Friday, January 19, 2007

Rosario o Dolores

Mamá dice que papá, uno de mis primeros veranos en la playa, me llevó al mar y vino una ola gigante que me revolcó lo suficiente como para que en el resto de las vacaciones me negase terminantemente a volver al agua. Yo no me acuerdo de eso. Sí recuerdo que un par de años después fui con mi hermanita de la mano hasta la orilla para mostrarle el mar de cerca y también recuerdo su cara de sorpresa cuando se dio cuenta de que el mar nos estaba llevando. Hay una foto de ese momento, a papá le encantaba sacarnos fotos, teníamos mallas iguales, con un dibujo de hello kitty, pero la mía era rosa y la de ella amarilla. Ese día debió ser el único que pudimos ir a la playa, el resto de las vacaciones llovió y llovió y una noche hubo una tormenta tan terrible que a la mañana siguiente no pudimos salir del hotel porque las puertas estaban tapadas por la arena. El mar estaba a unos pocos metros, desde el comedor lo veíamos y a mí me encantaba, me parecía muy inspirador, no sabía bien para qué, pero no importaba, era la época en que me interesaban las cosas por sí mismas sin pensar mucho en el para qué. Otro verano, cuando tenía siete u ocho me hice amiga de una nena que paraba en el mismo hotel y hace días que en vano intento recordar su nombre. Puede ser que se llamase Rosario o Dolores. Tenía el pelo muy corto. A mí me daba un poco de tristeza Rosario o Dolores, porque no estaba con su mamá ni su papá y tampoco tenía hermanos. Veraneaba con dos tías abuelas, su mamá estaba trabajando y a su papá nunca lo vio, me dijo. Me daba tristeza, pero sobre todo admiración porque era tan... grande. Nunca se portaba mal, comía toda la comida y después de comer, en vez de ir al salón de juegos, al mini-cine o a pelearse con los demás chicos para subirse a las hamacas, en vez de todo eso, leía. Se iba a la sala de lectura con sus tías abuelas y se hiperconcentraba en libros enormes de tapas duras. Ahí estaba papá también . Yo, sólo porque quería estar cerca de Rosario o Dolores, a veces me llevaba un libro de los que encontraba en la habitación, pero a la segunda página sentía que mi cabeza se iba ablandando y en cualquier momento el peinado se me iba a desarmar. No aguantaba... y qué bronca me daba, porque como no sabía qué hacer empezaba a hablar y papá me decía que por qué mejor no me iba a las hamacas. Mis papás la amaban a Rosario o Dolores, y yo también, pero mi hermanita no tanto porque la consideraba una persona aburrida que jamás se hubiese prendido a hacer la torre de caracoles que hicimos una noche sobre la mesa de ping pong y que cuando empezaron a salirse de sus casitas y se convirtieron en una gran masa babosa nos hizo morir de risa porque los demás se estaban muriendo de asco. A mí igual no me aburría Rosario o Dolores, era una maestra de cosas útiles y las cosas que me enseñaba, yo sentía que servían para que mamá y papá me quisiesen más. Por ejemplo, un día sirvieron una sopa con fideos y si había algo que odiaba eran los fideos flotando en caldo ¡pobres fideítos ahogados! Rosario, desde su mesa, me hizo señas, entonces, siguiendo sus indicaciones mímicas, aprendí que apoyando la cuchara podía tomar sólo el caldo. A los ahogados me los comí después sin problemas, porque no me daban impresión los ahogados, sino los ahogados que flotaban. Cuando terminé la sopa le pedí permiso a papá para levantarme de la mesa y me fui con Rosario a dar vueltas por el hotel. A cambio de enseñarme a tomar la sopa le mostré unos pasadizos por los que nos metíamos con mi hermanita para jugar a “Laberinto” y le dije (y pocas veces sentí tantas ganas de que alguien me diga que sí) si no quería que mis papás la adoptasen.

Creo que se llamaba Dolores.

Thursday, January 18, 2007

Euge Fotógrafa (Luli)


Tuesday, January 09, 2007

Miedo a la lavandina

Una vez me acuerdo que papá ganó un premio en el trabajo. Con la plata del premio, en vez de hacer la pileta, cambió el auto y mandó a construir una especie de mini casa (con tejas rojas y cerámicas españolas) en el fondo de la nuestra, a la que hizo llamar “la sala de herramientas”, aunque con el tiempo debió acostumbrarse a que todos nos refiriésemos a ella como “el galpón”. Nunca supe bien en qué consistía su trabajo. En la escuela, cuando tenía que escribir acerca de las profesión de papá, yo inventaba. Decía que era explorador, músico, dentista o jardinero. Y todo eso para no inventar realmente, para escribir, digamos, cosas que sí sabía de qué se trataban. No es que no intentase saber qué hacía papá, yo preguntaba, pero las respuestas eran muy vagas. Hacía algo con las computadoras, pero no hacía computadoras. Sabía de programación, pero no tenía nada que ver con la tele. Hasta ahí llegaba mi conocimiento. También sabía que se trataba de un trabajo que implicaba mucho “estrés” (palabra que aprendí de muy chica). A la noche se levantaba y se confundía todo. Eso me daba miedo, porque que me confundiese a mí con su secretaria y me gritase porque no había solucionado el problema con los “proveedores” (que me los figuraba algo así como mafiosos, mentirosos, gente mala contra la que papá tenía que luchar para salvar al mundo, al pequeño mundo que era el mundo de mi infancia), que me confundiese con su secretaria no era nada grave, lo grave era que así como se confundía eso, una noche, sin querer, en vez de servirse el whisky que mamá escondía junto a los productos de limpieza, también se podía confundir, y en vez de whisky, se podía servir lavandina. Yo no sabía que la lavandina podía matar, hasta que una tarde, cuando estaba preparando el bolso para ir a patín, mi abuela me dijo que si yo me iba, ella se iba a tomar un vaso de lavandina. ¡Qué feo abuela!, le dije, ¿por qué no tomás Coca-cola? Y ahí me contó que si uno toma lavandina se muere. No le gustaba estar sola, pero yo tenía que ir a patín, carecía de dotes naturales como para darme el lujo de faltar al entrenamiento, así que cuando el abuelo, que era el que me acompañaba al club, dijo "vamos", yo me colgué el bolso como si nada y no le conté lo que me había dicho la abuela. Al volver de patín imaginé la casa vacía. Todos estarían en el hospital, o, según la cantidad de lavandina que hubiese tomado la abuela, tal vez ya estarían en la funeraria. Imaginé las últimas palabras de la abuela, “yo se lo dije a Eugenita y ella se fue igual”, entonces papá, el abuelo, mi hermana y hasta mamá, que no soportaba ni un poco a la abuela, me iban a empezar a odiar por desalmada, fría, egoísta y prepotente (este último adjetivo le encantaba a mamá, lo decía todo el tiempo). No pasó nada de eso. Parece que la abuela me hizo caso: cuando volví y abrí la heladera, ya no había más Coca. Muerta de sed, debo confesar que pensé en tomar lavandina, pero me dio miedo.

Friday, December 29, 2006

Euge fotógrafa (Hoy, La Boca)











Marcio












desde el patio de mi casa




Fotonovela







despedida de solteros de mamá y papá













mamá y papá se casaron
fueron felices... y comieron









liebres.





















Thursday, December 21, 2006

FIESTA-A-MANSALVA

Villancicos Brutales en Neuquén 4

Tuesday, December 19, 2006

Monday, December 18, 2006

Wednesday, December 13, 2006


Mi amiga Léa me escribe desde Lyon, hola guapa, cómo estás? (….) ¿Leíste El año del desierto? Yo le respondo, Leíta querida, qué alegría tener noticias tuyas. No, no la leí, la tapa me pareció muy fea, pero tengo amigos que la leyeron y dijeron que es una gran novela. Ah, qué bueno, me dice Léa, porque el otro día me robé un ejemplar en la Feria del Libro de Frankfurt. A la gente de Interzona, les pido que no tomen acciones legales contra Léa, pero si quieren hacerlo, Léa es la rubia.

Tuesday, December 12, 2006

Cuando con mis amigas hablábamos de cómo nos gustaría que fuera nuestra casa de casadas, yo salteaba la parte del casamiento: definitivamente sería soltera. Tampoco me imaginaba en una edad intermedia, digamos, dieciocho, treinta, cuarenta, no. Me imaginaba viejísima, con un rodete negro decorando mi cabeza, anteojos enormes de color rosa pálido, mamá de tres o cuatro gatos, pero nada deprimida, con muchos ex amantes que vendrían a visitarme para conversar, recordar anécdotas, muchas amigas también, que al igual que mis ex amantes, variarían en edades y preferencias de cepas .

Mi visita preferida, sin lugar a dudas, sería Andreíta, la nena de ocho años que vendría a preguntarme infinidad de cuestiones físicas y metafísicas, a las que sus padres, un poco por falta de tiempo y otro por falta de ganas, no les interesaba responder, o, en otros casos -la mayoría, claro-, no les interesaba preguntárselas para sí, como haría yo, sí Andreíta, yo, que hoy te prometo que me las voy a preguntar, a seguir preguntándomelas, gracias a vos, que sos en mi cabeza una mezcla de Andreína, mi mejor amiga de la primaria, que era tan linda, y yo, Andreíta, Eugenita, que soy tan preguntona-hinchapelotas.

Ah, ¿y cómo era mi casa imaginaria? Grande, de varios pisos, con una terraza ajedrezada y un living con paredes de espejos (siempre es bueno tener una sala en donde uno sepa quien es vampiro y quien no). Igualmente, con lo que más fantaseaba era con un balcón bombé en mi habitación.

Otro día hablo del balcón, porque sino me pongo romántica, muy dama de las camelias, y ahora es el momento de una canción de amor más cachengue que se llama “Decime algo lindo, y se lo dijeron nomás”:

vos sos como el dulce de leche
de Comodoro Rivadavia

el rulemán compacto de mis sueños

del fariseo, el surco
tragicómico, el cerco,

infierno no ganado por los bagres

sos una canción
pedorra,
pero con ganas,
con onda,

una ruleta astronauta,
un camisón de aserrín

sos un sol, un mi
y un fa sostenido con churros


una caminata
por alta montaña,
sin sogas,
sin maña
ni calzado adecuado

una caminata
por alta montaña
larga caminata
en alpargatas, sos

Saturday, December 09, 2006

El verano

(Leído en la velada del viernes 8 de diciembre, organizada por la gente de Editorial Tamarisco)

Ahora ya no, pero antes, el comienzo del verano no lo determinaba el calendario sino la apertura de las heladerías. Cuando era chica, por lo que más quería ser grande era para comer helado y sólo helado, nada de verduras, carne, ravioles, sólo helado de dulce de leche granizado abajo y coco arriba. El coco no era tanto por preferencia real, sino más bien por seguir el dictado de la moda impuesto por ese personaje de Juana Molina en Juana y sus hermanas. Y aunque amaba el verano, porque amaba el helado, no renegaba del invierno, tenía sus beneficios: los bolsillos de los abrigos siempre reservaban australes para futuros cucuruchos. Yo, apenas abría la heladería de enfrente de casa, lo primero que hacía era saquear los bolsillos de mi campera, del blazer del colegio, de los tapados de mamá, de los trajes de invierno de papá, los bolsillos de mi hermana no, porque siempre fui muy respetuosa de mis pares. Pero cuando ese recurso llegaba a su fin – que era alrededor del tercer o cuarto cucurucho– no quedaba otra que suplicarle a mamá que me comprase otro, y ella, tan amante de la vida natural, me decía que era mejor que coma fruta. En el parque de casa había moras, que comía imaginando que eran helado de moras, hasta que un día, como era de esperar, me intoxiqué y decidí hacer negocio con ellas. Junté todos los frascos de mermelada que encontré en casa, hasta terminé la de naranja que siempre me pareció espantosa, solo para tener un recipiente más donde guardar las moras que vendería a los que pasasen por la puerta de casa, y como escuché no sé si de papá o de mamá, que para hacer negocios es necesario arriesgarse, sacrifiqué el vestido escocés de mi bebote y lo recorté en cuadraditos para decorar las tapas de los frascos. El negocio marchaba magnífico, le vendí un frasco a Maribel, la vecina de al lado de casa y podría haber vendido muchos más si mamá no me hubiese gritado “estás loca” desde la ventana del living, cuando me vio en el puestito que había improvisado sobre el medidor de gas. No dijo nada más, para eso es mi mamá, sabe la mejor forma de paralizar mis autoemprendimientos. Siempre me dio miedo la locura y que ella me lo afirmase de manera tan vehemente hizo que sin chistar me metiera adentro de casa y me muriera de vergüenza durante más de una semana por lo que había hecho. Ahora que lo pienso, el verano es propicio para generar situaciones de vergüenza. Una ola que corre la bikini de lugar, un helado que se derrite mucho más rápido de lo que la boca puede tomarlo y termina enchastrando toda la remera, un caballo suicida que se mete más y más en el mar y todos diciendo desde la orilla Eugenia vení para acá, y yo pensando pero qué quieren si es él el que se cree Alfonsina... De cualquier manera, a pesar de la vergüenza, siempre deseo que llegue el verano, porque en verano me dan más ganas de bailar, de conocer gente, de tomar caipiriña, escuchar a Bob Marley y leer novelas de amor o policiales tirada en la arena. Y para combatir el insomnio que provoca el calor, una noche, en la que sentía derretirme toda, a excepción de mis ojos que permanecían fijos en el ventilador de pie, se me ocurrió hacer un cronograma de sueños de verano, que si se sueña uno por noche, alcanza para todo enero y los primeros días de febrero.

Cronograma de sueños de verano:

Tomar leche cortada y mandar a mamá a la cárcel

Creer en Dios y que se sienta mal

Enseñarle a la maestra cómo se llega al país de Alicia

Contar hasta el infinito con los dedos

Decirle a Pitufo Filósofo que me cae simpático

Aprender a tocar el piano con Lou Reed y que mamá Laurie Anderson me rete en japonés

Ser una trovadora pop

Figurar en las revistas y que me recorten los pajeros

Tomar whisky con Morrison

Tocar la pandereta en un recital de Janis Joplin

Atender el teléfono y ser yo

Preguntarle a Antonin si le gusta mi voz

Hacer radio con Beckett

Conseguir el papel de vaca comunista y reírme con Brecht en alemán

Postergar mi viaje a Berlín porque vino a visitarme Virginia Woolf

Dibujar la mano de la Reina Isabel y que Orlando me diga “sí, así es, así es”

Filmar el divorcio de Penélope y actuar como su abogada

Robarle los zapatos a mi abuela y ser acusada, no de robo, sino de herencia

Ser responsable y que papá se sienta orgulloso

Trabajar como obrera en una fabrica de alfileres

Tener un amigo como Engels

Colaborar con los exiliados lingüísticos

Desertar y que El Che me tenga bronca

Pasear con Rosas por Lavalle

Evitar que maten a Pasolini y pedirle un autógrafo

Disfrazarme de polígrafa y ser odiada por los hombres

Ir a misa con Burroughs y cantar canciones de Tom Waits

Decirle a Apolonio que a Paul no lo soporto

Conversar con Fijman en la Plaza España

Ver la mano de Rilke cuando escribía Salomé

Darle un beso a Proust antes de que se duerma

Cenar con Jack the Ripper y hablarle de Allan Poe

Mover las manos con dirección de Pina Bausch

Florecer en la montaña

Llegar al cielo y darme cuenta de que en realidad prefiero el agua

Vivir en un teatro*


* Disfrutarlo todo, serlo todo.

Monday, December 04, 2006

Un trío un poco alocado

Mi amor tiene un pie en la tierra. El resto de su cuerpo prefiere guardarlo en una cajita de cartón, vacía, pintada por mí de naranja y azul. Un lugar complementario, sin pretensiones.

Se llevan bien mi amor y mi soledad.

Él es rubio y de ojos negros. Se besa en el espejo, si lo hubiera. No es un hombre. Tampoco un gato, ni un león. Es casi un elefante, con algo de gorrión acuático, y manos. Sí, manos que nunca encuentra. En la cajita, le digo, pero no me cree porque está vacía. En la cajita, repito, me acaban de empujar.

Ella es de fuego y no refleja ningún color. Se los come. Ya no se acuerda cuantos hijos tuvo, si finalmente nacieron, si se murieron de viejos, si son los mismos que cada noche de agosto o de abril le atan el cuello con un cinturón de cuero marrón y pretenden hacerle el amor, aunque todos saben, incluso ella que es tan ingenua, que él no sale de la cajita ni levanta el pie de la tierra en meses tan trillados.

Mi soledad, a veces, cuando se anima, le toca la espalda y hunde los dedos hasta su columna, que también es pegajosa. A él no le gusta, pero lo soporta porque sabe que ella tiene auto y lo puede llevar -sí mi amor se animara a salir, si mi amor se animara a caer- a Marte o a Río de Janeiro, para hablar en esa lengua que inventaron cuando mamá y papá se fueron, una lengua bastante compleja si se tiene en cuenta lo chiquitos que eran cuando la inventaron. La lengua más fría, menos trágica del mundo.

Yo los miro.

Somos un trío un poco alocado. Él quiere matarme y yo sólo pienso en cortarle el pelo. Ella me escupe las piernas, me tira del dedo meñique, quiere jugar. Y no es que yo no quiera. No. Es que se me acalambran las piernas con su baba de aloe vera.

En definitiva, somos tan feos, tan feos, que sólo nos queda mimarnos hasta que la muerte nos vuelva a separar.

Tuesday, November 28, 2006

A no faltar


Tantas noches como sean necesarias , de Ricardo Romero
Colección Laura Palmer no ha muerto / Gárgola Ediciones
Presentan Pablo Ramos y Federico Levín.
Toca Facundo Gorostiza.

HOY, martes 28 de noviembre en Bartolomeo Bar,
Bartolomé Mitre 1525, a las 20,30 horas.

Sunday, November 19, 2006

En lo que va de la semana ya van dos chicos que se refieren a mis piernas como jamones. Es de onda, aclaran al toque. De onda... ja, ¿qué quieren?, ¿hacerme creer que las piernas flacas son lo menos?, ¿o que las mías son apetecibles como un sandwich de jamón crudo italiano y tomatitos cherry?. No, no. Todo eso es muy poco verosímil. Yo no sé qué onda puede tener un comentario de ese tipo, pero igual es algo que ya casi no me afecta porque desde hace un tiempo, más precisamente desde que empecé a pensar en la idea de que abandonar el alcohol es una buena idea, cambié mi frase típica “estoy gorda” por otra más madura, más existencial y profunda: “estoy deprimida”. La contracara de la madurez, existencialidad y profundidad, es que en el mercado psi cotizan más caro que un simple complejo de gordura, así que desde que cambié de complejo, mi analista factura el doble (“factura” es una forma de decir porque nunca me dio una factura, y ahora que lo pienso, su declaración de ganancias debe ser trucha, así que nunca voy a revelar su nombre completo a ver si se lo llevan preso a mi gurú espiricultural (lee mucho más que yo), mi bastón anímico, mi arquero del sinsentido que resiste estoicamente mis llamados a las 6 de la mañana y suele abrir de urgencia su consultorio los domingos a la tarde para tratar de atajar mis patadas neuróticas). Bueno, igual, un poco me afecta lo de las piernas como jamones, no por las mías (no soy tan ombliguista), sino por el recuerdo de Luciana, una chica muy copada, con unas piernazas divinas de jugadora de jockey, a la que las loosers como yo, que aprobábamos todas las materias con diezalosumonueve (no por inteligentes, sino porque no teníamos muchos planes los fines de semana y el trabajo, es decir, el colegio en esa época, la tele y las canciones de Nirvana eran lo único con lo que podíamos combatir nuestro tedio adolescente) la admirábamos secretamente (y no tan secretamente. Yo dejaba que Luciana se copiase de mí en las pruebas de física a cambio de nada, porque ella nunca me invitó a sus fiestas de gente popular, así que si eso no es admiración explícita que me caiga ya una rana del cielo y me cante La canción del jacarandá de María Elena Walsh). Mi trauma con las piernas como jamones fue por culpa de un comentario muy desafortunado que hizo la Directora del colegio, la Hermana Mariana (que en realidad se llamaba Sonia. Sí, se llamaba. Ahora debe estar haciendo huevos fritos en el infierno), que no tuvo mejor idea que decirle a Luciana “¿No le da vergüenza usar el uniforme tan cortito con esos jamones que tiene en lugar de piernas?”. No es fácil para gente que siempre necesita tener a alguien de quien ser fan, como yo, escuchar que agredan de manera tan gratuita e inesperada a su “quiero ser como vos”, no, no es fácil, deja huellas imborrables. Después, por suerte, me vengué de ella (aunque solitariamente) cuando entré al CBC y descubrí a Marx. Con cada palabra que él decía acerca de la religión yo sentía estar echándole una gotita de arsénico al té con leche de Mariana, bah, a mi idea de ella, al fantasma marianista, cruel y amargo como el mate que ceban los que saben de mates, los que aprendieron de sus padres y sus padres de los abuelos de los que hoy por hoy ceban esos mates alabados por los críticos especializados en hierbas y la influencia de éstas en la cultura (aunque hay que reconocer que Mariana tenía sus virtudes porque, a diferencia de las otras monjas, no era reprimida y solía acostarse con el cura del San José, hasta que éste se volvió gay y ahí Mariana desarrolló su perversión discursiva con la gente que llevaba una vida sexual plena como era el caso de Luciana). Pobre Mariana, después se murió y me sentí culpable. Pobre, pobre de mí que siempre siento que todo es culpa mía, como cuando dije “odio a Juan Castro y ojalá se muera”, porque alabó una película que a mí me pareció nefasta (Irreversible) y zas, se le ocurre caerse del balcón. Aunque, claro, eso no es nada comparado con lo que pasó después: a menos de una semana de la tragedia castrense, sin que yo le contase nada a nadie acerca de la culpa que sentía por lo ocurrido, apareció una persona anónima en mi msn con un nick poco imaginativo, pero que llamó un poco mi atención y me dijo:

cuandomevoyquedanmoscas: hola Eugenie, ¿cómo andás?

Yoyyoodiamossersiemprelasmismaspelotudas: ¿quién soy?, perdón, quiero decir ¿quién sos?

cuandomevoyquedanmoscas: ¿No me reconocés?

Y apareció la foto de Juan cuando estaba vivo y rozagante.

Si bien nunca me metí a un lago helado del sur argentino por miedo a que se me pare el corazón con el cambio de temperatura, creo que en ese momento es como si me hubiese tirado de cabeza, más bien, como si alguien me hubiese empujado desde el borde de la piedra a la que me subí para ver si me animaba y claro, qué me iba a animar si soy re cagona. La incertidumbre de quién sería el anónimo duró poco, enseguida empecé a sospechar de quién se podía tratar: del fantasma de Mariana, que se enteró de mi deseo de echarle gotas de arsénico marxiano a su té con leche* y dejó de hacer huevos fritos por un tiempo para aprender a usar internet y darme un patatús desde el infierno (me acabo de dar cuenta de que la palabra patatús está agregada a mi diccionario word y me preocupa no acordarme cuando la agregué. Aunque ahora que lo pienso, las amnesias reafirman mi decisión de terminar de una vez por todas con mi exterminación sistémico-neuronal a base de alcohol y acumulación de experiencias traumáticas), porque yo no sé si imaginaba o era verdad que cuando Mariana se iba de algún lugar, el aula, el patio, el gimnasio, cualquier lugar de donde vi alguna vez que se fue, quedaban dando vueltas un par de moscas desorientadas que se golpeaban contra lo que tenían a la vista, o mejor dicho, tratándose de moscas, a la multivista, y yo le rezaba mucho a mi dios personal de esa época (que tenía la cara de Jim Morrison y estaba enamorado de mí, no de Luciana) para que no me toquen, porque las moscas son feas y me dan bastante impresión. De la mala.

*dicen que en el infierno hay satélites que permiten ver todo, pero todo todo, así que se puede ver a través del espacio, del tiempo y también de las cabezas de las personas en el espacio y el tiempo que al habitante infernal se le ocurra.

Friday, November 10, 2006

La rueda de la fortuna

Ayer casi me pisa un auto. Cruzo Brown pensando ¿y si me pisa un auto? y no me pisa, pero cuando vuelvo a cruzar, ahí sí casi vuelo. Quedo en medio de los autos un buen rato y luego lloro el resto del camino. Cuando llego me preguntan ¿qué te pasó? y yo digo “estoy alérgica”, pero después, al segundo, ya nadie me cree: es que lloro a cántaros y las alergias no son tan efusivas. Me dicen uh, qué distraída que sos, y sí. Después toco fondo cuando rompo la cerradura y pienso que me voy a quedar a dormir en el pasillo. Por suerte logro abrir la puerta. Llego al punto máximo de descreimiento de mis habilidades manuales y me ilumino: un simple movimiento me salva del pasillo y la bronca y la depresión por ser así como soy. A partir de ese momento todo vuelve a subir. Hoy es mejor y me acordé de esta canción.

Thursday, November 09, 2006

Yo era la última a la que elegían los que hacían “pan y queso” para armar el equipo de “El delegado”. Aunque una vez fui anteúltima. Me prefirieron a Marita, que unos días antes le habían sacado el yeso del brazo derecho y todavía lo tenía hecho un flan.

Me acordé de eso al pensar en mi perseverancia hiperboba, en esa energía animalita que tengo para hacer cosas que sé que nunca voy a hacer bien.

Monday, November 06, 2006

Les digo a mis amigos, ¡miren, Nicolás!, mientras señalo a un hombre grandote y canoso y ellos se ríen, me dicen, qué humor negro Eugenita, y yo contenta porque se ríen, aunque no entiendo bien por qué se ríen. Como seis horas más tarde, entre cerveza y cerveza, ella dice pobre Nicolás y yo pregunto ¿por qué pobre?, porque se murió, me estás gastando, no boluda, ¿en serio? ¿cuando?, la semana pasada. Me pongo triste, casi lloro, para qué mentir, lloro posta, y mis amigos me miran, ¿qué te pasa?, me dicen, no entienden la dimensión de mi pesar, y yo no sé... qué quieren que les diga...
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no me acostumbro a que la gente se muera.

Thursday, November 02, 2006

Holaaa


Christophe Agou