte está dispuesta a hablar de todos modos de la relación sentimental y sexual que la unió a la madre de Daniel. Asimismo, él no puede utilizar más sus recursos de evasión ya que se encuentra sumamente perturbado por el descubrimiento de los cuadros, especialmente de uno: el del niño (él) mirando a través de la puerta con la inscripción “¿Te gustaba mirarnos?”. Ese olvido indecible ya puede ser nombrado.
Quise interrumpir este monólogo que me ponía sumamente incómodo, que casi me chocaba. La sexualidad de mi madre pertenecía, o había pertenecido hasta entonces, a lo que no tiene nombre, y ahora los detalles que me daba Charlotte me empujaban a nombrarla.[7]
Siguiendo el análisis que hace Freud en Recuerdos de infancia y recuerdos encubridores, me interesa señalar que este “olvido indecible” que ahora puede ser nombrado, es posible que haya sido conservado en la memoria de Daniel como un recuerdo encubridor que rodeó al espectro o trauma. El recuerdo consistiría en la siguiente descripción realizada por Daniel:
Nos habíamos ido a vivir los dos solos, tengo recuerdos confusos del departamento adonde fuimos a parar, sé (porque ella me lo dijo luego) que estaba en la calle Ecuador (…) Con ella me sentía a salvo, como si los dos hubiéramos escapado de algo muy terrible. Desde el rincón donde me instalaba a leer o a jugar veía la puerta que daba a su dormitorio, siempre entreabierta, recuerdo el deslumbramiento que me producía la visión de ese cuarto, con su cama habitualmente repetida en las hondísimas perspectivas de las tres fases de un espejo veneciano, con pimpollos de rosa rojos y hojas verdes, de madera, en el marco, un regalo que le habían hecho a mi abuelo, decía mi madre, cuando era embajador. Yo quería mucho a mi madre en ese entonces y no era infeliz.[8]
Por su parte, Carlos Villa, que sólo cree en su escritura (con pretensiones objetivas) y en la posibilidad de olvidar a través de ella, vive una fuerte desestabilización de su ley (su memoria) al presentarle a Matienzo el informe y éste rechazarlo categóricamente y decirle:
Es el informe de un desesperado. Hay una pasión enfermiza en su descripción de Cummins y Mujica. (…) Tome, Villa, cargue con su propio engendro (el informe). Ni siquiera yo lo voy a aliviar. Lléveselo. Y lo relevo de la guardia, puede irse ya.[9]
Su memoria ya no es un lugar que lo proteja y le otorgue poder. Es aquí en donde cae en la desesperación radical, y surge el espectro de la muerte de Elena que empuja a Villa a realizar la confesión de una culpa imborrable (escribir para olvidar, como pretendía Villa, es sólo una pretensión ficticia, un olvido simulado) frente a la tumba en donde supuestamente se encuentra ella:
No sé por qué hice lo que hice. Todos los pensamientos surgieron después. Ahora podría empezar a darte algunas razones. (…) Sé que nunca más, o sólo muerto, voy a volver a atravesar esta puerta. (…) Ahora me voy a dar vuelta y te voy a dar la espalda, como les doy la espalda a todas las cosas que me duelen y que quiero ignorar. Hasta hoy me ha dado resultado. Por eso me despido, porque después voy a arrancar derecho hasta la puerta sin mirar para atrás. [10]
Ahora bien, este pasaje del espectro de la muerte de Elena a la simbolización de su realidad estructurada no modifica la posición subjetiva de Villa. Opta por dar la espalda al pasado anterior a que él se convirtiese en parte operante de la tortura infringida por la dictadura, aunque sin embargo lo conservará como huella a partir del secreto: en el final de la novela se puede observar en su decisión de no contarle nunca la historia de “mosca” a su mujer. Su nueva ley pasará a ser entonces la que le dictaminen Cummins y Mujica.
El espectro de la última dictadura argentina:
Retomando las conclusiones realizadas en el informe sobre El común olvido y a la luz del análisis de las apariciones espectrales que llevan a la desestabilización de las realidades simbolizadas tanto de Daniel como de Carlos Villa, me veo en la obligación de ampliar dichas reflexiones (que se refieren a que la conformación de nuevas subjetividades serían un posible camino por donde marchar, al mismo tiempo que estarían marcando la línea divisoria entre lo que debe olvidarse y lo que debe recordarse) e indicar cómo el desplazamiento imaginario de la discursividad literaria hace surgir desde voces diferentes a las del discurso histórico (que podrían considerarse “nuevas subjetividades discursivas”) el trauma irresuelto de la dictadura. En el caso de la novela de Sylvia Molloy, como su título lo indica, el espectro o trauma se hace visible a partir de ese “común olvido” que puede observarse en la omisión prácticamente total de este hecho en la discursividad de la novela. Sin embargo hay referencias, que podrían considerarse espectrales: no se dice el trauma pero evidentemente existe en el discurso marcas que nos remiten a ese “común olvido” que aún duele. Puede observarse en la siguiente reflexión de Daniel:
Todo roce con la institución, en la Argentina, me vuelve aprensivo, como una reacción refleja, como si llevara en el cuerpo la memoria de todos los miedos ajenos. Pienso: no he hecho nada, no me pueden hacer nada. Pienso inmediatamente: por supuesto que me pueden hacer algo, qué es lo que me irán a hacer, y a quién le pido ayuda.[11]
Por su parte, en la novela de Luis Gusmán el tiempo en que concluye la historia es clave: el inicio de la dictadura, en el que ya puede observarse de manera espectral el peligro y el horror que está por venir. Asimismo, considero significativo la conclusión de la confesión de Villa sobre la tumba de Elena y que cité anteriormente (Ahora me voy a dar vuelta y te voy a dar la espalda, como les doy la espalda a todas las cosas que me duelen y que quiero ignorar. Hasta hoy me ha dado resultado. Por eso me despido, porque después voy a arrancar derecho hasta la puerta sin mirar para atrás.). Tal vez sea este el gesto que más horror provoca, al mismo que ese “dar la espalda”, no permite ver el fantasma, el trauma irresuelto que necesita aún ser señalado.
Consideraciones finales:
En el informe monográfico expuse:
Yerushalmi señala que faltos de una halakhah no puede trazarse una división entre lo excesivo y lo escaso de la investigación histórica. Al mismo tiempo, se posiciona, desde una elección moral, del lado de lo excesivo, por miedo al olvido. De este modo quienes establezcan un día una nueva halakhah podrán pasar la historia por el tamiz y recuperar lo que buscan.
Quisiera agregar que los desplazamientos imaginarios que hace la discursividad literaria con respecto a los acontecimientos históricos pueden ayudar a la memoria colectiva, por la cual trabaja la historia, diciendo el olvido sin darle un lugar (operación que necesariamente debe hacer el discurso historiográfico), mostrando el fantasma que las políticas de olvido no logran ocultar.
[1] Slalov Zizek, El espectro de la ideología, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica de Argentina, S.A., 2003, pág. 31.
[2] Reflexiones expuestas en el informe monográfico.
[3] Cita textual del informe monográfico acerca de El común olvido.
[4] Cuestión que será analizada más adelante.
[5] Luis Gusmán, Villa, Buenos Aires, Alfaguara S.A., 1995, pág. 133 y 134.
[6] Ibíd., pág. 144.
[7] Sylvia Molloy, El común olvido, Editorial Norma 2004. pág. 334.
[8] Ibíd., pág. 138 y 139.
[9] Luis Gusmán, Ibíd., pág. 206, 207 y 208.
[10] Ibíd., pág. 216 y 218.
[11] Sylvia Molloy, Ibíd., pág. 93.
Wednesday, June 15, 2005
Ningún mensaje nuevo

Deep reflexion By Yvonne Orozco
Es cierto que uno puede darse cuenta de que no ha recibido ningún mensaje nuevo tan sólo por la entonación del Usted. Si es ascendente hay mensajes y si es descendente “Usted, no ha recibido ningún mensaje nuevo”. Pero también es cierto que cuando estamos esperando desesperadamente un llamado, aunque sea por un segundo, hasta que no escuchamos el “no”, tenemos la esperanza de que esa persona que deseamos que llame nos dejó un mensaje. Ahora bien, las telefónicas tendrían que ser más consideradas con las almas solitarias y agregar algunas palabras de aliento, “es verdad, no ha recibido ningún mensaje nuevo, pero si dentro de dos días aún nadie lo llama le haremos una rebaja del 50% en llamadas de larga distancia, o no sé, cualquier promoción que termine con “gracias por elegirnos. Que tenga usted buen día”.
Hay momentos en la vida que revisar el contestador es casi en lo único que pienso. Cada vez que salgo del baño lo marco por miedo a no haber escuchado el teléfono, sí, ya sé que es una estupidez… ¿cómo no lo voy a oír, si está ahí, a dos pasos? Pero claro, quizás justo cuando apreté el botón sonó y atendió directamente el contestador…
Es cierto que uno puede darse cuenta de que no ha recibido ningún mensaje nuevo tan sólo por la entonación del Usted. Si es ascendente hay mensajes y si es descendente “Usted, no ha recibido ningún mensaje nuevo”. Pero también es cierto que cuando estamos esperando desesperadamente un llamado, aunque sea por un segundo, hasta que no escuchamos el “no”, tenemos la esperanza de que esa persona que deseamos que llame nos dejó un mensaje. Ahora bien, las telefónicas tendrían que ser más consideradas con las almas solitarias y agregar algunas palabras de aliento, “es verdad, no ha recibido ningún mensaje nuevo, pero si dentro de dos días aún nadie lo llama le haremos una rebaja del 50% en llamadas de larga distancia, o no sé, cualquier promoción que termine con “gracias por elegirnos. Que tenga usted buen día”.
Hay momentos en la vida que revisar el contestador es casi en lo único que pienso. Cada vez que salgo del baño lo marco por miedo a no haber escuchado el teléfono, sí, ya sé que es una estupidez… ¿cómo no lo voy a oír, si está ahí, a dos pasos? Pero claro, quizás justo cuando apreté el botón sonó y atendió directamente el contestador…
El privilegio del pasado y sus investiduras

Pasado e Historia
Para explicar el surgimiento del recuerdo, Henri Bergson presenta dos alternativas:
O el presente no deja huella alguna en la memoria, o es que se desdobla en todo instante, desde su mismo surgimiento, en dos chorros simétricos, uno de los cuales revierte hacia el pasado mientras el otro se abalanza hacia el futuro.[1]
Si el presente no dejara huella alguna en la memoria, el sujeto saltaría de instante a instante, y tanto la memoria como el olvido no tendrían lugar. Puede afirmarse entonces que el recuerdo no es una construcción posterior a la percepción, sino que su surgimiento se produce al mismo tiempo. La ilusión de que el recuerdo es posterior a la percepción se explica en la medida en que no tenemos que hacer mediante el recuerdo las cosas cuando tenemos las cosas mismas. Asimismo, Bergson señala que la memoria no es una facultad de clasificar los recuerdos. Una facultad se ejerce de modo intermitente, pero el pasado, al acumularse sin tregua, no hace posible esta intermitencia. La memoria es por lo tanto continua y el pasado se conserva por sí mismo, automáticamente, inclinándose hacia el presente y presionando sobre la puerta de la conciencia:
El mecanismo cerebral está hecho precisamente para rechazar la casi totalidad en el inconsciente y para introducir en la conciencia lo que por naturaleza sirve para aclarar la situación presente, para ayudar a la acción que se prepara, a proporcionar por último un trabajo útil. (…) Sin duda, no pensamos más que con una pequeña parte de nuestro pasado, pero es con nuestro pasado todo entero, incluido nuestra curvatura de alma original, como deseamos, queremos, actuamos. Nuestro pasado se manifiesta por tanto íntegramente en nosotros por su impulso y en forma de tendencia, aunque sólo una débil parte se convierta en representación.[2]
En Sobre la utilidad y los perjuicios de la historia para la vida, Friedrich Nietzsche denomina sentido histórico a esta acumulación del pasado propia del hombre. Asimismo, señala la necesidad vital de un sentido no-histórico, es decir, la capacidad de olvido:
Imaginemos el caso extremo de un hombre que careciera de la facultad de olvido y estuviera condenado a ver en todo un devenir, un hombre semejante no creería en su propia existencia, no creería en sí, vería todo disolverse en una multitud de puntos móviles, perdería pie en ese fluir del devernir.[3]
Esta capacidad de olvido o sentido no-histórico es semejante a la noción de inconsciente que señala Bergson. Si bien para él el pasado se manifiesta íntegramente en la acción del sujeto, éste está indeterminado casi en su totalidad, puesto que permanece en el inconsciente, condición necesaria que hace posible la acción o la vida, siguiendo las reflexiones de Nietzsche.
La diferenciación entre el sentido histórico y el sentido no-histórico es el punto inicial que utiliza Nietzsche para indicar la hipertrofia, que veía como peligro en la práctica histórica positivista de su época. Para Nietzsche la historia considerada como ciencia pura va en detrimento de la vida, es decir, debilita el presente y corta las raíces del futuro, puesto que su objetivo termina siendo sólo el aumento de conocimientos en sí mismo. A su vez señala tres tipos de revestimientos que puede adoptar el pasado para servir a la vida y que corresponden a tres tipos de historia: la historia monumental, la historia anticuaria y la historia crítica. La primera se ve motivada para quien la adopta, en la medida en que es un ser activo y persigue un objetivo. Dice Nietzsche al respecto:
Su consigna es: lo que una vez fue capaz de agrandar el concepto de “hombre” y llenarlo de un contenido más bello tiene que existir siempre para ser capaz de realizar eso eternamente. (…) – es la idea fundamental de la fe en la humanidad que encuentra su expresión en la exigencia de una historia monumental.[4]
Este revestimiento monumental del pasado, al mismo tiempo acarrea consigo un peligro:
Mientras el pasado tenga que ser descrito como digno de imitación, como imitable y posible otra segunda vez, incurre, ciertamente, en el peligro de ser distorsionado, de ser embellecido, y se acerca así a la pura invención poética.. [5]
La historia anticuaria tiene su origen en la necesidad de quien persiste en lo habitual y lo venera a lo largo del tiempo. Se dice a sí mismo:
Aquí se pudo vivir, por tanto aquí se puede vivir y aquí se podrá vivir, pues somos tenaces y no se nos derrumbará de un día para otro.[6]
Al igual que la historia monumental, la historia anticuaria también lleva consigo un peligro: el sentido anticuario tiene un campo de visión limitado y los fenómenos se perciben de manera muy cercana y aislada, lo que hace que pueda llegar a considerarse todo igualmente importante y no se cuente con una escala de valores y de proporciones que respondan a las relaciones de las cosas entre sí. En paralelo con las reflexiones que realiza Bergson con respecto a la memoria individual, el sentido anticuario sería similar a un hombre que no pudiera guardar el pasado en su inconsciente. Éste se presentaría íntegramente, pero perfectamente localizado, lo que haría imposible cualquier tipo de relaciones de pensamiento. Señala Nietzsche:
Esto crea siempre un peligro inminente: en definitiva, todo lo antiguo y pasado que entra en este campo de visión es, sin más, aceptado como igualmente digno de veneración; todo lo que no muestra, respecto a lo antiguo, esta reverencia, o sea, lo que es nuevo y está en fase de realización, es rechazado y encuentra hostilidad.[7]
Finalmente, el tercer modo de historia, es decir, la historia crítica, está motivada por la necesidad de traer el pasado ante la justicia y someterla a un interrogatorio minucioso para, finalmente, condenarlo. El peligro aquí, consiste en la dificultad de encontrar un límite en la negación del pasado, pero al mismo tiempo, la historia crítica corre con una ventaja:
Sucede con demasiada frecuencia que conocemos lo que es bueno, pero no lo realizamos porque conocemos también lo que es mejor, sin poderlo hacer. Pero algunos llegan, sin embargo a ganar esta batalla, y para los que luchan, para los que se sirven de la historia crítica para la vida, hay siempre un notable consuelo: el saber que esta primera naturaleza fue una vez segunda naturaleza y que toda segunda naturaleza, cuando triunfa, se convierte, a su vez, en primera naturaleza.[8]
Memoria e Historia
Para explicar el surgimiento del recuerdo, Henri Bergson presenta dos alternativas:
O el presente no deja huella alguna en la memoria, o es que se desdobla en todo instante, desde su mismo surgimiento, en dos chorros simétricos, uno de los cuales revierte hacia el pasado mientras el otro se abalanza hacia el futuro.[1]
Si el presente no dejara huella alguna en la memoria, el sujeto saltaría de instante a instante, y tanto la memoria como el olvido no tendrían lugar. Puede afirmarse entonces que el recuerdo no es una construcción posterior a la percepción, sino que su surgimiento se produce al mismo tiempo. La ilusión de que el recuerdo es posterior a la percepción se explica en la medida en que no tenemos que hacer mediante el recuerdo las cosas cuando tenemos las cosas mismas. Asimismo, Bergson señala que la memoria no es una facultad de clasificar los recuerdos. Una facultad se ejerce de modo intermitente, pero el pasado, al acumularse sin tregua, no hace posible esta intermitencia. La memoria es por lo tanto continua y el pasado se conserva por sí mismo, automáticamente, inclinándose hacia el presente y presionando sobre la puerta de la conciencia:
El mecanismo cerebral está hecho precisamente para rechazar la casi totalidad en el inconsciente y para introducir en la conciencia lo que por naturaleza sirve para aclarar la situación presente, para ayudar a la acción que se prepara, a proporcionar por último un trabajo útil. (…) Sin duda, no pensamos más que con una pequeña parte de nuestro pasado, pero es con nuestro pasado todo entero, incluido nuestra curvatura de alma original, como deseamos, queremos, actuamos. Nuestro pasado se manifiesta por tanto íntegramente en nosotros por su impulso y en forma de tendencia, aunque sólo una débil parte se convierta en representación.[2]
En Sobre la utilidad y los perjuicios de la historia para la vida, Friedrich Nietzsche denomina sentido histórico a esta acumulación del pasado propia del hombre. Asimismo, señala la necesidad vital de un sentido no-histórico, es decir, la capacidad de olvido:
Imaginemos el caso extremo de un hombre que careciera de la facultad de olvido y estuviera condenado a ver en todo un devenir, un hombre semejante no creería en su propia existencia, no creería en sí, vería todo disolverse en una multitud de puntos móviles, perdería pie en ese fluir del devernir.[3]
Esta capacidad de olvido o sentido no-histórico es semejante a la noción de inconsciente que señala Bergson. Si bien para él el pasado se manifiesta íntegramente en la acción del sujeto, éste está indeterminado casi en su totalidad, puesto que permanece en el inconsciente, condición necesaria que hace posible la acción o la vida, siguiendo las reflexiones de Nietzsche.
La diferenciación entre el sentido histórico y el sentido no-histórico es el punto inicial que utiliza Nietzsche para indicar la hipertrofia, que veía como peligro en la práctica histórica positivista de su época. Para Nietzsche la historia considerada como ciencia pura va en detrimento de la vida, es decir, debilita el presente y corta las raíces del futuro, puesto que su objetivo termina siendo sólo el aumento de conocimientos en sí mismo. A su vez señala tres tipos de revestimientos que puede adoptar el pasado para servir a la vida y que corresponden a tres tipos de historia: la historia monumental, la historia anticuaria y la historia crítica. La primera se ve motivada para quien la adopta, en la medida en que es un ser activo y persigue un objetivo. Dice Nietzsche al respecto:
Su consigna es: lo que una vez fue capaz de agrandar el concepto de “hombre” y llenarlo de un contenido más bello tiene que existir siempre para ser capaz de realizar eso eternamente. (…) – es la idea fundamental de la fe en la humanidad que encuentra su expresión en la exigencia de una historia monumental.[4]
Este revestimiento monumental del pasado, al mismo tiempo acarrea consigo un peligro:
Mientras el pasado tenga que ser descrito como digno de imitación, como imitable y posible otra segunda vez, incurre, ciertamente, en el peligro de ser distorsionado, de ser embellecido, y se acerca así a la pura invención poética.. [5]
La historia anticuaria tiene su origen en la necesidad de quien persiste en lo habitual y lo venera a lo largo del tiempo. Se dice a sí mismo:
Aquí se pudo vivir, por tanto aquí se puede vivir y aquí se podrá vivir, pues somos tenaces y no se nos derrumbará de un día para otro.[6]
Al igual que la historia monumental, la historia anticuaria también lleva consigo un peligro: el sentido anticuario tiene un campo de visión limitado y los fenómenos se perciben de manera muy cercana y aislada, lo que hace que pueda llegar a considerarse todo igualmente importante y no se cuente con una escala de valores y de proporciones que respondan a las relaciones de las cosas entre sí. En paralelo con las reflexiones que realiza Bergson con respecto a la memoria individual, el sentido anticuario sería similar a un hombre que no pudiera guardar el pasado en su inconsciente. Éste se presentaría íntegramente, pero perfectamente localizado, lo que haría imposible cualquier tipo de relaciones de pensamiento. Señala Nietzsche:
Esto crea siempre un peligro inminente: en definitiva, todo lo antiguo y pasado que entra en este campo de visión es, sin más, aceptado como igualmente digno de veneración; todo lo que no muestra, respecto a lo antiguo, esta reverencia, o sea, lo que es nuevo y está en fase de realización, es rechazado y encuentra hostilidad.[7]
Finalmente, el tercer modo de historia, es decir, la historia crítica, está motivada por la necesidad de traer el pasado ante la justicia y someterla a un interrogatorio minucioso para, finalmente, condenarlo. El peligro aquí, consiste en la dificultad de encontrar un límite en la negación del pasado, pero al mismo tiempo, la historia crítica corre con una ventaja:
Sucede con demasiada frecuencia que conocemos lo que es bueno, pero no lo realizamos porque conocemos también lo que es mejor, sin poderlo hacer. Pero algunos llegan, sin embargo a ganar esta batalla, y para los que luchan, para los que se sirven de la historia crítica para la vida, hay siempre un notable consuelo: el saber que esta primera naturaleza fue una vez segunda naturaleza y que toda segunda naturaleza, cuando triunfa, se convierte, a su vez, en primera naturaleza.[8]
Memoria e Historia
En la medida en que no existe un órgano de la memoria colectiva, ésta no registra el pasado automáticamente, como es el caso de la memoria individual, sino que precisa de un registro, del que la historia necesariamente se sirve. Ahora bien, no hay hechos históricos a-priori, sino que es el historiador quien recorta su objeto y le plasma valor histórico. En este recorte, es decir, en las investiduras con que presenta al pasado, plasma al mismo tiempo su ideología. En Nietzsche puede observarse esta cuestión en los tres tipos de historia señaladas anteriormente. Hayden White, por su parte plantea este punto en su análisis sobre el discurso histórico. Señala:
Los acontecimientos reales deberían simplemente ser; pueden servir perfectamente de referentes de un discurso, pueden ser narrados, pero no deberían ser formulados como tema de una narrativa.[9].
La narrativa, entonces, pasa a ser el objeto en cuestión para analizar la fundamentación de la historia y su deber moral, puesto que no es posible una narración, en tanto recorte y artificio de representación, que no esté sostenida por una moral. Asimismo, señala que la doxa del establishment historiográfico moderno supone que hay tres tipos de representación histórica: los anales, la crónica y la historia propiamente dicha. La imperfección de las dos primeras consistiría en su fracaso de no poder captar la plena narratividad de los acontecimientos reales del pasado. Pero él señala que no se trata de historias imperfectas, sino más bien de productos particulares de posibles concepciones de la realidad histórica, al igual que la “historia propiamente dicha”, que también es otra investidura del pasado, puesto que este no puede representarse objetivamente, sino a través de la narrativa:
Convencionalmente no basta que un relato histórico trate de acontecimientos reales en vez de meramente imaginarios; y no basta que el relato represente los acontecimientos en su orden discursivo de acuerdo con la secuencia cronológica en que originalmente se produjeron. Los acontecimientos no sólo han de registrarse dentro del marco cronológico en el que sucedieron originalmente sino que además han de narrarse, es decir, relevarse como sucesos dotados de una estructura, un orden de significación que no posee como mera secuencia..[10]
Por lo tanto, no sólo la ideología de la práctica histórica está en el recorte de su objeto, que puede observarse en las distinciones de las historias que realiza Nietzsche, sino que existe otro nivel, el de la narrativa, que utilizan todas las investiduras del pasado, en donde se plasma el orden y significación de los hechos, ya que éstos no los poseen a-priori: son dados a partir de su forma narrativa adoptada por el historiador.
[1] Bergson, Henri, La memoria o los grados de la duración, Ed. cast.: Alianza Editorial, Madrid, 2004, pág. 58.
[2] Ibíd., pág. 56.
[3] Nietzsche, Friedrich, Sobre la utilidad y los perjuicios de la historia para la vida, Ed. cast.: Editorial EDAF, Madrid, 2000, pág. 38.
[4] Ibíd., pág. 51.
[5] Ibíd., pág. 55.
[6] Ibíd., pág. 60.
[7] Ibíd., pág. 62-63.
[8] Ibíd., pág. 66-67.
[9] White, Hayden, El valor de la narrativa en la representación de la realidad, Ed. cast.: Ediciones Paidós Ibérica, S.A., Barcelona, 1987, pág. 19.
[10] Ibíd., pág. 21.
Yvonne otra vez (no me da tregua en mi intento de hacer de éste un blog serio)
Cronograma de sueños de verano:
Tomar leche cortada y mandar a mamá a la cárcel
Creer en Dios y que se sienta mal
Enseñarle a la maestra cómo se llega al país de Alicia
Enseñarle a la maestra cómo se llega al país de Alicia
Contar hasta el infinito con los dedos
Decirle a Pitufo Filósofo que me cae simpático
Aprender a tocar el piano con Lou Reed y que mamá Laurie Anderson me rete en japonés
Ser una trovadora pop
Figurar en las revistas y que me recorten los pajeros
Tomar whisky con Morrison
Tocar la pandereta en un recital de Janis Joplin
Atender el teléfono y ser yo
Preguntarle a Antonin si le gusta mi voz
Hacer radio con Beckett
Conseguir el papel de vaca comunista y reírme con Brecht en alemán
Postergar mi viaje a Berlín porque vino a visitarme Virginia Woolf
Dibujar la mano de la Reina Isabel y que Orlando me diga “sí, así es, así es”
Filmar el divorcio de Penélope y actuar como su abogada
Filmar el divorcio de Penélope y actuar como su abogada
Robarle los zapatos a mi abuela y ser acusada, no de robo, sino de herencia
Ser responsable y que papá se sienta orgulloso
Trabajar como obrera en una fabrica de alfileres
Tener un amigo como Engels
Colaborar con los exiliados lingüísticos
Desertar y que El Che me tenga bronca
Pasear con Rosas por Lavalle
Evitar que maten a Pasolini y pedirle un autógrafo
Disfrazarme de polígrafa y ser odiada por los hombres
Matar a Teseo y fugarme con el Minotauro
Ir a misa con Burroughs y cantar canciones de Tom Waits
Decirle a Apolonio que a Paul no lo soporto
Conversar con Fijman en la Plaza España
Ver la mano de Rilke cuando escribía Salomé
Darle un beso a Proust antes de que se duerma
Cenar con Jack the Ripper y hablarle de Allan Poe
Mover las manos con dirección de Pina Bausch
Florecer en la montaña
Llegar al cielo y darme cuenta de que en realidad prefiero el agua
Vivir en un teatro*
* Disfrutarlo todo, serlo todo.
Vivir en un teatro*
* Disfrutarlo todo, serlo todo.
Tuesday, June 14, 2005
Una lectura del Común Olvido

El olvido revelado en El común olvido de Sylvia Molloy
Yosef Hayim Yerushalmi en un coloquio realizado en 1982 en París, titulado “Usos del olvido”, reflexiona acerca del lugar donde se debería trazar la frontera de la memoria y el olvido en la disciplina histórica.
En principio, señala que cuando se dice que “un pueblo recuerda”, en realidad se dice primero que un pasado fue activamente transmitido a las generaciones contemporáneas a través de los receptáculos y canales de la memoria y después ese pasado se recibió cargado de un sentido propio. Inversamente, cuando un “pueblo olvida” la generación poseedora del pasado no la transmite a la siguiente, o bien un pueblo decide rechazarlo o cesar de transmitirlo.
Esta ruptura en la transmisión puede producirse bruscamente o al término de un proceso de erosión que ha abarcado varias generaciones. Toma como paradigma de estas reflexiones el análisis de la tradición hebrea. ¿Pero que se entiende por la metáfora de “la memoria de un pueblo”? Yerushalmi señala que es el movimiento dual de recepción y transmisión dirigida hacia el futuro. Asimismo, agrega:
Lo único que la memoria retiene es aquella historia que pueda integrarse en el sistema de valores de la halakhah (ley). El resto es ignorado, “olvidado”. [1]
La halakhah, o ley, no debe entenderse en su acepción jurídica, sino etimológica: halakhah como “marcha” o “camino por el que se marcha”.
Centrándose en lo concerniente a la especificidad de la práctica histórica Yerushalmi señala que en el siglo XIX la historia se convierte en una disciplina independiente, de rápidos progresos y que ambiciona restaurar todo el pasado, motivada por la creciente aspiración a la objetividad científica. Es entonces cuando Nietzsche advierte el peligro de una hipertrofia de la memoria histórica que va en contra de la vida.
Yosef Hayim Yerushalmi en un coloquio realizado en 1982 en París, titulado “Usos del olvido”, reflexiona acerca del lugar donde se debería trazar la frontera de la memoria y el olvido en la disciplina histórica.
En principio, señala que cuando se dice que “un pueblo recuerda”, en realidad se dice primero que un pasado fue activamente transmitido a las generaciones contemporáneas a través de los receptáculos y canales de la memoria y después ese pasado se recibió cargado de un sentido propio. Inversamente, cuando un “pueblo olvida” la generación poseedora del pasado no la transmite a la siguiente, o bien un pueblo decide rechazarlo o cesar de transmitirlo.
Esta ruptura en la transmisión puede producirse bruscamente o al término de un proceso de erosión que ha abarcado varias generaciones. Toma como paradigma de estas reflexiones el análisis de la tradición hebrea. ¿Pero que se entiende por la metáfora de “la memoria de un pueblo”? Yerushalmi señala que es el movimiento dual de recepción y transmisión dirigida hacia el futuro. Asimismo, agrega:
Lo único que la memoria retiene es aquella historia que pueda integrarse en el sistema de valores de la halakhah (ley). El resto es ignorado, “olvidado”. [1]
La halakhah, o ley, no debe entenderse en su acepción jurídica, sino etimológica: halakhah como “marcha” o “camino por el que se marcha”.
Centrándose en lo concerniente a la especificidad de la práctica histórica Yerushalmi señala que en el siglo XIX la historia se convierte en una disciplina independiente, de rápidos progresos y que ambiciona restaurar todo el pasado, motivada por la creciente aspiración a la objetividad científica. Es entonces cuando Nietzsche advierte el peligro de una hipertrofia de la memoria histórica que va en contra de la vida.
Con respecto a esta cuestión, Yerushalmi señala que no es la búsqueda histórica el problema, en la medida en que la frontera entre el recuerdo y el olvido no puede encontrarse dentro de la disciplina de la historia (no hay a priori hechos que no sean dignos de ser historiados) sino la falta de halakhah, falta de camino por donde marchar, entendiendo a la misma como el conjunto de ritos y creencias que dan al pueblo el sentido de su identidad. La crisis de la historia es sólo el reflejo de la crisis espiritual y cultural que esta falta provoca.
A modo de conclusión afirma que faltos de una halakhah no puede trazarse una división entre lo excesivo y lo escaso de la investigación histórica. Al mismo tiempo, se posiciona, desde una elección moral, del lado de lo excesivo, por miedo al olvido. De este modo quienes establezcan un día una nueva halakhah podrán pasar la historia por el tamiz y recuperar lo que buscan.
Quisiera trasladar estas reflexiones al trabajo de memoria que lleva a cabo Daniel, el protagonista de “El común olvido” para analizar de qué manera a través de la construcción de nuevas subjetividades se hace posible delinear este “camino por el que se marcha” y que permitiría delinear la frontera entre lo que debe recordarse y lo que debe olvidarse.
A modo de conclusión afirma que faltos de una halakhah no puede trazarse una división entre lo excesivo y lo escaso de la investigación histórica. Al mismo tiempo, se posiciona, desde una elección moral, del lado de lo excesivo, por miedo al olvido. De este modo quienes establezcan un día una nueva halakhah podrán pasar la historia por el tamiz y recuperar lo que buscan.
Quisiera trasladar estas reflexiones al trabajo de memoria que lleva a cabo Daniel, el protagonista de “El común olvido” para analizar de qué manera a través de la construcción de nuevas subjetividades se hace posible delinear este “camino por el que se marcha” y que permitiría delinear la frontera entre lo que debe recordarse y lo que debe olvidarse.
Traductor y coleccionista:
Cuenta Daniel que muy de joven descubrió que le costaba concentrarse y a pesar de que le encantaba leer, rara vez podía atender a lo que leía más allá de las primeras tres o cuatro páginas. Dice:
Cuando en un seminario de literatura francesa quedó claro que yo no había leído un texto con suficiente cuidado (...), el profesor me dijo, como al descuido, ¿por qué no lo traduce a medida que lo lee? Creo que no entendía el término literalmente, creo que más bien me estaba indicando que al leer el texto tratar de traducirlo mentalmente para domesticarlos, pero yo tomé el consejo al pie de la letra y lo traduje de veras. Fueron algunas de las semanas más felices de mi vida. Descubrí que por fin podía prestar atención al texto de otro, porque lo estaba rescribiendo, haciéndolo mío. [2]
Esta forma de apropiación de los textos puede verse también en la apropiación que hace de los discursos de los otros: deja que los testimoniantes hablen de lo que ellos quieren, para luego apropiarse de esos discursos como si fueran textos que debe traducir y descifrar. Este trabajo es el opuesto a un trabajo de investigación que podría realizar un historiador: nunca hace preguntas concretas que desencadenen un relato que lo ayude a recuperar información del pasado de su madre y que de alguna manera aclare cuestiones de su propia identidad. Es más, frente a personas que podrían revelarle cosas importantes con respecto a estas cuestiones (Específicamente Beatriz y Charlotte) el siente desconfianza y deseos de escapar. Sólo a Ana intenta conducirla, pero ella encarna el discurso más fragmentado de todos debido a su enfermedad:
Le menciono como siempre el nombre de mi madre, como al pasar, desprovisto de referentes precisos y siempre en el presente -me ha dicho Julia que mañana va a haber tormenta-, para ver si logro hacerla recordar, hacer que una de las hebras sueltas de su memoria por un momento se enrosque al nombre y desencadene un relato. [3]
Por otra parte, no utiliza los documentos que también podrían revelarle acontecimientos significativos. Apenas hojea el diario de su madre y las cartas de su padre dirigidas a ella. Finalmente deshecha esos testimonios de papel, para seguir buscando por el camino más débil e indefinido de la oralidad.
¿Pero a qué se debe toda esta deconstrucción histórica? ¿Qué motiva a Daniel llevar a cabo esta re-colección de discursos fragmentados?
En principio, quisiera destacar el sentido anticuario de Daniel. Nietzsche señala al respecto:
El sentido anticuario de un individuo, de una comunidad, de todo un pueblo, tiene siempre un campo de visión muy limitado, no percibe la mayor parte de los fenómenos, y los pocos que percibe los ve demasiado cerca y de forma muy aislada. No puede evaluar los objetos y, en consecuencia, considera todo igualmente importante y, por eso da demasiada importancia a las cosas singulares.[4]
Más adelante agrega:
Cuando la historia sirve al pasado hasta el punto de debilitar la vida presente y, especialmente, la vida superior, cuando el sentido histórico ya no conserva la vida sino que la momifica, entonces el árbol muere de modo natural, disecándose gradualmente desde la cúpula hasta las raíces. La historia anticuaria degenera en el momento mismo en que ya no está animada e inspirada por la fresca vida del presente.[5]
Si bien Daniel viene a Buenos Aires a buscar algo perdido que no puede especificar qué es exactamente, al mismo tiempo se le hace muy difícil renunciar a su posición de traductor y coleccionista que debilita su vida presente:
Te voy a decir algo y no quiero que te enojes me dice Simón y noto ansiedad en su voz, yo no puedo seguir participando a distancia en esta búsqueda que para ti se ha vuelto rutinaria, familiar, y que a mí, de lejos, me parece maniática, abrumadora. ¿Te das cuenta de que no me hablas de otra cosa, que nuestras conversaciones giran en torno a lo que te dijo alguien de alguien, que estás en perpetuo chismorreo que tomas por una pesquisa, que no te fijas en otra cosa, no me dices nada de lo que pasa a tu alrededor?[6]
Daniel reflexiona al respecto:
Soy un inútil: no sólo se me fragmenta el mundo de acá, este Buenos Aires de pacotilla en el que deambulo, sino también el de allá, el que creía firme, el mundo del que salí para poder regresar a él sin que me lo cambiaran.[7]
Una vez más se hace evidente su afán coleccionista, en la pretensión de querer recuperar su mundo de Buenos Aires, sin que por eso nada cambie su mundo de Estados Unidos, como si estos no se trataran de relaciones en las que él participa, y más bien fueran objetos que pueden sumarse.
Miedo al olvido revelado:
En este punto me interesa destacar algo muy importante que aún no fue señalado. Daniel viene a Buenos Aires a recuperar algo que olvidó, y al mismo tiempo olvidó que olvidó. Aunque parezca banal, considero necesario aclarar que jamás puede olvidarse algo que no se conoció anteriormente. Este olvido es la homosexualidad de su madre.
Es interesante observar cómo a lo largo del relato aparecen las marcas de omisión deliberada que hace Daniel respecto a este tema:
Borra completamente todos los recuerdos referidos a su madre con Charlotte y jamás trató de averiguar la razón por la que su madre no terminaba de aceptar la homosexualidad de él (que podría ser el disparador que abriera el terreno para que la madre revelase su propia sexualidad). Por otra parte, recuerda muy bien a los amantes hombres de su madre y siempre hace hincapié en una característica atribuida al rol femenino convencional cuando pregunta constantemente a todos sus testimoniantes si su madre “era linda”. Casi todos le responden que “no, precisamente lo que se dice linda, no”. Era otra cosa, que Daniel por el momento no está dispuesto a oír.
Este olvido que se revela casi al final del relato por parte de Charlotte, quien fue amante de la madre de Daniel, desestructura la posición de subjetividad de Daniel y le abre las puertas a una exterioridad de ese campo de subjetividad por el que se movía. Esa exterioridad sea muy probableme nte lo que Daniel vino a buscar a Buenos Aires.
En este punto me interesa destacar algo muy importante que aún no fue señalado. Daniel viene a Buenos Aires a recuperar algo que olvidó, y al mismo tiempo olvidó que olvidó. Aunque parezca banal, considero necesario aclarar que jamás puede olvidarse algo que no se conoció anteriormente. Este olvido es la homosexualidad de su madre.
Es interesante observar cómo a lo largo del relato aparecen las marcas de omisión deliberada que hace Daniel respecto a este tema:
Borra completamente todos los recuerdos referidos a su madre con Charlotte y jamás trató de averiguar la razón por la que su madre no terminaba de aceptar la homosexualidad de él (que podría ser el disparador que abriera el terreno para que la madre revelase su propia sexualidad). Por otra parte, recuerda muy bien a los amantes hombres de su madre y siempre hace hincapié en una característica atribuida al rol femenino convencional cuando pregunta constantemente a todos sus testimoniantes si su madre “era linda”. Casi todos le responden que “no, precisamente lo que se dice linda, no”. Era otra cosa, que Daniel por el momento no está dispuesto a oír.
Este olvido que se revela casi al final del relato por parte de Charlotte, quien fue amante de la madre de Daniel, desestructura la posición de subjetividad de Daniel y le abre las puertas a una exterioridad de ese campo de subjetividad por el que se movía. Esa exterioridad sea muy probableme nte lo que Daniel vino a buscar a Buenos Aires.
Camino hacia la exterioridad:
En “la desaparición del sujeto” Peter Bürger analiza los movimientos del sujeto moderno dentro de un campo de subjetividades. A grandes rasgos, este campo estaría delimitado por dos polos: el cogito cartesiano, sujeto del saber o yo-entendimiento, que es el sujeto autónomo que investiga el orden puramente mecánico de la naturaleza y emplea para sus propios fines las fuerzas así descubiertas, convirtiéndose así mismo en instrumento de la conquista del mundo. Asimismo, es necesario que controle sus pasiones, transformándolas en fuerzas motrices de su actividad y al mismo tiempo olvide que es una criatura mortal. El otro polo es el yo-angustia, analizado por Pascal a través del concepto de Ennui, en el que el sujeto pierde todo interés por el mundo y sus congéneres.
El primer momento de angustia significante del “yo” que puede observarse en Daniel es cuando explica su resistencia frente a la lectura y que él supera mediante la traducción.
Esta tarea de traducción de textos, es desplazada por Daniel a otra instancia: la traducción de los discursos ajenos que realiza en su trabajo de memoria. Coleccionar recuerdos ajenos es su forma de escribir y librarse de la angustia. Sin embargo, esta escritura que le proporciona distancia con la propia angustia, al mismo tiempo lo hace renunciar a la vida. Se encuentra huyendo permanentemente de algo indecible que le inspira miedo. La escritura sería entonces la forma de tratar con esa experiencia sin decirla jamás. Pero la experiencia extrema y traumática de la muerte de su madre hace que Daniel vea sacudida esta estructura del “yo-traductor”. Viene a Buenos Aires en busca de algo que no puede decir al igual que esta experiencia, de un olvido que finalmente podrá nombrar, en tanto renuncie a este “yo-traductor” que no está dispuesto a hacer, pero el cual estará forzado a abandonar luego de la revelación forzosa e inevitable que le hace Charlotte. Ahora bien, por un lado no está dispuesto a cambiar la posición de su “yo-traductor”, pero sin embargo lo indecible (el olvido que se revelará, es decir, la homosexualidad de su madre) es posible que traspase los mecanismos de defensa de este “yo-duro” dirigido permanentemente a la omisión de los datos que permitirían hacerlo salir a la luz, es posible que hable a través del cuerpo: el accidente que sufre Daniel puede pensarse no como una fatalidad, sino como el camino que lo conducirá a la casa de Charlotte donde el olvido se revelará finalmente.
El olvido revelado:
Cuando Daniel se instala en la casa de Charlotte y descubre que ella es la poseedora de los cuadros de su madre, comienza la revelación de su olvido. Sale del cuarto donde se encuentran los cuadros y no necesita preguntar nada, Charlotte está dispuesta a hablar de todos modos de la relación sentimental y sexual que la unió a la madre de Daniel. Asimismo, él no puede utilizar más sus recursos de evasión ya que se encuentra sumamente perturbado por el descubrimiento de los cuadros, especialmente de uno: el del niño (él) mirando a través de la puerta con la inscripción “¿Te gustaba mirarnos?”. Ese olvido indecible ya puede ser nombrado.
Quise interrumpir este monólogo que me ponía sumamente incómodo, que casi me chocaba. La sexualidad de mi madre pertenecía, o había pertenecido hasta entonces, a lo que no tiene nombre, y ahora los detalles que me daba Charlotte me empujaban a nombrarla. [8]
Me interesa señalar al respecto una reflexiones de Christa Bürger: a partir de la delimitación del campo de las subjetividades se marca al mismo tiempo un afuera que sería el lugar de la mujer. Este afuera es lo que no se puede convertir en objeto de saber universal (sujeto del saber) ni en objeto de experiencia particular (sujeto de la experiencia). Este lugar del no saber y de la indeterminación sólo se hace visible cuando las mujeres empiezan a salirse del orden de los sexos.
Este “afuera del campo” que se hace visible a los ojos de Daniel, lo empuja a replantearse su propia posición subjetiva. Encuentra un lugar indeterminado que apenas puede nombrar, ese olvido que vanamente buscó en una traducción (o escritura) de datos inútiles que fue coleccionando. Abandona entonces su tarea de traductor de discursos y vuelve a Estados Unidos con la esperanza de encontrar un mundo que el olvido no haya devastado totalmente.
Cuando Daniel se instala en la casa de Charlotte y descubre que ella es la poseedora de los cuadros de su madre, comienza la revelación de su olvido. Sale del cuarto donde se encuentran los cuadros y no necesita preguntar nada, Charlotte está dispuesta a hablar de todos modos de la relación sentimental y sexual que la unió a la madre de Daniel. Asimismo, él no puede utilizar más sus recursos de evasión ya que se encuentra sumamente perturbado por el descubrimiento de los cuadros, especialmente de uno: el del niño (él) mirando a través de la puerta con la inscripción “¿Te gustaba mirarnos?”. Ese olvido indecible ya puede ser nombrado.
Quise interrumpir este monólogo que me ponía sumamente incómodo, que casi me chocaba. La sexualidad de mi madre pertenecía, o había pertenecido hasta entonces, a lo que no tiene nombre, y ahora los detalles que me daba Charlotte me empujaban a nombrarla. [8]
Me interesa señalar al respecto una reflexiones de Christa Bürger: a partir de la delimitación del campo de las subjetividades se marca al mismo tiempo un afuera que sería el lugar de la mujer. Este afuera es lo que no se puede convertir en objeto de saber universal (sujeto del saber) ni en objeto de experiencia particular (sujeto de la experiencia). Este lugar del no saber y de la indeterminación sólo se hace visible cuando las mujeres empiezan a salirse del orden de los sexos.
Este “afuera del campo” que se hace visible a los ojos de Daniel, lo empuja a replantearse su propia posición subjetiva. Encuentra un lugar indeterminado que apenas puede nombrar, ese olvido que vanamente buscó en una traducción (o escritura) de datos inútiles que fue coleccionando. Abandona entonces su tarea de traductor de discursos y vuelve a Estados Unidos con la esperanza de encontrar un mundo que el olvido no haya devastado totalmente.
Consideraciones finales:
Volviendo a las reflexiones de la introducción me interesaría plantear esta revelación de un afuera del campo de subjetividades como un “camino por el que se marcha”. Yaerushalmi señala que esta halakhah no puede encontrase dentro de la disciplina de la historia, ya que se trata de una crisis espiritual y cultural, pero tal vez sea posible encontrarla en la conformación de subjetividades nuevas que se vuelven visibles al salir de sus roles y revelan nuevas posibilidades de vida, al mismo tiempo que estarían marcando la línea divisoria entre lo que debe recordarse y lo que debe olvidarse.
Volviendo a las reflexiones de la introducción me interesaría plantear esta revelación de un afuera del campo de subjetividades como un “camino por el que se marcha”. Yaerushalmi señala que esta halakhah no puede encontrase dentro de la disciplina de la historia, ya que se trata de una crisis espiritual y cultural, pero tal vez sea posible encontrarla en la conformación de subjetividades nuevas que se vuelven visibles al salir de sus roles y revelan nuevas posibilidades de vida, al mismo tiempo que estarían marcando la línea divisoria entre lo que debe recordarse y lo que debe olvidarse.
[1] Yerusahlmi, Y. H., Reflexiones sobre el olvido, 1982.
[2] Molloy, Sylvia, El común olvido, Editorial Norma 2004. pág. 34
[3] Molloy, Sylvia, Ibíd. pág. 91.
[4] Nietzsche, F., Consideraciones intempestivas 2. pág.62.
[5] Ibíd, pág. 63
[6] Molloy, Sylvia, Ibid. pág. 223
[7] Ibíd. pág. 226
[8] Ibíd. pág. 334
Saturday, June 11, 2005
Friday, June 10, 2005
Manifiesto frustrado de adolescentes perdedores que intentan hacer algo y no pueden (Yvonne y sus amigos)

En estos tiempos, en los que parecería haber una explosión de poesía, en los que se llenan páginas y páginas de efímeros versos, lo que percibimos nosotros, los que vamos por el camino empedrado de la creación poética, el camino de la reescritura, la página en blanco, la frustración, el deseo, el silencio, la euforia, la resignación y en algunos pocos momentos, la felicidad de un buen verso, repito, lo que percibimos es un espacio vacío, ocupado fugazmente por instalaciones poéticas, recitales poéticos, publicaciones poéticas, hechos por personas a las que no hay que restarles el mérito de la acción, pero sin dejar de observar que esas puestas en escena no tienen bases que las sostengan en el tiempo, que están impulsadas por una búsqueda del momento. Cuando tratamos de encontrar en dónde radica la poética de esos eventos y de esas publicaciones, volvemos otra vez al lugar vacío que tiene la poesía actualmente.
Los que formamos parte de este proyecto tenemos la ambición de escribir sobre el cuerpo blanco de ese lugar. Tarea por cierto odisíaca. Se trata de emprender un largísimo y dificultoso viaje, porque creemos que la poesía no se encuentra, sino que se busca hasta caer en ella, sin nada que amortigüe el impacto. No es fácil, porque el poeta que entrega su deseo y energía a esa tarea está siempre dispuesto a perder y a que lo devoren los lobos. En definitiva es un guerrero que, frente a la contemporaneidad que le exige inmediatez, se ve obligado a combatirla con palabras y formas pensadas, sentidas, transformadas una y mil veces.
Una y mil veces, esa es nuestra propuesta, golpear incansablemente nuestro cuerpo de palabras contra el suelo fosilizado de la lengua, hasta lograr que hable de nuestro tiempo y nuestra condición humana.
Los que formamos parte de este proyecto tenemos la ambición de escribir sobre el cuerpo blanco de ese lugar. Tarea por cierto odisíaca. Se trata de emprender un largísimo y dificultoso viaje, porque creemos que la poesía no se encuentra, sino que se busca hasta caer en ella, sin nada que amortigüe el impacto. No es fácil, porque el poeta que entrega su deseo y energía a esa tarea está siempre dispuesto a perder y a que lo devoren los lobos. En definitiva es un guerrero que, frente a la contemporaneidad que le exige inmediatez, se ve obligado a combatirla con palabras y formas pensadas, sentidas, transformadas una y mil veces.
Una y mil veces, esa es nuestra propuesta, golpear incansablemente nuestro cuerpo de palabras contra el suelo fosilizado de la lengua, hasta lograr que hable de nuestro tiempo y nuestra condición humana.


